Roman J. Israel, Esq. Una conciencia irreductible - Alfa y Omega

Roman J. Israel, Esq. Una conciencia irreductible

Juan Orellana
Roman J. Israel (Denzel Whasington) a la izquierda, junto a George Pierce (Colin Farrel), en un fotograma de la película. Foto: CNS photo/Sony

El director y guionista Dan Gilroy, después del intenso drama moral sobre el periodismo que nos ofreció en Nightcrawler, vuelve a la carga con una profunda reflexión ética referida al mundo de la abogacía. La película se centra por completo en el personaje de Roman J. Israel, que interpreta magistralmente Denzel Washington, nominado al Óscar y al Globo de Oro por este trabajo. Se trata de un abogado dedicado a los derechos civiles, y que trabaja para William Jackson, un referente moral de la lucha por los más desfavorecidos. Al quedarse sin empleo tras la muerte de su mentor, entra al servicio del ambicioso abogado George Pierce (Colin Farrel), que representa un mundo opuesto al de Jackson.

Estamos ante una singular película que ilustra el recorrido de la conciencia moral de su protagonista. Una conciencia clara y comprometida que sucumbe al escepticismo en una sociedad en la que, como dice él, «no hay sitio para la pureza». Sin embargo, la última palabra la tiene el perdón, la misericordia hacia uno mismo, que se debe traducir en una tolerancia y empatía mayores hacia los demás. La película nos presenta esa tierra media entre el bien y el mal, una tierra cómoda, guiada por el pragmatismo, y que acepta el statu quo del sistema, con una condescendencia amable. Una zona de confort en la que, teniendo el dinero suficiente, uno puede permitirse ciertos gestos de solidaridad. El precio que hay que pagar es renunciar a una paz interior verdadera, al deseo humano más profundo, a la propia conciencia.

Roman se da cuenta de que el mundo ha cambiado, y que las cosas por las que ha luchado y en las que ha creído ya no se las compra nadie, a nadie le interesan, y concluye que es mejor adaptarse a las nuevas reglas de juego y mimetizarse de la forma más oportuna. Pero el grito humano no se puede acallar definitivamente, y nuestro protagonista tendrá que elegir entre huir –de sus enemigos, pero sobre todo de sí mismo– y afrontar la verdad para poder volverse a mirar al espejo –metáfora, por cierto, muy presente en el filme–. Pero este camino a la verdad solo lo puede hacer gracias a una mediación humana, la de su mentor, William, que representa la tradición, y la de Maya, que encarna la actualización del ideal en el presente. Ambos son, sin saberlo, el elemento que hace que no se apague del todo la luz en la conciencia de nuestro protagonista.

Acompañada de una banda sonora de James Newton Howard, la puesta en escena no abandona nunca el punto de vista de nuestro protagonista, omnipresente en casi toda la película. El espectador no tiene más remedio que acompañar a todas horas a este hombre cuyo drama interior puede llegar a resultar deliberadamente claustrofóbico. En un contexto cultural en el que la responsabilidad personal tiende a diluirse a la vez que se exige una aplicación cada vez más puritana de la justicia, esta película reivindica las exigencias morales del individuo en primera persona, y una mirada mucho más comprensiva y misericordiosa sobre el ser humano.

Juan Orellana