Rita Mboshu Kongo: «Que una religiosa estudie se ve como una pérdida de tiempo» - Alfa y Omega

Rita Mboshu Kongo: «Que una religiosa estudie se ve como una pérdida de tiempo»

Victoria Isabel Cardiel C.
Foto: Victoria I. Cardiel.

La religiosa congoleña Rita Mboshu Kongo enseña en la Pontificia Universidad Urbaniana. Una voz indómita que no dudó en presentar ante el Vaticano la realidad de la falta de acceso a estudios superiores de las monjas, como si la educación de las mujeres fuera un problema opcional y secundario en la Iglesia. También es la presidenta de la Fundación Papa Francisco para África, para empoderar a jóvenes madres desempleadas de un barrio a las afueras de Kinshasa, en la República Democrática del Congo.

¿Puede hablarnos de la Fundación Papa Francisco para África?
Ayudamos a jóvenes madres desempleadas del barrio periférico de Ngomba Kikusa, en Kinshasa. Son chicas —a veces niñas— sin referentes, que nunca han aspirado en la vida a otra cosa que no fuera buscar marido. Les damos una formación básica integral que fomente su autonomía y les enseñamos un oficio (pastelería, cuidados de belleza, costura, limpieza…). África es solo el punto de partida; los problemas de las mujeres son los mismos en todo el mundo, solo que tienen formas distintas. 

Tengo entendido que les enseñan el magisterio del Papa.
Sí, pero eso no quiere decir que les preguntemos dónde rezan o si están casadas. Son chicas con muchos problemas. Viven en una zona periférica, abandonadas y sin futuro. Repiten esquemas de vida primitivos, donde las relaciones sexuales son vistas como un simple juego sin consecuencias. Muchas se quedan embarazadas con 13 o 14 años. La formación incluye una primera fase educativa, basada en las enseñanzas de Francisco, que las empodera. Las acompañamos con caridad cristiana y, sobre todo, sin juzgar. 

¿Qué es la Iglesia para las mujeres de los países en vías de desarrollo?
Lo es todo. Es el lugar donde se sienten  seguras; también es la escuela, es el hospital… En su mayor parte, todos estos servicios están gestionados por congregaciones religiosas. Y para muchas mujeres es, ante todo, una oportunidad de formación y preparación profesional.

¿Cómo es la formación para la vida consagrada que reciben las mujeres en África?
Son tres años de noviciado, como en todas partes. Después hacen los votos. Pero no es suficiente, sobre todo, si lo comparamos con las congregaciones masculinas. Ellos, antes de ser enviados en misión, estudian más. Y tienen más tiempo para estudiar porque no están obligados a realizar tareas domésticas.

¿Cuáles considera que son los obstáculos para el acceso de las mujeres a determinados tipos de estudios o a la enseñanza superior?
No creo que sea, por ejemplo, una cuestión de machismo. Son las superioras las que, a veces, ven que una religiosa estudie como una pérdida de tiempo. Otras tienen miedo de que se pierda por el camino, de que se acabe enamorando… Desafortunadamente hay muchos que creen que, si las monjas estudian, se les acabará subiendo a la cabeza. Pero esta falta de formación es una fuente constante de problemas. La Iglesia necesita religiosas que puedan hacer un servicio intelectual a todos los niveles.

¿Qué consecuencias hay detrás de todo esto?
Las consagradas se quedan sin herramientas para afrontar los problemas cotidianos. Abunda el desánimo y, cuando aparece un pequeño obstáculo, lo ven como el fin del mundo. Por eso muchas monjas acaban dejando los hábitos. Por no hablar de la frustración que sienten cuando se confrontan con otros compañeros, laicos o no, mucho más formados que ellas. Se envía a las monjas a enseñar en los colegios y muchas ni siquiera saben usar el ordenador.

¿Qué hay detrás de esta mentalidad?
Muchas veces en la Iglesia se quieren resolver con prisa los problemas, como si no existiese la Providencia. Si faltan maestros en una escuela, allí que mandan a las monjas que acaban de dar los votos. Lo mismo pasa en los puestos para cuidar ancianos, o en los hospitales. Pero esto no es un problema solo de África y Asia. Las religiosas acaban de un lado para otro tapando agujeros. Además, entre mujeres se publicita demasiado si una se equivoca; no suele haber cooperación, solo competencia. Los hombres, en cambio, se cubren unos a otros.