Dice el evangelista Lucas que «María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). No encuentro mejor invitación que esta para sacar algo en claro de toda la incertidumbre que estamos viviendo.

Romper con la cotidianeidad de la misión (clases, catecismo, visita a los ancianos y enfermos) me ha forzado a detenerme, a rezar más, a pasar más tiempo con mis hermanas y a ingeniar nuevas formas para llegar donde físicamente no puedo. Y, sorprendentemente, en medio de tanta monotonía, el buen Dios está dejando retazos de Su presencia.

Vincent apareció en casa uno de los días en que el toque de queda había sido suspendido por unas horas. Es uno de nuestros amigos de la parroquia, siempre de buen humor, de esas personas que hablan con todo el mundo. Vino como se hacen las visitas en Sri Lanka: con algo de comida para compartir y sin ninguna prisa. Charlamos de nuestras familias, del país, del resto del mundo y de lo mucho que le faltaba la Eucaristía. Me llenó de esperanza escuchar cómo entre los vecinos se han organizado para socorrer a quienes peor lo están pasando.

Divashini y Nidharshan son dos de nuestros alumnos hindúes. De los afortunados cuyos padres tienen un teléfono con acceso a internet. Además de tareas que van y vuelven para ser corregidas, me han regalado pinceladas de cariño y cercanía, preocupados por la situación de mi familia y amigos en España y de mis hermanas en Italia. El corazón de estos chiquillos ya no tiene fronteras.

El último regalo de Dios en estos días extraños huele a oveja y se comporta como un hermano, pese a ser un reverendo padre. El padre Dilan Perera es, como dicen en tamil, el padre pequeño, el asistente del párroco. Joven, ordenado hace cuatro años y cingalés en medio de una comunidad tamil. Ha sido uno de los dos sacerdotes de la diócesis encargado de organizar y distribuir por toda la provincia los alimentos donados por Cáritas y el Obispado. Igual carga y descarga un camión que celebra la Eucaristía con devoción y cariño. Su vocación no es fruto del capricho familiar (en esta zona, aún son los padres los que deciden estudios, pareja y futuro para sus hijos), ni del deseo de subir de escalafón en la sociedad esrilanquesa. Descubrió que Dios le llamaba entre las notas del órgano parroquial, las historias de santos y profetas de la catequesis, y el ejemplo cotidiano de algunos curas que se notaba que amaban de verdad a Jesús y a su pueblo. Y ahora él es uno de ellos.

El sufrimiento y el desasosiego no desaparecen, pero hay rescoldos que mantienen caliente el corazón.

Beatriz Galán Domingo, SMC
Misionera comboniana en Talawakelle, Sri Lanka