El patchwork («arte del retal», en inglés) es una técnica de costura que consiste en ir uniendo pequeñas piezas sueltas de tela (los retales) en un diseño más grande. Este arte, que hunde sus raíces en las más antiguas civilizaciones, alcanzó una gran popularidad en Estados Unidos —donde habían confluido en el siglo XIX las tradiciones europeas con las nativas indias— durante la Gran Depresión de la década de 1930: la falta de materiales por el cierre de industrias textiles y la necesidad de aprovechar y reciclar viejas y gastadas prendas y mantas debido a la penuria económica hicieron que las familias estadounidenses adoptaran masivamente esta técnica, que desde entonces hasta hoy se ha seguido transmitiendo como un legado familiar de madres a hijas.
En 2015, una ONG estadounidense, la RJO (en español, Organización de Justicia Restaurativa), inició en la prisión de máxima seguridad (nivel 5) de Licking (Misuri) un programa de costura de colchas-edredones en patchwork con presos —todos ellos sentenciados con penas no menores a 20 años, y algunos incluso con cadena perpetua, por sus gravísimos crímenes—, que se presentan voluntariamente a dicho taller en un régimen de trabajo no retribuido de 40 horas semanales. Las colchas, que se elaboran con material donado por asociaciones y particulares, se diseñan y cosen de forma individualizada para niños de acogida y niños con autismo de los condados vecinos.

La existencia de este programa de justicia restaurativa llamó la atención de la directora de cine Jenifer McShane, que en 2024 realizó sobre él un precioso e imprescindible documental: Los costureros (The Quilters, disponible en España a través de Netflix). Cuando McShane fue a la prisión de Licking a conocerlo en persona, lo que más le impactó fue ver cómo los presos «no solo quieren hacer una colcha; quieren hacer colchas que sean bonitas, perfectas, y que muestren a los niños lo mucho que les importan a ellos». Uno de los reclusos, sentenciado a cadena perpetua, lo expresa así: «A muchos de esos niños les han dicho que nunca harán nada en su vida. Para mí, hacer colchas es una forma de demostrarles que nos importan, que les dedicamos nuestro esfuerzo».
En efecto, el cuidado por el más mínimo detalle en la elaboración de cada colcha —que lleva al preso supervisor en un momento del documental a deshacer por entero una ya terminada para alisar un pequeño pliegue en un minúsculo retal: «No puedo pasar por alto algo así, porque alguien tendrá esta colcha mucho tiempo»—, nace de la conciencia de tener presente en cada momento quiénes son los destinatarios de su trabajo. Las caras de hombres endurecidos por décadas de reclusión y el remordimiento por el inmenso mal que causaron, iluminadas ante las cartas de agradecimiento de los niños de acogida destinatarios de sus colchas, señalan un inaudito punto de fuga ante la irremisibilidad de sus actos y la (justa) severidad de sus condenas. «Si pudiera hablar con mi yo del pasado le diría que una de las razones por las que estamos en este mundo es para ayudar a los demás», confiesa uno de los reos, sentenciado a 25 años de prisión.
Esta forma tan discreta y humilde de tratar de compensar el daño permite añadir a la sanción legal una dimensión restaurativa del mal causado, que salva a los presos de caer en la desesperación, a la vez que genera impensables vínculos de solidaridad entre realidades sociales aparentemente desconectadas, pero unidas en el fondo por la misma necesidad de reconocimiento y sentido. En el Jubileo de los Trabajadores por la Justicia, León XIV declaraba: «La justicia evangélica no aparta de la justicia humana, sino que la interroga y transforma: la impulsa a ir siempre más allá, porque la orienta hacia la búsqueda de la reconciliación. El mal no debe solo sancionarse, sino también debe repararse, y para ello es necesaria una mirada profunda hacia el bien de las personas y el bien común».

También el Papa, en el Jubileo de los Misioneros Digitales, señalaba este mismo camino de los reclusos costureros de Misuri, al indicar que nuestra actual misión histórica es la de «construir redes: redes de relaciones, redes de amor, redes de intercambio gratuito […] donde se pueda reparar lo que ha sido roto, donde se pueda poner remedio a la soledad […] experimentando en cada encuentro la grandeza infinita del Amor. Redes que abran espacio al otro, más que a sí mismos, donde ninguna “burbuja de filtros” pueda apagar la voz de los más débiles».
El programa de patchwork de Licking es un ejemplo precioso de cómo es posible que el mal, la injusticia y la huella que dejan en víctimas y victimarios no tengan la última palabra; cómo los jirones de vidas destrozadas por el alcohol y las drogas, el abandono, la miseria y la violencia bajo todas las formas imaginables, pueden volver a coserse y formar un bellísimo nuevo manto, que de manera milagrosa puede dar calor y cobijo a los niños más vulnerables y desprotegidos de la sociedad.