Una de las huellas que ha dejado el siglo, o los siglos pasados, ha sido la de orfandad. Cuando alguien cruza el dintel de nuestra puerta, la de nuestra comunidad o la de nuestra casa de acogida, lo primero en lo que nuestros ojos reparan es en la orfandad, o en la ausencia de ella, de la persona que tenemos delante. Como a Jesús, nos duele ese desconocimiento del Padre que padece el hombre de hoy.

El mundo está creado en la filiación. Todo él, cosmos y humanidad, hace referencia a un Padre, Creador y Sostenedor, que nos ama desde antes de la creación del mundo y que nos ha elegido en el Hijo para ser alabanza de su Gloria. Sin esta certeza, sin este suelo firme de amor liberador, eterno y gratuito, la existencia humana no vive en la gratitud sino en la esclavitud y en la soledad que lleva al individualismo o a la autorreferencialidad porque, cuando no se ha tenido en la vida natural o en la vida espiritual la experiencia de padre, uno vive la existencia como un francotirador, un llanero solitario que tiene que sacar su vida adelante gracias a sus puños, a su agresiva supervivencia; o es una vida insostenible, porque no tiene la fortaleza sobre la que apoyar la confianza primera y desemboca en la autodestrucción, propia y del otro.

A nuestra puerta llaman muchos hijos que no han conocido a un verdadero padre, y muchos padres que no han sabido engendrar a sus hijos. Nuestra misión, como la de Jesús, es la de dar a conocer al Padre de la Misericordia. Si el hombre encontrara en Dios Padre el Padre del que carece, dejaría de ser huérfano, de vivir como un huérfano y miraría al otro como un hermano infinitamente amado, como él, por un Padre misericordioso. La Iglesia, misericordia encarnada también en todas sus presencias e instituciones, tiene esa misión vicaria tan urgente en el mundo de hoy porque ella es Madre-Padre y arropa toda la indefensión, toda la soledad, toda la carencia, toda la desnudez que padecemos. Esta es la experiencia de tantos que han visto reparada su orfandad gracias a la Madre de tantos hijos que es nuestra Iglesia.

Madre Prado González Heras
Priora del monasterio de la Conversión. Hermanas Agustinas