Así que el problema no era Grecia, «sino España», arrancaba, el martes, la primera noticia de portada de El Mundo. «Éste fue el mensaje que los mercados enviaron ayer a unos líderes europeos que, en las últimas semanas, habían tratado de convencerse a sí mismos de que» todo se arreglaría con la victoria de Nueva Democracia.
¿España? «El problema es Europa», escribía el martes, en la Tercera de ABC, José María Carrascal. Mientras no se arregle Europa, sucederá como con el Cubo de Rubik, que, «cuando se arregla una cara, se desarregla la contraria». Y como sucede que los países más ricos insisten en que no tienen por qué pagar años de irresponsabilidad en el Sur, el ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, recordaba en Onda Cero: «Esto es como el Titanic; si se hunde, se hunden también los pasajeros de primera clase».
Hace falta más Europa, ¿pero qué significa eso? ¿Pedir a holandeses o alemanes que renuncien a la financiación barata y carguen con nuestras deudas? Ahí está el problema, según ha transmitido el arzobispo Dominique Mamberti, secretario vaticano para las Relaciones con los Estados, a los embajadores de la UE acreditados ante la Santa Sede. Es cierto que «Europa sufre las consecuencias del endeudamiento, unidas a un mercado laboral a menudo rígido y a la fuerte competencia comercial desde el exterior». Es verdad que, «en los últimos años, hemos constatado que el continente inventa y produce cada vez menos». Y nadie duda de que la única opción de superar estas barreras es profundizar en la integración. ¿Pero desde qué premisas? «Una Unión Europea que tenga como única argamasa los mercados está condenada a fracasar», advierte.
Se necesita algo más que una moneda común, cree el responsable de la diplomacia vaticana. Europa es víctima de «una progresiva pérdida de identidad cultural y social», cuya principal causa es la secularización. «No se trata de introducir un principio religioso», aclara, «sino de reconocer, como hacía De Gasperi, que en el origen de esta civilización europea se encuentra el cristianismo».
No hay otra vía para hacer frente a la prima de riesgo. «Lo que permitirá recuperar la fe perdida de los mercados» es la existencia de «un proyecto común» en Europa, que sólo podrá construirse sobre sólidos cimientos culturales. Parece obvio: en el momento en que se requieran sacrificios, «nadie estará dispuesto a ello, sin un horizonte ideal» común.
A falta de ese horizonte común perdido, tenemos las presiones a la canciller Angela Merkel del presidente Barack Obama, que ve peligrar su reelección si Europa cae, y arrastra al resto del mundo. Pero Obama tiene otros problemas en casa. Mañana, fiesta de Santo Tomás Moro, arranca en Estados Unidos una Quincena por la Libertad, convocada por los obispos, hasta el 4 de julio, Día de la Independencia. Al anunciar la campaña, la Conferencia Episcopal decía, en un documento: «Ser católico y norteamericano debería significar no tener que elegir entre lo uno y lo otro», frente a lo que ocurre con la reforma sanitaria del Gobierno, que obliga a contratar seguros con coberturas como anticonceptivos, fármacos abortivos o esterilizaciones.
Pero no terminan ahí las preocupaciones. Algún obispo ha denunciado intentos por parte de grupos, de tratar de manipular el sentido de la campaña, con objetivos de tipo ideológico o político. De ahí el acento de la Conferencia Episcopal en destacar que preocupan otros temas, como las leyes sobre inmigración en algunos Estados. En Alabama, por ejemplo, una ley «hace ilegal que un sacerdote católico bautice, escuche la confesión, administre la Unción de enfermos o predique la Palabra de Dios a un inmigrante indocumentado».