¿Por qué «la mujer paraguaya es la más gloriosa de América», según Francisco?

Ahora Esther Ballestrino de Careaga reposa en el jardín de la iglesia de Santa Cruz, en Buenos Aires. Fue el entonces arzobispo de la capital argentina, el cardenal Jorge Mario Bergoglio, quien autorizó la sepultura a petición de las hijas de esta mujer, que querían llevarla al «último trozo de tierra libre que había pisado»

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Ahora Esther Ballestrino de Careaga reposa en el jardín de la iglesia de Santa Cruz, en Buenos Aires. Fue el entonces arzobispo de la capital argentina, el cardenal Jorge Mario Bergoglio, quien autorizó la sepultura a petición de las hijas de esta mujer, que querían llevarla al «último trozo de tierra libre que había pisado»

No sorprende que el papa Francisco, a la salida de la nunciatura de Asunción, en el transcurso de su visita a Paraguay, haya experimentado un fortísimo momento de emoción –tanto que la Misa en el santuario mariano de Caacupé comenzó con retraso, provocando el pánico en las redes sociales sobre la salud del Papa– al encontrar a las hijas de Esther, Ana María y Mabel Careaga. Fue como abrir una puerta a un periodo intensísimo y trágico de su vida de hombre y sacerdote.

Esther Ballestrino era la «jefa» del jovencísimo Bergoglio, que a los 17 años estaba empleado en un laboratorio de química del que la mujer, procedente de Paraguay, era responsable. Fue ella, marxista convencida, como contó Bergoglio en el libro-entrevista «El jesuita», de Francesca Ambrogetti y Sergio Rubin (publicado en Argentina en 2010), quien le «enseñó a pensar» y le inició en las lecturas políticas.

Durante los años de la dictadura argentina, cuando la hija Ana María y los dos yernos fueron declarados desaparecidos, Esther se convirtió en una activista de la asociación de las Madres de Plaza de Mayo. Temiendo una irrupción en su casa, pidió a Bergoglio que se llevara y escondiera los libros sobre el marxismo que conservaba en su biblioteca: lo contó el actual pontífice en su declaración en el proceso «Esma», la tristemente célebre Escuela de Mecánica del ejército, principal centro de detención y tortura de los militares argentinos.

Es probable que estuviera detenida allí la propia Ballestrino, después de su secuestro. El 8 de diciembre de 1977, mientras estaba en la iglesia de Santa Cruz junto a otras madres para elaborar una lista de familiares desaparecidos que querían hacer pública, fue detenida junto a otra mujer, Maria Ponce. Quien la denunció fue el agente de los servicios secretos Alfredo Astiz, denominado «el ángel de la muerte». Se había infiltrado en el grupo de las madres de Plaza de Mayo pretendiendo tener un hermano desaparecido y refiriendo a los militares las actividades de las mujeres del grupo. Entre el 8 y el 10 de diciembre, gracias a sus denuncias, fueron doce las personas secuestradas, entre ellas las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, y la fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor («Francesco, il papa della gente», Evangelina Himitian).

Esther fue arrojada de un avión en uno de los «vuelos de la muerte» con los que la dictadura argentina se liberó de miles de opositores. Cuando su cadáver fue devuelto por el mar, fue sepultado sin identificación, la cual tuvo lugar muchos años más tarde gracias al trabajo de los antropólogos forenses. Por esto, en 2005, las hijas de Esther pidieron permiso al pontífice para sepultar los restos de su madre en Santa Cruz, donde están ahora.

Quizás pensaba también en Esther el papa Francisco cuando, más de una vez, subrayó la grandeza de las mujeres paraguayas: «Quiero reconocer con emoción y admiración –dijo al llegar al aeropuerto de Asunción- el papel de la mujer paraguaya en los momentos dramáticos de la historia». «Sobre sus hombros de madres, mujeres y viudas – añadió refiriéndose a un momento dramático de la historia del País en el que la mayor parte de los hombres había muerto a causa de la sangrienta guerra contra Brasile, Argentina y Uruguay de 1865 a 1870.- llevaron el peso más grande, fueron capaces de llevar adelante a sus familias y su país, infundiendo en las nuevas generaciones la esperanza de un mañana mejor: la mujer paraguaya es la más gloriosa de América».

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