Broken. Por mi grandísima culpa - Alfa y Omega

Broken. Por mi grandísima culpa

Isidro Catela
Imagen de la serie Broken. Foto: Movistar

No es frecuente encontrar retratos audiovisuales de sacerdotes realizados con trazo fino. Aunque solo fuera por eso, Broken merece la pena. Se trata de una miniserie británica, de seis episodios, que podemos disfrutar (o sufrir) en Movistar. Sufrir, porque no es un relato para todos los estómagos. Con el padre Michael Kerrigan colocado en el centro como disculpa, la serie es en realidad un relato durísimo de la crisis que azota todavía en 2017 a una ciudad sin nombre (podría ser cualquier lugar, lo que importan son los rostros y los nombres). Ahí, en medio de una comunidad rota, de un paisaje social desolado y de unas paredes desvencijadas, donde solo Cristo colgado en la cruz parece apuntar hacia algún atisbo de luz, se suceden un puñado de historias oscuras que el párroco trata de suturar como puede. En este sentido, y aunque a la serie le falta buena parte de esa alegría del Evangelio tan franciscana, refleja muy bien la Iglesia tienda de campaña, que en el confesionario, en el juzgado, o en medio del barro, se convierte en la única tabla de salvación a la que asirse. Broken es también una serie sobre la culpa y su expiación. El padre Michael Kerrigan necesita recomponer los pedazos de su puzle interior. Él también experimenta la cruz, de manera dramática con una suerte de flashbacks que se tornan particularmente tormentosos en los momentos de la consagración. Él también necesita redimirse de un pasado que al tiempo que le rompe, le ayuda a suturar las heridas de quienes acuden a la Iglesia.

Estrenada en la pasada primavera, ha sido una de las series del año en la BBC. Sean Bean (Juego de Tronos, El Señor de los Anillos), brilla en medio de la oscuridad y la miseria. Hay algunas concesiones, prescindibles para lo nuclear de la trama, a lo políticamente correcto, tanto eclesial como socialmente hablando. No desfiguran en demasía un retrato coral que recuerda, en sus formas, a las historias cinematográficas del realismo social de Ken Loach y a los óleos claroscuros, de pincel y puñal, de Caravaggio. La cruz es así. Y Broken, con sus limitaciones, tiene el gran mérito de aproximarse a ella con una calidad muy por encima de la media. Puede que, tras verla, terminen exhaustos. Es lo que tiene atreverse a ser cireneos en los tiempos que corren.