Mi juego de tronos

Colaborador
Foto: ABC

Resulta difícil enfrentarse a la tarea autoimpuesta de decir alguna cosa interesante sobre la serie del año, Juego de Tronos. La creación de HBO se ha convertido en el hashtag de 2017 en el occidente audiovisual. Los ingredientes son conocidos –venganza, sexo, amor, poder– pero, aun así, nos enganchamos a la trama. La legitimación de la violencia nos obliga a mirar para otro lado, y puede que ese lado sea nuestro interior, donde anidan monstruos peores que los dragones de plasma. Sin embargo, sabemos que es mentira, y la ciencia-ficción disfraza nuestra verdad: queremos vengarnos, nos encantaría pronunciar hirientes comentarios, acostarnos con esas mujeres y matar sin remordimiento. ¿Seguro?

La tele nos enseña de noche lo que sus creadores piensan que nos gustaría hacer de día; pero se equivocan: no somos animales, y aquello que nos constituye como hombres es, precisamente, lo que nos diferencia de las bestias. Tenemos una razón que trabajar, y una libertad que respetar, y un complejo entramado de dimensiones que atesorar. ¿En qué asiento del metro se esconde John Nieve?, ¿Qué escaño del Congreso ocupa Tyrion Lannister?, ¿En qué soleada montaña de Gredos se esconden los cabellos dorados de la Madre de Dragones? La realidad que vivimos esconde tesoros mayores, aunque menos obvios. Regalos que debemos buscar, que nos exigen trabajo y conciencia, misterios superiores que debemos aceptar. La ficción tiene sentido en cuanto ficción, arte, si quieren, entretenimiento y aprendizaje, incluso; pero carece del menor sentido si buscamos en su metraje antídoto alguno contra la frustración de nuestras rutinas. Nunca lo inventado será más hermoso que lo creado, si me permiten diferenciar entre el arte y el Génesis. Juego de Tronos no funciona como sustituto de una vida plena. Veo a personas que llenan un cierto vacío con los capítulos, que tratan de taponar una herida de sentido con el presunto trasfondo filosófico que se esconde en sus guiones. La serie, extraordinaria en su puesta en escena, necesita de los dragones y del director de marketing para generar expectación y crear la necesidad en el espectador, que es además un comprador transmedia. Pero a nuestro lado hay una vida sencilla que integra el misterio con naturalidad. ¿Lo aceptamos?, ¿esperamos con paciencia nuestra vida más allá del muro?, o ¿más bien negamos la realidad que no vemos desde la materialísima existencia de nuestro trono de hierro? Hope is coming.

Guillermo Vila
Universidad Francisco de Vitoria