Le he prometido a Kabilash que escribiría la historia de su madre. Pathmini migró a Jordania para trabajar como empleada doméstica. Durante dos años estuvo trabajando en una casa, encerrada con llave, con el pasaporte retenido, sin días libres y con un salario irrisorio que solo le pagaron al final. Logró salir de ese infierno, regresar y rehacer su vida junto a su esposo y sus tres hijos. Cada vez que la veo en el colegio me fascinan la fortaleza de su mirada, y la serenidad y delicadeza de sus gestos y palabras

El mes de marzo me sabe a mujer. «Hombre y mujer nos creó, a su imagen y semejanza» (Gn 1, 27). Muchas veces me pregunto por qué esta parte del Génesis no corresponde a la realidad que viven millones de mujeres y niñas en todo el mundo. Seres humanos a los que, desde el momento de nacer, se le limitan los derechos y las oportunidades. Es paradójico pensar que Dios necesitó a una mujer para hacerse carne en este mundo. Aún más revelador es redescubrir a Jesús en su contexto. En muchos casos, saltándose toda normal social y religiosa, miró, habló, sanó, acompañó, liberó y se dejó convertir, por cada una de las mujeres que cita el Evangelio.

La semana pasada nos reunimos en Colombo una treintena de mujeres. Religiosas de diferentes congregaciones, convocadas bajo un único fin: aunar conocimientos y fuerzas para luchar contra el tráfico de seres humanos. Las Hermanas del Buen Pastor, las del Divino Salvador y las Franciscanas Misioneras de María son las pioneras en Sri Lanka. Durante décadas, con sabiduría, arrojo y compasión han sido capaces de rescatar a mujeres y niños atrapados en las redes de la prostitución y del trabajo esclavo, testimoniando el milagro de la resurrección en muchas de estas vidas. Ahora, miembros de la red Talitha Kum, nos unimos a tantas otras religiosas en los cinco continentes, para prevenir, cuidar, proteger y dar voz a tantas mujeres traficadas o en riesgo de serlo. Un red de vida que trata de minimizar una red de muerte.

Le he prometido a Kabilash, uno de los alumnos de grado nueve, que escribiría la historia de su madre. Pathmini migró a Jordania para trabajar como empleada doméstica. Durante dos años estuvo trabajando en una casa, encerrada con llave, con el pasaporte retenido, sin días libres y con un salario irrisorio que solo le pagaron al final. Logró salir de ese infierno, regresar y rehacer su vida junto a su esposo y sus tres hijos. Cada vez que la veo en el colegio –es miembro de la asociación de padres y madres–, me fascinan la fortaleza de su mirada, y la serenidad y delicadeza de sus gestos y palabras. Decía san Ireneo que la gloria de Dios consiste en que el hombre viva. Pathmini ahora vive, y en ella veo a Dios.

Beatriz Galán Domingo, SMC
Misionera comboniana en Talawakelle, Sri Lanka