Jesucristo, salvador del hombre y esperanza del mundo. El propio título de la última instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal debería llenarnos de conmoción. Me contaban que un universitario ateo que ha comenzado una relación con algunos compañeros católicos, les decía tras leer unos apuntes sobre Cristo: «¿Os dais cuenta de lo que decís?, ¿cómo se pueden decir estas cosas y seguir como si nada?». En una reciente intervención, Benedicto XVI observa que el hombre de nuestros días ya no siente la necesidad de justificarse ante Dios. Al contrario, reclama que sea Dios quien se justifique ante él por todas las miserias que tienen lugar en el mundo. ¿Por qué habría de darle crédito, cuando tantas veces parece que el mal y la injusticia llevan las de ganar?

Si bien se mira, la encarnación sale al paso de este planteamiento desde el primer momento. Dios se abaja, come con los hombres, recorre sus caminos, les habla en su propia lengua. No les reclama una adhesión irracional, sino que les invita a interpretar los signos que pone delante de ellos. Como han repetido tantas veces Benedicto y Francisco, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida». Nuestro universitario podría preguntarnos dónde es posible encontrar hoy a Jesús con seguridad, dónde puede conocer su identidad, su forma de vida. Más aún, dónde puede experimentar el cambio que promete a quienes le siguen. En realidad su propia historia ya responde, porque seguramente ni siquiera hubiese empezado a leer aquellas notas si no hubiese visto un inicio de diferencia humana en sus compañeros.

Hoy encontramos a Jesús en su pueblo, que es la Iglesia. El documento publicado por la CEE es importante porque nos llama a conocer más profundamente a Jesús. No a cualquier sucedáneo, sino a Jesús que vivió y comió con los apóstoles, al que vieron morir y resucitar y al que recibieron la promesa de que jamás abandonaría a los suyos. La Iglesia existe para hacer posible el encuentro con Jesús, el salvador del hombre. Y eso solo es posible cuando la gente reconoce que Él nos salva en las circunstancias reales de nuestra vida: en nuestras relaciones familiares, en el trabajo, en nuestro modo de construir la ciudad, en la enfermedad y cuando llega la muerte. ¿Nos damos cuenta de lo que decimos? Hace falta sorprenderse una vez más.

José Luis Restán