Nuria y Joaquina estuvieron con León XIV en CEDIA: «Me tocó la idea de que Dios está conmigo» - Alfa y Omega

Nuria y Joaquina estuvieron con León XIV en CEDIA: «Me tocó la idea de que Dios está conmigo»

Con cáncer desde hace 14 años, Joaquina asegura que valió la pena pasarlo un poco mal durante la espera. Y Nuria no sale de su asombro de haber podido estrechar la mano ya a dos Papas

María Martínez López
Nuria (sentada) con el resto del grupo de San Camilo que fue a CEDIA.
Nuria (sentada) con el resto del grupo de San Camilo que fue a CEDIA. Foto: Centro San Camilo.

«Fantástico, grandísimo, estupendo». A Nuria se le acaban los adjetivos para describir su encuentro con el Papa León XIV el sábado 6 de junio en el centro CEDIA 24 Horas de Cáritas, en la cita con personas acompañadas por entidades de la pastoral social de la Iglesia en Madrid. Más allá de lo que los sinónimos pueden expresar, los trabajadores del Centro Asistencial San Camilo, donde vive, aseguran que, a pesar de haber pasado más de una semana, aún le brillan los ojos al recordarlo. 

Nuria es una persona de una gran fe, que participa activamente en las Eucaristías y a quien siempre le gusta hacer las lecturas. «Para mí la fe es una cosa enorme. Todo lo que pido es para Dios. Que Él me lo da, fenomenal; que no, pues ya veremos qué pasa», explica. 

En CEDIA, Nuria no solo pudo ver y oír al Papa, sino darle la mano. «¡Madre mía de mi vida, qué barbaridad!», se sorprende todavía ante algo que vivió como un momento de mucha cercanía con Dios. Porque, además, «es la segunda vez que le doy la mano a un Papa. La primera fue con Juan Pablo II en Roma. Le di la mano y se la tuve sujeta así un buen rato», gesticula, mientras le pedía que rezara por su familia. 

En esta ocasión, iba con el propósito de pedirle al Pontífice «una fe muy grande para todos: para los buenos, para los malos». Pero terminó trasladándole unas palabras sobre cómo hay que alzar la mirada siempre

En cuanto al discurso que les dirigió el Santo Padre, asegura que «yo lo veo muy centrado» y que «dice en cada caso las cosas que hay que decir. Es impresionante» cómo se adapta si está hablando con enfermos o con niños. «Siempre tiene palabras de vida eterna. Lleva dentro en el alma una cosa grande». 

14 años de enfermedad

Otra de las 200 sillas colocadas en el patio de la parroquia de la Crucifixión del Señor, anexa a CEDIA, fue la que ocupó metafóricamente Joaquina. En realidad, fue en silla de ruedas. Enferma desde hace 14 años con metástasis y recidivas de un cáncer de mama, acudió como beneficiaria de la pastoral de la salud en su parroquia, Nuestra Señora de los Ángeles.

«Hago una vida relativamente normal», explica. Puede ir a Misa con su marido, por lo que el apoyo de la pastoral de la salud es sobre todo «para poder hablar», más que para recibir atención religiosa en casa. Pero a CEDIA fue en silla de ruedas por facilitar la logística, porque «eran muchas horas». Cuando se lo ofrecieron, dijo que «si no tengo que estar de pie y al sol, voy». La acompañó su marido, con quien optó por ir en taxi. 

Joaquina en el momento de saludar al Papa.
Joaquina en el momento de saludar al Papa. Foto cedida por Joaquina.

Reconoce que aguantar todo el acto «me costó mucho. Hacía calor, yo me canso y tuve un bajón de tensión. Me ayudaron a llegar a un sitio techado» con más enfermos para esperar, «me atendieron y me dieron un plátano». 

Ya cuando iba a llegar el Pontífice, volvió a su sitio, donde disfrutó de los testimonios y de la actuación de Niña Pastori, «que canta fenomenal». Y, por supuesto, de las palabras de León XIV. 

Discurso «muy cercano y bonito»

—¿Valió la pena el esfuerzo y pasarlo un poco mal, en su estado?
—Sí. Este Papa te transmite una sensación de paz, de amor. Es fantástico. Me emociono solo de recordarlo. Nos dirigió unas palabras maravillosas. Luego ha seguido en la misma línea, pero como ese era el primer discurso fue sorprendente, muy cercano y bonito. Lo que más me tocó fue la idea de que Dios me quiere, de que está conmigo; esa sensación de esperanza que me dejó. 

Al final, «salió por el pasillo en medio de donde estábamos sentados y fue saludando a todo el que llegaba a darle la mano». Joaquina es «pequeñita», pero «me levanté, pedí permiso a uno de los señores que había delante de mí para acercarme y le di la mano. No le pude decir nada; solo te mira y te da la mano. ¡No se podía parar con todos!».  

Aun así, fue algo enormemente emocionante para esta mujer, que lleva 14 años enferma. «Lloré y al principio pensé que no me iba a lavar la mano ya. ¡Pero había pasado tanto calor que nada más llegar a casa me di una ducha!», ríe.