Sin caridad, nuestra palabra es hueca y nuestro espíritu se envilece. Mas sin la fe, el amor podría convertirse en la experiencia sentimental de un individuo entregado al auxilio material de quienes sufren

En el que se considera manifiesto fundacional del romanticismo, Las penas del joven Werther, escribió Goethe: «Nada en el mundo hace al hombre tan necesario como el amor». El amor idealizado de Werther trataba de expresar una reivindicación del humanismo en los últimos compases del antiguo régimen, que pronto agonizaría ante los ojos del maestro de Weimar. Las palabras de Goethe, más allá de lo que narre aquel libro primerizo de éxito tan abrumador, podrían ser ejemplo de lo que una cultura inspirada siempre por el cristianismo ha manifestado sin cesar: el amor es lo que explica la existencia del hombre, y el amor es lo que habrá de justificarnos en la esperanza de nuestra salvación. El cristianismo hizo del amor el motivo de nuestra creación, y en él se fundamenta la misericordia infinita que nos redimió. La voz de san Pablo resuena en cada compromiso de la Iglesia: si carecemos de amor, cualquier otra cualidad resultará un atributo vacío; si nuestra caridad se debilita, poca cosa será cualquier otra virtud con la que vayamos al encuentro de Jesús.

Esta perspectiva nos consuela y nos da fuerza para vivir, pues solo en el amor podemos superar las encrucijadas de angustia que nuestra existencia nos presenta cada día. Pero debemos añadir: solo en ese amor que constituye la naturaleza misma del cristianismo. Nos equivocaríamos en lo más hondo de nuestra fe si consideráramos que esta historia de 2.000 años que atesora la Iglesia llega a destilarse en un amor entendido como simple solidaridad con quienes sufren. Tal rasgo de fraternidad es indispensable para dar cuerpo vivo al precepto de amar al prójimo como a nosotros mismos, pero solo adquiere significado preciso en el marco de la Verdad en la que se inserta el mandamiento. Sin caridad, nuestra palabra es hueca y nuestro espíritu se envilece. Mas sin la fe, el amor podría convertirse en la experiencia sentimental de un individuo entregado al auxilio material de quienes sufren. La unión de fe, esperanza y caridad hace que el cristianismo no sea una mera opción de reforma social, a la altura de las rebeldías generosas y el inconformismo justiciero. Nuestra fe propicia nuestro amor, le da congruencia con nuestra concepción del universo entero, lo construye sobre la idea de nuestro destino y la esperanza de nuestra salvación.

Cuando Juan en su Evangelio afirma que siguiendo a Jesús reconoceremos la Verdad y esta nos hará libres, no pretende limitarse al ámbito de la voluntad humana. El cardenal Martini lo expresa con pasmosa sencillez y profundidad: «La libertad que nos hará libres es un proyecto más grande que nosotros, un proyecto que nos viene propuesto por aquel que nos ama plenamente, por un Padre que nos atiende, que nos es próximo y que en Jesús se hace cercano a cada uno de nosotros. Ser libres equivale a tener una referencia de una verdad absoluta, que es certísima y que nos es cercana como un amigo, que nos enseña a darnos». Solo integrándonos en el diseño universal trazado por Dios en la eternidad y proclamado por Jesús en la tierra podremos amar verdaderamente.

Cada persona es sujeto y objeto de amor porque forma parte de la plenitud de la Creación. Y este es, en sí mismo, un acto de amor. Para nosotros, los cristianos, el valor idéntico de los hombres no es fruto de disquisición ni resultado de una conquista política. La igualdad que proclamamos no es un dato sociológico ni una aspiración revolucionaria. La libertad, la igualdad y la dignidad invulnerables del hombre no son un hecho histórico sometido a los vaivenes de la realización de una utopía: son la propia sustancia del milagro de la Creación.

En modo alguno significa esto que un agnóstico o un ateo no puedan amar y realizarse en una vida plena de entrega y de solidario afecto. El amor de los cristianos, sin embargo, tiene un fundamento distinto, aunque en las tareas fraternas podamos recorrer un mismo camino terrenal y luchar juntos, creyentes y no creyentes, por los derechos del hombre vulnerados con terca e incansable obscenidad. No debemos renunciar a aquello que nos distingue, no por arrogancia, sino precisamente por humildad ante Dios y ante nuestros hermanos, creados con nosotros en un mismo proyecto universal.

El cristianismo nació en un momento preciso de la historia, al producirse el milagro de la Encarnación. Dios se hizo hombre hace poco más de 2.000 años para que nuestra salvación fuera posible. Dios nos creó a su imagen y semejanza, pero al habitar entre nosotros cerró un círculo en cuyo centro se halla la Resurrección y la Vida eterna. Jesús sella nuestra esperanza, nos devuelve una promesa de redención que nuestros pecados habían silenciado. La Resurrección es la respuesta a la agonía del hombre consciente de su muerte segura. Y el amor de Dios es tan abrumador que quiso librarnos de esa angustia y dotarnos de esperanza a través del espantoso martirio de su propia carne. Ante el Niño arrullado en Belén nos inclinamos estos días, con una devota plegaria en nuestros labios y con la alegría en nuestros corazones. Ya no tenemos miedo, dulce Jesús nuestro. Gracias a ti, hijo de María, recién nacido otra vez bajo la noche, ya no tenemos miedo.

Fernando García de Cortázar, SJ
Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto