Nos duelen los parados y las víctimas del terrorismo - Alfa y Omega

Nos duelen los parados y las víctimas del terrorismo

En la solemnidad de Nuestra Señora de la Almudena, el cardenal arzobispo de Madrid presidió la celebración de la Eucaristía en la Plaza Mayor de Madrid. En la homilía, dijo:

Antonio María Rouco Varela
El cardenal Rouco distribuye la Sagrada Comunión en la Misa de la fiesta de la Almudena.

Celebramos de nuevo, solemnemente, la fiesta de Nuestra Señora de la Almudena, Patrona de nuestra ciudad y de nuestra archidiócesis. El 1 de junio de 1977. el Papa Pablo VI extendía el patronazgo de la ciudad a toda la archidiócesis. Ese patronazgo sigue vivo y así lo sienten los fieles de toda la archidiócesis madrileña —dividida en tres diócesis desde 1991— y la inmensa mayoría de los madrileños. Hoy, somos muchos habitantes de este entrañable y viejo Madrid los que la queremos y veneramos como Madre.

Hacemos memoria, en primer lugar, de unos innegables e insignes favores no alcanzables por medio de los hombres, y sólo comprensibles y captables en todo su valor para la vida a la luz de la fe en su Hijo Jesucristo. El más valioso es el habernos ayudado con eficacia sobrenatural a que se pueda decir del Madrid del segundo milenio de la era cristiana que siempre ha sabido reconocer por la fe de sus hijos e hijas, firme y muchas veces valientemente heroica, la presencia de Dios en sus vidas e historias personales. La Virgen de La Almudena nos ha recordado desde tiempo inmemorial que, si Dios no habita en nosotros —en nuestro interior y en medio de nuestras familias, nuestras calles, en los lugares del trabajo y del tiempo libre—, los fracasos y frustraciones personales y sociales estarán servidas. Su eco nos llega con una claridad y porfía singulares en este día de su fiesta del año 2013, en la conclusión del Año de la fe convocado por el Papa Benedicto XVI coincidiendo con el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II, y cuando la Misión Madrid se encuentra en los inicios de su segunda etapa.

La respuesta

Un propósito de vida y compromiso cristiano se nos impone en nuestra celebración de la Almudena del 2013, con acento nuevo, en este año tan lleno de incertidumbres individuales y colectivas, aunque también de positivos presagios para el inmediato futuro de la Iglesia y de la sociedad: ¡purifiquemos y renovemos la devoción a la Madre del Señor y Madre nuestra! ¿Cómo? Con la sinceridad del corazón arrepentido y la confesión de nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia. Las preocupaciones y problemas de todo tipo, tan agobiantes para tantos ciudadanos y tantas familias, encontrarán de este modo la respuesta y la solución del amor fraterno: el único capaz de trocar las lágrimas, el dolor y el llanto en aliento, consuelo y en la cierta esperanza de que el Señor resucitado, ¡Jesucristo!, que conduce la Historia, nos despejará el camino de la conversión que necesitan las personas y la sociedad para salir verdadera y eficazmente de la crisis. Cuanto más vaya introduciéndose la gracia de Dios en las conciencias de los madrileños, más se irán transformando sus comportamientos y conductas personales y, consecuentemente, en su raíz moral, las estructuras económicas, sociales y políticas imperantes.

En estos momentos de crisis y de incertidumbre económica, la acción de Cáritas, diocesana y parroquial, y de tantas obras de caridad que llevan a cabo numerosas realidades eclesiales de nuestra ciudad, son un testimonio esperanzador de cómo la fe sabe transformarse en obras de servicio: ¡de que la esperanza cristiana no es vana! Hay muchas manos trabajando en esas acciones de auténtica caridad cristiana. Pidamos, confiando en la intercesión de nuestra Madre y Patrona, que esas manos se multipliquen y que nos alcance de su Hijo las gracias espirituales y materiales que necesitamos. Y pidamos también que se comprenda, se acepte y viva lo que los obispos españoles enseñaban recientemente: «Sin la familia, sin la protección del matrimonio y de la natalidad, no habrá salida duradera de la crisis. Así lo pone de manifiesto el ejemplo admirable de solidaridad de tantas familias en las que abuelos, hijos y nietos se ayudan a salir adelante como es sólo posible hacerlo en el seno de una familia estable y sana».

¡María es la Madre de la misericordia! Así la invocamos en la Salve, esa oración tan querida. Buscar, pedir y alcanzar su misericordia significa sentir en el corazón la necesidad del perdón para nuestras muchas miserias y pecados: nuestros olvidos de Dios, nuestros egoísmos, las faltas graves y leves de caridad con el prójimo cometidas en la familia, el vecindario, la empresa, las relaciones sociales, económicas y políticas. Para que una petición de perdón sea auténtica, ha de sostenerse en el arrepentimiento, la conversión y el cambio de vida: en una verdadera penitencia. Pidámosle perdón y conversión. Y, en esa búsqueda de su amor de Madre misericordiosa, incluyamos el ruego de que nos conforte en tantas penalidades y disgustos como nos afligen en esta hora crucial de nuestra historia: a nosotros, a nuestras familias, a Madrid y a España. Nos duele que sean tantas las personas, incluso, tantos jóvenes que todavía no encuentran trabajo. Nos preocupa y duele que se pueda dañar la unión fraterna y multisecular entre todos los españoles. Nos causan profundo dolor las rupturas de los matrimonios y de las familias y sus consecuencias tan dramáticas para los niños deseados y no deseados y para los ancianos. Unos y otros, los descartados de la sociedad, según el Papa Francisco. Nos duelen las víctimas del terrorismo. Nos apena la soledad de tantos enfermos. Pero también nos causa profunda alegría el amor siempre fiel, delicado, paciente y finamente afirmado y practicado por tantos matrimonios y familias de todas las edades, generoso y fecundo, dando la vida a nuevos hijos. Nos alegra mucho que sean tantos los jóvenes dispuestos a abrazar la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada y tantos los seglares empeñados en el valiente propósito de evangelizar las realidades y estructuras temporales.