Mil gracias derramando - Alfa y Omega

«De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia» (Jn 1, 16). Y así, a punto de concluir este año jubilar ordinario 2025 de la Iglesia universal, que el Papa Francisco auguraba a todos como tiempo de «intensa experiencia de gracia y de esperanza» (Spes non confundit, 6), se nos convoca un nuevo año santo ligado, en esta ocasión, a la figura de san Juan de la Cruz.

En realidad, toda esta pedagogía eclesial en la convocación de los años especiales de gracia quiere ser un recordatorio de la buena noticia del Evangelio: siempre es tiempo favorable, siempre es día de salvación; Dios no se cansa de perdonar porque no quiere más que darnos su amor y en Cristo han quedado abiertas de par en par las puertas de la misericordia, llamándonos incansablemente a la conversión, a la renovación interior y al descubrimiento de la belleza de la vida cristiana en la pluralidad de carismas y testigos. Que nadie, por favor, se quede al margen, se sienta excluido, ajeno o fuera de tiempo en la invitación a entrar en el banquete de bodas que Dios ha preparado desde la creación del mundo. Esta es la misión de la Iglesia: salir a buscar incansablemente a cada uno a los cruces de todos los caminos de la vida, a las plazas y calles de cada ciudad e invitar, sin excepción, a pobres y lisiados, ciegos y cojos, buenos y malos, porque para la gracia hay siempre oportunidad y hay espacio para todos (cf. Mt 22, 8-10; Lc 14, 21-24).

Este tiempo propicio, desde el 13 de diciembre de este año hasta el 26 del mismo mes del 2026, está ligado a la memoria agradecida de Juan de la Cruz, iniciador de la reforma carmelita descalza en la rama masculina y, por tanto, colaborador estrecho de santa Teresa. No le celebramos a él sino a la presencia salvífica de Dios en su historia. Por eso, con el sentido litúrgico-eclesial de la anámnesis sacramental, es decir, de la memoria que no es solo mero recuerdo sino que actualiza y hace presente, porque dispone el corazón a acoger hoy la acción salvadora de Dios, sería acertado aprovechar esta ocasión para acercarnos a la biografía del santo, adentrarnos en la espesura de sus bellísimos escritos, conocer mejor el carisma carmelitano; visitar, incluso, algunos de los lugares históricos en los que vivió. Concretamente, hay tres espacios jubilares por excelencia: Fontiveros, lugar de su nacimiento; Úbeda, lugar de su muerte, y Segovia, lugar donde se venera su cuerpo.

Justamente, en este año jubilar de san Juan de la Cruz no celebramos un aniversario que tenga relación con su biografía. Las dos fechas significativas que han determinado la convocatoria del jubileo son el tercer centenario de su canonización (1726) y el primer centenario de su proclamación como Doctor Místico (1926). Celebramos, por tanto, la memoria agradecida de la Iglesia, que ha reconocido en este hermano un testigo privilegiado de Cristo. Dicen las actas del proceso de beatificación y canonización que, ya en el momento de la muerte de Juan de la Cruz, había un sentir general que reconocía en él la santidad de vida. De hecho, las declaraciones en el proceso eclesial las hicieron muchos de los que convivieron con él. Esto me hace pensar en la impronta que cada uno de nosotros dejamos a nuestro paso.

«Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura; / y, yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura» (Cántico espiritual B, 5). Fue la huella que Cristo, en su encarnación, había dejado impresa en el mundo lo que marcó la vida de Juan. Su inclinación a la oración y la contemplación no estaba motivada por la cerrazón o el miedo ante la vida; al contrario, Juan fue cautivado por la belleza escondida, las «mil gracias», que Cristo derramó a su paso por esta tierra. Comprendió en las noches limpias del verano de Castilla que la luna que él miraba, con el asombro de su alma poeta, era la misma que Jesús contempló en la noche de Getsemaní. Así, cada rincón de este mundo y de su existencia concreta se convirtieron en cita y espacio de encuentro con el Amado, pues «la dolencia de amor, no se cura sino con la presencia y la figura» (Cántico espiritual B, 11). La miseria de su infancia; el trabajo, siendo adolescente, en el Hospital de las Bubas de Medina del Campo; los inicios esperanzados de la reforma descalza, las primeras incomprensiones, la persecución después y el rechazo de sus hermanos, la difamación y el injusto encarcelamiento… Todo, absolutamente todo, quedó transfigurado por la compañía de Cristo, el «Pastorcico de amor muy lastimado» que, en el árbol de la cruz, hizo de la herida, la extranjería y la ausencia, oportunidad para mostrarnos Su amor más hermoso.

Los santos serán como «estrellas por toda la eternidad». Juan de la Cruz, en tu luz vemos la Luz, la noche oscura de la existencia, la dramática de este mundo y de cada vida, incluso en sus pasos más dolorosos, quedan esclarecidos por tu poesía, por tu palabra, por tu existencia pascual. «¡Oh noche amable más que la alborada! / ¡Oh noche que juntaste / Amado con amada, / amada en el Amado transformada! (Noche oscura, 6).