Mi Niño Jesús mutilado - Alfa y Omega

Desde hace años me acompaña en mi mesilla de noche una imagen pequeña del Niño Jesús con su cuna incluida a la que suelo besar antes de dormirme.

La verdad es que el pobre está un poco desvalido –y no solo por ser un tierno infante–; las hebras de musgo que hacen de colchón se han ido deshaciendo y debe dormir un poco incómodo dándose la vuelta hacia los huecos que quedan en su sencillo colchón.

Pero lo que sí me preocupa y me duele es que hace unos meses me di cuenta –hasta entonces no lo había percibido– que está manco del brazo izquierdo y además tiene una tremenda raja justo en el cuello como si estuviera a medio decapitar. No sé ni cuándo ni cómo sufrió estas mutilaciones, pero me compadezco de él. Es un bebé y eso hace que te enternezcas aún más. Y, claro, cuando lo veo todos los día me pregunto si quizás con este pequeño misterio, pues –insisto– no recuerdo en qué momento ni cómo sufrió estas heridas querrá enviarme algún mensaje, alguna enseñanza, algún secreto por descubrir.

Y creo que sé por dónde pueden ir las cosas… Le falta un brazo, no puede pues valerse por sí mismo, necesita de alguien que cubra su deficiencia para desenvolverse con normalidad en el mundo. Pero, además, como ha venido a este mundo para hacerse hombre –siendo Hijo de Dios– algo especial necesitará de nosotros.

Quizás quiera que le prestemos nuestro brazo para dar de comer al que pasa hambre, para levantar del suelo al caído, para abrazar al que no tiene consuelo, al que está solo en el mundo o al que llora incansablemente porque ha perdido toda ilusión.. Pero puede que también lo necesite para incorporar en su cama al enfermo, estrechar entre los barrotes de su celda las manos del preso que paga su error lejos de los suyos o servir la comida en un comedor de Cáritas o de otras instituciones religiosas, principalmente, a quien no tiene modo alguno de conseguir su sustento de cada día.

¡Pobre Niño! Pero también su cabeza pende de un hilo. Como la de muchos seres humanos condenados a la pena de muerte, la de muchos fetos –criaturas por nacer– abocados al asesinato cruel y despiadado de los abortos, a la de tantos hombres y mujeres que, perdidas las esperanzas, piensan en el suicidio como su única salidas. Pero también cómo no de los ancianos que ya descartados en el seno de familias sin espacio para ellos dormitan, en ocasiones, en residencias de mayores, a la espera de la dama de la guadaña.

La cabeza de este Jesús Niño quizás esté también a punto de rodar cuando en esta sociedad se le quiere apartar, a veces desde los propios poderes públicos con alevosía, de los espacios públicos. Sobran los crucifijos, sobran los belenes, sobra Dios en nuestra vida moderna y autosuficiente que aspira a ser Dios mismo. Cuando se pronuncian blasfemias con desparpajo en cualquier rincón de cualquier calle, en los ámbitos de trabajo o de copas con los amigos. Cuando se derriban cruces que no homenajean a unos caídos y a otros no y no pretenden tampoco ensalzar un determinado régimen político felizmente superado…

Quizás nos esté llamando a mirarnos interiormente y en una serena y profunda reflexión preguntarnos si nosotros también le negamos en alguna ocasión, si sobra en nuestras vidas o si le hemos sustituido por otros dioses como el dinero, el poder, la vanidad, el orgullo, la prepotencia… Si nos avergonzamos de proclamar públicamente nuestra fe, nuestra pertenencia a la Iglesia por Él fundada o si nos hacemos los suecos, en vez de plantar batalla, cuando -delante de nosotros- se le ofende de mil formas distintas.

Después de todo esto, he decidido que no voy a restaurarlo. Quizás Él quiere que lo vea a diario así. Y contemplándolo y besándolo de esta manera recuerde todo aquello que quizás quería que supiera.

Álvaro Pineda Lucena

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