El 27 de junio de 1960, Begoña Urroz, una niña que no había cumplido ni 2 años, fue asesinada en San Sebastián por una bomba del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación. En cada aniversario de este crimen, el Congreso la recuerda y recuerda a las más de 1.400 víctimas mortales que el terrorismo ha dejado en España en estas seis décadas, casi dos tercios de ellas a manos de ETA. Volver la vista, rescatar sus rostros e historias como hacen ahora varias iniciativas, es un ejercicio necesario de memoria y reconocimiento, es un ejercicio de justicia.
La sociedad puede y debe hablar de reconciliación y de perdón, pero ello no implica ocultar el dolor padecido ni dejar de alzar la voz contra el terrorismo, que, en palabras del Papa Francisco, es una «forma ciega y brutal de violencia que no cesa de derramar sangre inocente». Como también señala el Pontífice, hay que recordar que la violencia nunca es la salida, ni puede instrumentalizarse o justificarse. Cada violencia contra un ser humano «es una herida en la carne de la humanidad», «cada muerte violenta nos disminuye como personas» y solo puede engendrar más violencia. Conviene no olvidar a las víctimas para no olvidar esto.