Me gustas cuando callas y estás como distante - Alfa y Omega

Me gustas cuando callas y estás como distante

Carlos Pérez Laporta

Es maravilloso que Dios tratase de prestar ayuda al solitario Adán creando primero los animales. Dios no puede errar; así que, más que experimentar, buscaba que el hombre probase el gregarismo animal y saborease la decepción. El ser humano debía aprender la soledad. Adán se entretuvo, pero no encontró en la animalidad el auxilio oportuno, pues, la mera agrupación instintiva no mitiga, sino que exaspera el aislamiento. Por eso, Dios hace brotar la verdadera compañía en el terreno de esa soledad originaria, sin suprimirla. Sin ella habrá rebaño, pero no relación humana; porque soledad y compañía no solo no se oponen, sino que se exigen mutuamente.

Pero nosotros, bestiales como siempre, en cuanto acusamos los primeros picores de la soledad buscamos amontonarnos en los brazos de cualquiera. Escribimos mensajes o tonteamos con la vecina. Lo que haga falta para tratar de borrar las distancias que nos distinguen del todo y convierten nuestra vida personal en un gran interrogante. Amantes y amigachos son para nosotros un puro refugio interesado en el que no sentir el vértigo de la propia existencia. De ese modo, faltos de soledad –decía Rilke– amamos falsamente. Habrá química, pero nunca amor humano.

Así, el verdadero amor en todas sus expresiones exige una vivencia positiva de la soledad. Por eso, será siempre válida la lección de La vida solitaria con que nos obsequió Petrarca. Se trata de buscar cierto alejamiento de la masa, para que podamos asomar la cabeza por encima de las inercias de la presión grupal. La soledad es un tiempo y un espacio, una distancia en que se hace posible la vida personal. Lo cual no significa «desatender esta patria temporal y terrena», sino todo lo contrario: porque con la vida solitaria se elude el adocenamiento y se favorece una vida comunitaria realmente humana. Puesto que la soledad hace emerger a la persona, la verdadera relación interpersonal solo es posible cuando esa distancia no es anulada.

Para ello, es necesario que la separación no sea puro vacío y resistencia negativa. Está claro que exige cierta fortaleza, porque «quien no es dueño de sí, en cuanto lo abandonan a sí mismo, se acaba desmoronando». Sin embargo, la soledad verdadera no es yerma, es «una soledad no sola». Por eso, se queja el escritor aretino de los que se limitan a aislarse: «Más que vivir en soledad andan errantes en las soledumbres».

De ese modo, en primer lugar, la vida solitaria exige el cultivo de «un ocio no inerte ni inútil»; «la soledad sin letras es destierro, cárcel, potro de tormento; añádele las letras y es patria, libertad y goce». En segundo lugar, invita a «evitar el tropel de gente, no los amigos», pues, «sin ellos considero la vida truncada y mutilada».

En la soledad cabe y crece el amor verdadero, porque esa distancia permite precisamente la libertad. En ese sentido, la soledad es un modo de «acoger a los amigos», en la que se busca a cada uno en su particularidad. Por ello, esa diferencia subjetiva, llena del ocio verdadero que ha enriquecido al sujeto, hace posible «compartir con los amigos la soledad misma como todos los demás bienes».

Por último, la soledad está, sobre todo, habitada por la presencia de Dios. «Nunca estará menos solo que cuando esté solo», dirá citando a san Jerónimo. La relación con Dios originó la soledad, porque es frente a Dios que estamos solos: frente ese Tú creador emerge el yo contingente en toda su potencia interrogativa. Nos relacionamos con Él sin disolver la diferencia, sin suprimir la distancia. Por eso, dice Balthasar, Dios es el amigo que no suprime la soledad, sino que la cumple. La soledad es el deseo de Dios, que se cumple sin agotarle ni agotarse.

La vida solitaria
Autor:

Petrarca

Editorial:

Cypress

Año de publicación:

2021

Páginas:

180

Precio:

18 €