Si el coronavirus se adentra en los territorios indígenas –y ya entró– causará un verdadero desastre. Desde el primer día organizaciones indígenas, especialistas y entidades vienen alertando sobre esto. La expansión de enfermedades víricas desconocidas a su sistema inmunológico fue siempre una de las principales causas de mortalidad entre los pueblos indígenas, cuando no de desaparición de grupos enteros. Y si esas enfermedades son asociadas a insuficiencias respiratorias, como el COVID-19, el impacto entre ellos puede ser mayor.

En muchos pueblos indígenas, la proximidad y el contacto físico, habitar juntos en un espacio común o compartir el alimento y la bebida, son elementos fundamentales en su sociabilidad, su forma de comprender las relaciones y de convivir colectivamente. Estos elementos, tan preciosos para ellos, se tornan ahora en posibilidad de contagio. Cuando tuvieron que enfrentar brotes de malaria, entendían fácilmente que el vehículo transmisor era un mosquito del que uno se podía proteger con ciertos cuidados; ahora, con este nuevo virus, comprender que el vehículo puede ser el otro –en realidad, el nosotros colectivo– rompe lógicas sociales más profundas.

Conscientes de estos factores de riesgo, comunidades y pueblos indígenas en Brasil comenzaron desde el primer día a tomar iniciativas. «No dejen a ese COVID-19 llegar a nuestras aldeas», pide Elza, del pueblo Xerente, dirigiéndose a su comunidad. Controlaron sus tierras, impidiendo la entrada de extraños e intentaron controlar también la salida de parientes para las ciudades próximas. «En momentos de pandemia es tiempo de pensar en la salud física y espiritual del planeta, que vive una situación de emergencia climática, sufriendo con incendios, basura y venenos», afirma Antônio, líder del pueblo Apinajé. Para muchos, algo tan peligroso como el COVID-19 no puede ser sino un rostro más de esa economía que mata, depreda, envenena y destruye sus tierras desde hace más de 500 años. «¡Paren de destruir la naturaleza!», grita al final Elza Xerente.

En un país como Brasil, donde su Gobierno insiste en menospreciar a las víctimas y desaconsejar el distanciamiento, el grito de la tierra y el grito de los pueblos, que es el mismo grito, vuelve a ser palabra de resistencia y de defensa de la vida.

Luis Ventura y Esther Tello
Matrimonio laico, misioneros de la Consolata. Roraima (Brasil)