Una Misa en memoria del sacerdote francés Jacques Hamel, asesinado por dos yihadistas el pasado mes de julio, ha servido para que el Papa Francisco ilumine la compleja encrucijada histórica que atravesamos con la figura siempre incómoda del martirio. El martirio no se busca ni se desea, como reflejaron con maestría T. S. Eliot y Georges Bernanos en sus obras Asesinato en la catedral y Diálogo de carmelitas, respectivamente. El martirio se acoge como una gracia inesperada y dolorosa, frente a la cual uno repite las palabras de Jesús en el huerto: si es posible, que pase de mí este cáliz.

El Papa ha revelado que las últimas palabras del anciano sacerdote fueron: «Vete, Satanás». Y así levantó acta de acusación, no solo contra sus asesinos, sino contra el misterio último de una violencia que pretende invocar el santo nombre de Dios. «Matar en nombre de Dios es satánico», ha declarado Francisco, invitando a todas las confesiones religiosas a que lo proclamen sin ambages. Como ha dicho Francisco, el padre Jacques era un hombre bueno que siempre trataba de sembrar la paz, pero fue asesinado como si fuera un criminal. Este es el hilo satánico de la persecución: el odio misterioso frente al bien, frente a la luz que este hombre representaba, precisamente porque hacía presente a Jesús. Quizás sus asesinos no supieran que asesinándolo precisamente allí, celebrando la Eucaristía, alumbraban con increíble precisión la raíz de su maldad.

En todo caso el martirio no lo han inventado estos matarifes. Si refrescamos la memoria comprobaremos que la evangelización de Europa se realizó a fuego lento, durante siglos, a través de la predicación y la caridad, selladas muchas veces por el martirio. ¿Tendrá que repetirse la historia? No nos toca a nosotros decidirlo. Seguro que los feligreses del padre Jacques querrían tenerle cada mañana en su parroquia, dispensando con benévola prodigalidad la gracia de Cristo que cura y abre los cerrojos de la enemistad y el egoísmo. Quizás ahora entienden mejor el río de bien que significó su servicio sacerdotal, como el de tantos sin los que Europa perdería definitivamente su rostro. Francisco, con su autoridad, lo ha declarado beato y mártir. Y tal vez podría ser un día, tal vez, patrono de la nueva evangelización de este continente amado y confuso, que se ve de pronto iluminado por la vida y por la muerte de un anciano y discreto cura rural.

José Luis Restán