Maestros para construir la paz en Myanmar - Alfa y Omega

Maestros para construir la paz en Myanmar

El Servicio Jesuita al Refugiado celebra su 40 aniversario. Uno de los lugares donde está presente es Kachin, remota región de la antigua Birmania marcada por los conflictos étnicos que asolan el país

María Martínez López
530 maestros y profesores de todo el país se beneficiaron en 2019 de los servicios del SJR: formación, cursos de actualización, material didáctico y seguimiento. Foto: SJR

Lejos de los focos mediáticos, el domingo concluían las segundas elecciones libres desde la transición de Myanmar. Los datos iniciales apuntaban a un segundo mandato de la líder de facto, Aung San Suu Kyi. Pero queda por saber si los detalles del recuento facilitarán que el país avance en su democratización, o si por el contrario consolidarán un modelo híbrido en el que los militares, en el poder desde 1960, seguirán controlando el 25 % de los escaños y ministerios clave. 

También es pronto para saber qué incidencia tendrá la concurrencia en estos comicios de un mayor número de partidos en defensa de las minorías étnicas frente al Gobierno central, dominado por la etnia bamar. La Iglesia, a través del cardenal Charles Bo, arzobispo de Yangon, animó a votar a favor de «una democracia robusta», pues «es la única esperanza de curar a esta nación» y fomentar una salida pacífica a los numerosos conflictos étnicos.

Para Rosalyn Kayah, responsable del Servicio Jesuita al Refugiado (SJR) en el país, la pacificación sobre todo «depende de la disponibilidad» de los representantes electos «para el diálogo, la escucha, y para crear procesos participativos». Un punto de partida prometedor es la IV Conferencia de Paz de Panglong, celebrada en agosto. Durante la misma, el Ejército prolongó hasta el 30 de octubre un alto el fuego temporal y se alcanzó un acuerdo de varios puntos hacia una unión federal democrática. Sin embargo, «seguirá siendo difícil alcanzar» este objetivo «a menos que el proceso sea inclusivo»; y en la cita solo participaron diez grupos armados de los cerca de 50 que se encuentran operativos en el país. Kayah teme además que la cancelación de los comicios en 50 circunscripciones, habitadas por un millón de miembros de minorías, haga que «el conflicto escale y eso ralentice el proceso de paz», reconoce en conversación con Alfa y Omega.

Myanmar
Capital:

Naypyidaw

Población:

56,6 millones, 135 etnias

Religión:

87,9 % budismo, 6,2 % cristianismo, 3 % islam

Cultivar entre minas

Entre los grupos ausentes en Panglong estaba el Ejército para la Independencia de Kachin, que se enfrenta al Ejército nacional en esta región del norte, de mayoría cristiana y la principal área de trabajo del SJR. Este conflicto ha expulsado de sus hogares a una cuarta parte de los 450.000 desplazados internos del país. La responsable del SJR explica que 105.000 siguen viviendo en campos, muchos desde hace nueve años. Además de riesgos como «la trata, la separación familiar, los abusos sexuales o el matrimonio precoz», la mera supervivencia es difícil. En los campamentos oficiales reciben unos ocho euros al mes por persona, una cantidad insuficiente que les obliga a salir en busca de trabajo. 

Cuando la pandemia dejó sin empleo a los que cruzaban a China como jornaleros, algunos padres de familia «se arriesgaron a volver a sus aldeas para plantar arroz en sus campos», a pesar de las minas antipersona. Una preocupación añadida es «la educación de sus hijos, pues las escuelas públicas siguen cerradas».

Kayah será una de las participantes en el encuentro virtual que el día 14 celebre el 40º aniversario del JRS. Su país es un ejemplo de lo que ha supuesto en otros tantos lugares la Iniciativa Global de Educación, lanzada en 2016. En Kachin «nos hemos centrado sobre todo en mejorar la calidad de nuestros servicios educativos, ampliando la formación a los profesores». Así, en colaboración con la Iglesia local han formado desde entonces a 104 docentes con un curso de nueve meses. Otros 260 reciben apoyo de otros tipos cada año. Este proyecto tiene un gran impacto, porque no solo les ofrece «una educación de calidad», sino que también forma humanamente a quienes serán «modelos para sus alumnos» (3.600 en 2019) «y para sus comunidades, algo muy importante a largo plazo para la construcción nacional». 

En efecto, junto a la educación y dotar de medios de vida a los desplazados, la paz, la reconciliación y la cohesión social son sus otras prioridades. «Reconciliarnos con el pasado y el presente es importante para cada uno, porque todos hemos tenido malas experiencias bajo el régimen militar», reconoce Kayah. Por eso, ofrecen a unos 500 desplazados «espacios donde compartir sus historias, sentimientos y preocupaciones». Además del alivio que supone este acompañamiento, «se conocen unos a otros mejor y empiezan ayudarse, como una pequeña comunidad».

Hacia la integración

La Iniciativa Global de Educación, con la que el Servicio Jesuita al Refugiado quiso preparar su 40º aniversario, ha superado todos sus objetivos. «Nos ha permitido más que doblar el número de jóvenes a los que servimos», hasta los 360.000, un año antes de lo previsto. Se ha prestado además una especial atención a que las niñas continúen sus estudios secundarios, a los menores con necesidades especiales y a la formación de profesores. Lo explica a Alfa y Omega el director internacional del SJR, Thomas Smolich.

La formación es, además, clave para otra de sus prioridades: la integración en los países de acogida. En las primeras décadas de vida del SJR no era tan necesaria «porque la gente volvía a su hogar rápidamente o eran reubicados en un plazo razonable». Eso ya no ocurre, y «si no puedes volver a casa ni seguir adelante, debes construir tu vida donde estés».

Esta prioridad está también presente en la carta con la que el Papa Francisco ha felicitado al SJR en su aniversario. Además de la asistencia material a los desplazados, les dice, esta entidad está llamada a acompañarlos para que «tengan la oportunidad de crecer a través de su educación y desarrollo». También deben «hacer conocer y sensibilizar a la opinión pública» sobre esta realidad. Es una labor «fundamental para construir una cultura del encuentro, que es la única que sienta las bases de una solidaridad genuina y duradera para el bien de la familia humana».

El deseo «cristiano e ignaciano» de cuidar a los más desesperados, subraya el Santo Padre, «ha inspirado y guiado el trabajo del JRS en estos 40 años, desde sus inicios» con los refugiados que huían en botes de Vietnam a principios de la década de los 1980, «hasta el día de hoy, con la pandemia». Francisco transmite su cercanía a «tantos hombres, mujeres y niños que se dirigen al SJR para buscar refugio y asistencia» y promete sus oraciones para que quienes los atienden sigan el estímulo, la sabiduría y el ejemplo de su fundador, el padre Pedro Arrupe, «mientras renováis y profundizáis vuestro compromiso» de atender a las «variadas y complejas necesidades» de los refugiados.