Madrid camina por una acogida digna

La archidiócesis de Madrid fue escenario de la marcha Compartiendo el viaje. Organizada por Cáritas Diocesana de Madrid, la Mesa por la Hospitalidad y la Comisión de Ecología Integral, recorrió las calles en silencio pidiendo un plan de acogida integral para los migrantes y una oración por los 21.760 que han fallecido en el Mediterráneo desde 2014

Rodrigo Moreno Quicios
Foto: Rodrigo Moreno

La archidiócesis de Madrid fue escenario de la marcha Compartiendo el viaje. Organizada por Cáritas Diocesana de Madrid, la Mesa por la Hospitalidad y la Comisión de Ecología Integral, recorrió las calles en silencio pidiendo un plan de acogida integral para los migrantes y una oración por los 21.760 que han fallecido en el Mediterráneo desde 2014

«Decidí venir a España para cambiar mi vida y cumplir mi sueño: estudiar y ayudar a gente sin recursos», cuenta Faty. A sus 17 años, este senegalés ha vivido todo tipo de aventuras en su camino a Europa atravesando Malí, Argelia y Marruecos. No obstante, hay algunos episodios que preferiría olvidar. «Cuando crucé Argelia, estuve una semana en el desierto sin comer. También había gente que te quería robar o te amenazaba con que si no le dabas tu dinero te iba a delatar», recuerda.

A pesar de las dificultades, Faty llegó con vida a su destino. Una suerte que no han compartido las 909 personas que, según la Organización Internacional para las Migraciones, han muerto ahogadas en el Mediterráneo a lo largo de 2019. La cifra asciende a 21.760 si se suman los naufragados desde 2014. Para rezar por todos ellos, la archidiócesis de Madrid acogió el pasado sábado, 28 de septiembre, la marcha solidaria Compartiendo el viaje. Convocada por Cáritas Diocesana de Madrid, la Mesa por la Hospitalidad y la Comisión de Ecología Integral en el marco de la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado, la marcha reivindicó una acogida digna para los recién llegados.

«Si pedimos a los inmigrantes que entren ordenadamente y con regularidad, hemos de organizar la acogida legalmente», afirmó el obispo auxiliar de la archidiócesis, monseñor José Cobo, al término de la marcha en la basílica de Jesús de Medinaceli, templo que alberga la talla de un Cristo que los trinitarios rescataron en 1682.

«Este Cristo fue comprado por unas monedas y queremos aprender a reconocerlo en tantos que son comprados por los mercados, las mafias y los que usan sus países para explotar materias primas», explicó monseñor Cobo. A su juicio, al igual que los trinitarios rescataron al Cristo de Medinaceli en 1682, actualmente hay otros rescatadores que trabajan con las personas de origen migrante a quienes agradece su labor, «aunque nos llamen tontos o tengamos que trabajar por desbloquear el miedo a nuestros vecinos».

Foto: Rodrigo Moreno

Un plan integral de acogida

Al concluir la marcha Compartiendo el viaje, el obispo auxiliar de Madrid insistió en la necesidad de «un plan integral de acogida a todos los niveles, que desarrolle los pactos globales y que fluya en torno a las acciones de acoger, proteger, promover e integrar». Asimismo, felicitó a los responsables de los espacios de primera acogida donde se proporciona «educación a los menores e integración a las familias que llegan a una Europa envejecida».

Faty conoce estos proyectos muy bien, pues vive en una casa de la Asociación San Francisco de Asís. En ella, asegura, «tienen un gran corazón con los inmigrantes», algo que sorprende a otros compañeros con experiencias muy diferentes en otras instituciones y en la calle. «Muchos amigos me advierten de que en España hay gente racista, pero yo tengo suerte porque hasta ahora solo me he encontrado con gente buena», celebra. Agradecido por su nueva oportunidad, Faty tiene «muchos planes para ayudar a España». «Quisiera montar mi propio restaurante para dar trabajo a los españoles». Se le ha ocurrido al empezar un curso de hostelería que conoció a través de SERCADE (ONG de los capuchinos).

También Abdul, de casi 17 años, ha elevado la mirada al caer en un proyecto de acogida sólido. Este joven marroquí, que llegó a España hace diez meses bajo un camión, está formándose para ser cocinero, un oficio del que espera poder vivir. Tras haber pasado por Algeciras, Málaga, Madrid y el centro de menores de Hortaleza, ahora vive en uno de los pisos de menores de Cáritas. Allí está también Ibrahim, un año menor que Abdul, quien está estudiando el segundo año de un curso de electricidad a través del que pretende «trabajar y formar una familia».

Llamada a la acción

Pero independientemente de la labor con migrantes que realizan las organizaciones que convocan Compartiendo el viaje, el objetivo de la marcha no es felicitarse, sino movilizar a la sociedad. Algo de lo que se encargó Juli dando su testimonio en la basílica de Jesús de Medinaceli. Para esta voluntaria de la Mesa por la Hospitalidad, acoger «es una experiencia que te cambia la mirada y el corazón porque, donde otros ven cifras, problemas y amenazas, tú ves personas con nombre y rostro». Por eso, no se cansa de invitar a gente. «En el Evangelio se dice “venid y veréis”. Es fundamental que los jóvenes prueben esto porque, cuando lo ves, te contagias en un sentido positivo», opina.

Como recuerda esta voluntaria de Vallecas, para acompañar a los migrantes no es necesaria ninguna formación específica. «Lo único que le pedimos a los voluntarios es que estén con calidad y calidez. En esa escucha, nos encontramos con las personas y se estrecha la amistad», concluye.

Rodrigo Moreno Quicios


Rompiendo la soledad

Foto: Rodrigo Moreno

Jesús llegó a España cuando apenas era un niño. «Mis padres no tenían tiempo porque estaban siempre trabajando, pero encontré amigos en la Iglesia», cuenta. Para este adolescente de origen chino, una de las dificultades a los que se enfrentan los inmigrantes al llegar a un nuevo país es la soledad. Un problema especialmente grave para uno de cada cuatro niños en España que, al ser inmigrantes de segunda generación, a menudo no terminan de sentirse de ninguna parte.

En este contexto, parroquias como la de Nuestra Señora de la Soledad sirven como primer espacio de integración para que no se sientan solos. «Intento escuchar a mis feligreses más jóvenes porque muchas veces están solos y nadie les atiende», explica Pedro Liu, vicario de esta parroquia y sacerdote de referencia para la comunidad china del madrileño barrio de Usera.

Entre sus feligreses está Ángela, nacida en España de padres chinos. A sus 14 años, ya empieza a pensar cómo ganarse la vida en España. «Quiero quedarme aquí, estudiar y trabajar. De mayor quiero ser profesora», explica. Para ella, la Iglesia ha sido un lugar en el que, aparte de vivir la fe, «puedo hacer amigos, crear comunidad, compartir experiencias y estar junto a otros jóvenes como yo».

Foto: Rodrigo Moreno

Ángela está aprendiendo a tocar la guitarra con el coro de su grupo de catequesis y, como ya se sabe algunas canciones, planea recorrer el metro cantando para que otros viajeros la vean. Con actividades así, los adolescentes chinos que se dejan caer por Nuestra Señora de la Soledad están venciendo la timidez y haciéndose un hueco en todos sus ambientes. «Muchas veces, los chavales que no trabajan están en casa solos con Internet y los móviles y hay que ayudarlos a salir», opina Pedro Liu.

Lejos de Usera, en Parla, Alejandro tiene una experiencia muy parecida. Para él, la Iglesia también ha sido un sitio en el que «nunca me he sentido fuera de lugar ni diferente». Sus padres, procedentes de Guinea Ecuatorial, tienen trabajo los dos, lo que le hace sentirse afortunado. Sobre todo si se compra con su entorno. «Tengo amigos con problemas económicos, pero yo he podido seguir estudiando», celebra. Con 22 años, está estudiando Ingeniería de la Energía y ya tiene proyectos para el futuro: «Quiero terminar la carrera y hacer el máster habilitante para poder firmar proyectos». Su objetivo último: echar raíces.

R. M.