Lugar de crecimiento - Alfa y Omega

Hoy nos hemos sentado Bella, de Nigeria; Esther, de Camerún; Anahy, de Rumanía y yo, Ana, de España, para compartir los aprendizajes de estos dos años que hemos vivido juntas. ¡Claro, sus nombres no son los reales! La trata de seres humanos deja desconfianza, el miedo a que alguien, por casualidad, lea este artículo y las localice.

Hemos recordado cómo ha sido este tiempo: mucho dolor acumulado, momentos muy duros en el proceso y en la salud, operaciones complicadas, difícil convivencia con mujeres de otras culturas…, pero queríamos quedarnos con lo que hemos aprendido. Lo primero es la riqueza de la diversidad, la fuerza que tenemos las mujeres para sobreponernos, la capacidad resiliente.

De Bella me quedo con su alegría, optimismo y responsabilidad. De Esther con su profunda religiosidad y confianza en Dios en la adversidad, su «solo Dios, Él sabe y conoce mis fuerzas, si quiere que viva, viviré». De Anahy, con su confianza en el equipo, su necesidad de dar y recibir abrazos de los de verdad. De las tres, con su fortaleza, sus ganas de superación y la preocupación de las unas por las otras. Anahy señala que «gracias a Proyecto Esperanza tengo una nueva vida, mi vida que vivo yo, sin nadie que me obligue, me humille ni me quite mi libertad. Ahora tengo planes, un futuro por delante, muchos sueños por cumplir, sin miedo a que nadie me los quite ni me diga que yo no valgo». Esther recuerda con alegría que «cuando me sentía enferma, triste o enfadada, tenía una compañera que siempre se preocupaba por mí; Ana, hablaste conmigo para calmarme, de verdad ese fue el momento de más alegría, saber que alguien se preocupaba por mí». Bella comparte que «actualmente soy muy feliz, gracias a Dios por traerme a este lugar. Mi vida ha cambiado a mejor, miro con más esperanza el futuro».

Ana Almarza
Religiosa adoratriz.
Proyecto Esperanza