Los recuerdos de María

Título: Conversaciones con María; Autor: Santiago Chivite Navascués; Editorial: Paulinas

Manuel María Bru Alonso

Título: Conversaciones con María
Autor: Santiago Chivite Navascués
Editorial: Paulinas

Último jueves de mayo. No voy a dejar que se nos escape el mes de María para presentar un libro fantástico sobre ella. Fantástico en su doble acepción: porque es mucho más que recomendable, y porque tiene la originalidad de una fantasía: imaginar las conversaciones entre María y Juan, que tiempo tuvieron para tenerlas, y que a buen reguardo las tendrían, y no serían muy distintas a estas, después de que Jesús les pidiese desde la cruz que se cuidaran el uno del otro. Lógicamente para imaginar estas conversaciones no vale cualquiera. Hace falta la pluma narrativa de un buen literato, y la profundidad del alma de un buen cristiano, contemplativo en el mundo y desde la vida, como María. Santiago Chivite cumple con creces ese doble requisito, pues lleva toda su vida tanto ejerciendo con maestría el periodismo con una mirada cristiana de la realidad, como comunicando con esa misma maestría el Evangelio a través de los medios de comunicación social.

¡Qué interesante y, sobre todo, qué reconfortante resulta imaginar los recuerdos de María! En el prólogo, a cargo de Felicísimo Martínez, el teólogo español que más ha profundizado en la teología de la comunicación, habla entre otras cosas del «candor sin igual» del apóstol Juan, «que bebió confidencias recostado en el pecho del Maestro». Y a Juan le ayuda María con sus preguntas y con recuerdos. Lo más impactante del relato son, sin duda, los recuerdos de María, evocando la convivencia hogareña con su hijo. ¡Cuánto amor el de María, incluso, como ella misma reconoce, a veces sin entender nada! ¡Qué imagen tan humana de Jesús se va desvelando a lo largo del texto! Esto sí que es pura encarnación o humanización de Dios. Pero, a través de un Jesús tan humano, se abre un horizonte enorme de trascendencia, de divinidad.

Conversaciones con María facilita que el lector entre, de algún modo, en conversación personal tanto con María como con Juan. Se convierte así en uno de esos libros que ayudan a hacer oración, a hablar con Dios que nos habla a través de su Palabra, y a hacerlo también con María y con los santos que están en su gloria, entre los que los apóstoles deberían ser privilegiados interlocutores de nuestra conversación (¡mucho mejor que devoción!) con los moradores del cielo. Más aún cuando una de las mejores aportaciones de este libro consiste en acercarnos a la personalidad de Juan el Zebedeo.

De hecho, el libro va recorriendo, desde los recuerdos compartidos de María y de Juan, todo el Evangelio. Resulta asimismo interesantísima la mirada de María hacía todos los personajes que aparecen en las Escrituras. Una mirada que parte de la mirada de Jesús hacía ellos, pero tocada por la gracia que solo una madre tiene para entender a su hijo en relación con los demás, y para entender a los demás en relación con su hijo. Desde los magos de Oriente hasta Juan Bautista; desde Nicodemo a la mujer que lava los pies de su hijo con un perfume; a sus amigos Lázaro, Marta y María; desde cada una de las mujeres que seguían a Jesús a cada uno los apóstoles y, por supuesto, a Juan. En un momento determinado, en el que hablan del Evangelio que Juan está escribiendo, se cuenta que «María se acercó un poco más a Juan y le cogió las manos. En la chimenea se consumían unos troncos de higuera y su calor invitaba a las confidencias. ¡Cómo te quería mi hijo, Juan!».

Manuel Bru