Los iraníes buscan su Lux - Alfa y Omega

Los iraníes buscan su Lux

Son pocos, pero eso no importa cuando se tiene razón. Aquí en Madrid, en el mismo lugar donde las luces de neón nos recuerdan los excesos de nuestra opulencia, otros recuerdan que la libertad no es un privilegio, sino el estado natural del ser humano

Guillermo Vila Ribera
Iraníes en el exilio protestan en Callao
Foto: Europa Press / Pérez Meca.

No hace mucho era Rosalía quien corría hacia el cine Callao para presentar Lux, un álbum de canciones heridas. Letras de alguien que busca —y a veces roza— una respuesta. La única posible. Ese camino encierra un código: el que permite a un ser humano buscar el sentido de su vida en libertad. Nosotros lo damos por sentado. Nos levantamos y escribimos dos tuits al presidente, mandamos un WhatsApp al cuñado, hojeamos el periódico y escuchamos de pasada el monólogo de Alsina. Luego leemos a un autor hindú, o rezamos en una mezquita, o más bien cerramos los ojos al pasar las cuentas del rosario; o nos enamoramos de una desconocida en el metro, o quemamos la noche entre copas y risas confiando en que la mañana nos devuelva un rostro nuevo. Caemos, nos levantamos y seguimos intentando vivir. Elegir, equivocarse, volver a empezar forma parte del mismo gesto elemental: vivir sin miedo.

Pero eso que aquí parece obvio —casi aburrido— sigue siendo imposible en buena parte del mundo. Por ejemplo, en Irán. Desde que comenzaron las protestas contra la dictadura de los ayatolás en diciembre, las fuerzas del régimen habrían causado miles de muertes, según organizaciones de la oposición. El país vive bajo un cerrojo informativo casi total: internet cortado, periodistas silenciados y miedo para apagar la luz.

Lo poco que sabemos llega a través de quienes han logrado salir. «Les disparaban a matar; balas que entraban por un lado del cuerpo y salían por el otro», ha relatado al Centro para los Derechos Humanos en Irán un médico que trabajaba en el país.

Por eso esta foto de exilio es significativa. Son pocos, pero eso no importa cuando se tiene razón. Aquí en Madrid, en el mismo lugar donde celebramos discos y estrenos, donde las luces de neón nos recuerdan los excesos de nuestra opulencia, otros recuerdan que la libertad no es un privilegio, sino el estado natural del ser humano. No hay ideología que pueda suplantar al deseo de Dios: somos criaturas libres.

Vivimos, además, en una era de erosión democrática. Los códigos que fundaron el mundo tras la caída del Muro de Berlín —un mundo con reglas que priorizaba la centralidad de la persona frente a los desvaríos ideológicos— están siendo reemplazados por un lenguaje nuevo: el de los macarras y los maleducados, populistas o fundamentalistas, da igual. Pegan gritos y tiros, convierten al otro en mercancía y no reconocen ningún principio moral que valga más que medio dólar.

La respuesta extremadamente violenta del régimen iraní solo esconde su miedo. Temen ese mundo que desconocen y que rompe su rigidez: uno libre, luminoso y cierto, en el que una persona puede construir una vida propia. Un mundo en el que el ser humano no es propiedad de ningún Estado ni de ningún clérigo; en el que la única policía de lo correcto habita en esa voz inspirada que es la conciencia. La libertad es muy anterior al Estado, a cualquier Estado. Por eso, cuando se pisotea, siempre habrá alguien dispuesto a salir de la oscuridad, incluso arriesgando su vida. Y por eso, en Teherán o en el exilio, siempre habrá personas buscando esa perla vital que enciende la luz.