Los huérfanos del mar saldan deudas con la Virgen del Carmen
Sufrieron la muerte de sus padres, lo que los llevó a un orfanato y a renegar de la Virgen. Pero con el tiempo, gracias a las religiosas del centro, cambiaron su percepción
Cada 16 de julio, festividad de Nuestra Señora del Carmen, la Iglesia celebra el Día de las gentes del Mar, una jornada ampliamente festejada a lo largo y ancho de la geografía española, pero que para Enrique Fernández Álvarez supone rememorar un pasado repleto de dolor y soledad.
Él fue el encargado de realizar el pasado sábado, 11 de julio, la tradicional ofrenda del mar a la Virgen del Carmen en el Templo votivo del Mar, situado en la localidad gallega de Panxón. Una celebración que fue presidida por el obispo promotor del Apostolado del Mar, Antonio Valín, y que anualmente prologa la fiesta mariana.
Con este acto, Fernández hizo historia. «Es la primera vez que la ofrenda no la hace una de las cuatro marinas —la militar, la mercante, la de pesca y la deportiva—, que habitualmente se van turnando cada año», explica en conversación con Alfa y Omega. En esta ocasión, han sido los huérfanos del mar, todos ellos representados por este maquetista y documentalista, los encargados de dejar el ramo de flores a los pies de la Stella Maris.
«La inmensa mayoría de nosotros perdimos a nuestros padres realizando las actividades propias de la mar. Algunos murieron ahogados mientras faenaban, otros como consecuencias de las enfermedades». Una tragedia en cualquier caso que provocó que sus vástagos fueran enviados al orfanato nacional Virgen del Carmen, regentado por la Iglesia, que hace 50 años dejó de existir.
«Los marineros eran gente muy humilde, y la orfandad de un padre significaba en muchos casos la ruina para toda la familia». Por ello, «el orfanato recogía a todos los huérfanos y les daba una educación básica y también se les formaba para distintos oficios», explica Elvira Larriba, actual delegada de Apostolado del Mar de la diócesis de Tui-Vigo.

La obra, sin embargo, «tenía un coste altísimo para la Iglesia» y, finalmente, fue asumida por el Instituto Social de la Marina bajo el nombre Colegio Panxón ISM.
Enrique vivió en carne propia el traslado y tiene grabada a fuego la fecha exacta. «Aquel 4 de noviembre de 1975 entramos por la tarde. Yo fui uno de los primeros en llegar y pude elegir una cama de arriba de una de tantas literas en las que dormíamos. Al día siguiente tuvimos clases sentados en el suelo porque no había mesas ni sillas. Llegaron unos días después en un camión grande», rememora.
Relatado así, sin embargo, parece una aventura, y en verdad no lo fue. «Yo me sentí abandonado por la familia y arrastrado al orfanato. Me aparcaron allí y punto». De hecho, «no me gustó nada aquella experiencia», confiesa.
En estas circunstancias, «el [colegio] de Panxón fue nuestro segundo hogar» a la fuerza, «nuestra segunda familia y, en ciertos casos, la única casa y la única familia», afirmó Fernández durante una intervención en la que no escondió las heridas emocionales que todavía hoy tiene. Es más, llegó a reconocer que la Virgen del Carmen, al principio, no era para ellos una figura cercana. «Era la patrona de nuestros padres», sí, «pero para nosotros era una desconocida», aseveró. Los niños, entonces, no llegaban a comprender porqué la reina de los mares no había salvado a sus padres de la muerte y a sus familias de la desgracia.
Fue gracias a las religiosas del centro, que les mostraban una imagen de la Virgen del Carmen desconocida para ellos, que los alumnos fueron cambiado su percepción. María ya no era alguien a quien echarle las culpas, sino a quien acudir en los momentos de dolor e incertidumbre. Así, se convirtió en el gran puente entre los marineros —ansiosos por volver a casa— y la incertidumbre de sus familias, que tenían esperanza en volver a ver a sus seres queridos. Al final, «con el paso de los años me di cuenta de que lo mejor para mí fue acudir al colegio», donde «nos enseñaron infinidad de cosas».
Labor de escucha
Hoy la tecnología ha desbaratado buena parte de estas desgracias. En la actualidad, los peligros han desaparecido de forma generalizada y las necesidades son otras. «Pasan mucho tiempo embarcados», apunta Larriba, cuya delegación de Apostolado del Mar dedica buena parte de sus recursos a la acogida y atención de los marineros. «Cuando llegan a puerto, al último que quieres contarle lo que llevas dentro es al consignatario del buque». En este sentido, destaca la «labor de escucha» que realizan desde la delegación diocesana de Tui-Vigo.
La entidad también se lleva a la tripulación de visita cultural, o les organiza actividades deportivas, todo ello con la intención de que cultiven otros intereses y puedan airearse, porque «al final en el barco están todo el día en su ambiente laboral».