Con los abusos sexuales, demasiadas veces ha pesado más el miedo al escándalo que la compasión y el compromiso con la verdad

Cualquier víctima inocente merece una atención especial. Y estas, para la Iglesia, son mucho más que unas víctimas inocentes más. Son nuestras víctimas, miembros de nuestra comunidad perversamente violentados a manos de personas que encarnaban una autoridad de naturaleza sagrada. De ahí que el Papa haya calificado estos abusos de «sacrilegio». No son simples conductas indebidas o pecados contra el sexto mandamiento, sino un abuso de poder legitimado espiritualmente.

Son y serán nuestras víctimas, aunque se hayan marchado, a menudo por no haber encontrado un mínimo de compasión, una palabra de cariño, un gesto de cercanía. Hay una deuda pendiente que exige justicia. Demasiadas veces ha pesado más el miedo al escándalo que el compromiso con la verdad.

Por supuesto, ha habido calumnias. El foco (spotlight) se ha puesto en los sacerdotes y no en otros ámbitos donde la prevalencia de los abusos sexuales es mucho mayor, pero esos argumentos no consuelan a la víctima. Ofende, de hecho, la insistencia en este discurso, sobre todo cuando sirve de coartada para frenar la reacción contundente que cabría esperar siempre en la comunidad eclesial. Es obvio que no puede haber institución humana al 100 % a salvo de los abusos. Pero aquí hablamos de que se ha dado la espalda a personas que los padecieron, conminándolas a guardar silencio o arrojando sobre ellas una sombra de sospecha, como si actuaran movidas por turbios intereses.

«Doy gracias a Dios de que se haya destapado esta olla», decía el Papa en el avión de vuelta de México. Francisco rendía homenaje a Benedicto XVI por su valentía al tomar la iniciativa, y añadía a sus palabras la advertencia de que no tolerará encubrimientos por activa o por pasiva. Ahora falta que esa firmeza se traduzca en acciones a nivel local y, sobre todo, en un cambio de mentalidad que muestre a todos los niveles esa consigna de que «lo primero son las víctimas», bella expresión con la que el jesuita Hans Zollner resume, desde Roma, las orientaciones que emanan de la Comisión Pontificia para la Tutela de Menores.