Llorar con las víctimas - Alfa y Omega

Lo que comparto a continuación está fechado en el año 2015. Tiene su origen en una experiencia vivida en mi trabajo, en una casa de acogida para niños y jóvenes. Denuncié un caso de abusos a una niña tutelada por parte de un antiguo educador en un centro civil (no eclesial) junto con una compañera. Casi nos cuesta el puesto de trabajo. Y en la denuncia, el educador, que había abusado de más niñas, resultó absuelto. El abogado lo había proporcionado el propio centro. Me di cuenta entonces del muro de silencio que impera en los abusos en general en toda la sociedad. Por aquel entonces Benedicto XVI llevaba adelante la durísima tarea de hacer públicos los abusos cometidos por sacerdotes. Viví ambas en paralelo y la experiencia del Pontífice fue una tremenda luz para mí. Entonces compartí este escrito con amigos de confianza. Hoy, cuando se intenta hacer daño al Papa emérito, quisiera compartir esta experiencia con quien quiera escucharla.

Tanto los católicos como los enemigos de la Iglesia hablamos de los curas pederastas, pero a la mayoría nos ha pasado desapercibido lo esencial de aquel al que le tocó librar esa batalla: el amor penitente de Benedicto XVI. Los enemigos de la Iglesia, ocupados en atacar a la Iglesia, y los católicos defendiéndonos, caemos en el riesgo de olvidar la virtud de la mansedumbre. A unos y a otros el Papa nos dio una gran lección. Leí en los titulares de un periódico de tirada nacional: «Benedicto XVI reza y llora con ocho víctimas de abusos sexuales en Malta». Continuaba la noticia: «El Vaticano manifestó que Benedicto XVI se conmovió profundamente con sus historias, y expresó su vergüenza y pesar por lo que habían sufrido tanto las víctimas como sus familiares». Doblemente víctimas, porque los peores abusos se dieron en un orfanato.

El Santo Padre prometió que los responsables serían llevados ante la justicia. También desautorizó públicamente nada menos que al cardenal Darío Castrillón, exprefecto de la Congregación para el Clero, por invitar a los obispos a tapar los casos de pederastia registrados en sus diócesis y a ocultar unos escándalos que el Vaticano decidió poner en manos de la justicia y exponer ante la opinión pública. También denunció el Papa a los que aprovecharon todo esto para atacar aún más a la Iglesia. Pero, sin duda, lo verdaderamente importante es que en la celebración del Año sacerdotal el Papa rezó y lloró con las víctimas. ¿Lo hicimos nosotros? ¿Lloramos y rezamos con las víctimas de los sacerdotes pederastas? ¿Lloramos y rezamos con las víctimas de nuestra indiferencia? ¿Lloramos y rezamos con las madres que ven morir a sus hijos de hambre, de las madres y padres obligados a abortar? A Benedicto XVI le tocó purgar y pagar. El último vía crucis del Viernes Santo que celebró el Papa Juan Pablo II fue encargado al entonces cardenal Ratzinger. La novena estación la dedicó precisamente a los pecados de la Iglesia y a la «suciedad» que algunos sacerdotes aportaban. A demasiados católicos no les gusta que se hable de ello en público*.

Decía así: «¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos solo nosotros sin darnos cuenta de Él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8, 25)».

Benedicto nos invitaba a «hacer penitencia» por los pecados «de los que el mundo nos acusa». Hay una figura bíblica que expresa maravillosamente el amor penitente. Es María Magdalena. El Evangelio dice: «Le son perdonados sus muchos pecados porque ha amado mucho» (Lc 7, 47). El mundo nos acusa; pero el mundo y las víctimas nos van a perdonar porque su cabeza amó mucho. Amó con corazón de padre; es más: amó con corazón de madre. Amó mucho personalmente, porque deseó encontrarse con las víctimas y llorar con ellas. También por el desgarro del pecado de los sacerdotes culpables, para él personalmente y para toda la Iglesia. Amó mucho institucionalmente porque envió a los sacerdotes pederastas a ser juzgados por la justicia civil y por la opinión pública. Este último es el peor de los juicios: expuso a la Iglesia a la crítica de la opinión pública. El Papa quiso que a los propios católicos nos empujara a adoptar una actitud de amor penitente en la que no hemos sido educados, al menos los cristianos del norte del mundo, por muchas de las instituciones religiosas en las que nos movemos, cada vez más enfermos de victimismo. Ahora otros aires vienen del sur… Benedicto XVI pasa el relevo a Francisco y permanece a su lado… y la Iglesia entera entra en una nueva lógica.

Muchas son las víctimas de nuestra falta de radicalidad evangélica. Los que llamamos los alejados no son más que abandonados, porque nosotros muchas veces nos refugiamos en nuestras capillas al calor de la seguridad de la doctrina, de la moralidad y de los que piensan como nosotros. Nos negamos a salir al frío, donde tantas veces reina la inmoralidad, el sinsentido, el vacío, sin darnos cuenta que nosotros mismos estamos vaciando de sentido nuestra fe.

Mucho se ha hablado entre la continuidad entre Francisco y Benedicto XVI. Sin duda en esto Francisco siguió la estela de su predecesor gritando en varias ocasiones: ¿cúantas veces lloramos nosotros con los que sufren? Somos una sociedad que ha perdido la experiencia de llorar.

A Dios gracias, la verdad y el amor triunfan. Una de las víctimas de Malta declaró: «Yo he pasado 20 años sin fe, y le dije al Papa que él llenaba el vacío de lo que un sacerdote me arrancó cuando era joven. Esto ha cambiado mi vida, y ahora puedo decir a mi hija que vuelvo a creer».

A poco que mantengamos una actitud de escucha y de amor penitente con tanta gente que ha vivido alguno de estos hechos o similares en primera persona o en alguien cercano, los hechos como estos se multiplicarán y viviremos con gozo la alegría del Evangelio.

Anónimo

* Es el vía crucis al que asistí en el año 2006 y que me tocó preparar. Recuerdo que me llamó especialmente la atención el texto que os transcribo, y que la persona que lo leyó consideró que debía suprimir, pues no era adecuado hablar en público de los pecados de la Iglesia. Probablemente yo hubiera hecho lo mismo si no hubiera sabido quién había escrito el vía crucis y en qué circunstancias, empujada por un inmaduro y beato amor a la Iglesia