No, un funeral no es igual que un homenaje civil. Liliana Sáenz —hermana de Fidel Sáenz— perdió a su madre en el accidente ferroviario de Adamuz. Su discurso durante el funeral celebrado en el Palacio de los Deportes de Huelva, lleno de amor, serenidad y devoción, ha sido la mejor explicación al mundo de qué es la fe. Al escribir este artículo lo escucho por tercera vez, y sigo sin contener la congoja, la lágrima y el ardor de un corazón agitado por la preciosa fe de esta mujer ante el dolor más desgarrador. Tan bonita que ha conseguido llegar al alma de todo el que la ha escuchado, que ha encendido la llama en quienes la tenían dormida y dado envidia a quienes no han sido bendecidos con ese don. Tan revelador, que ha dejado patente que era ese «el único funeral posible que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre», decía Liliana.
Sin buscarlo, ha explicado como nadie qué es un funeral: un abrazo a Dios. «Es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo», decía mirando al madero que presidía la celebración. Es la esperanza de que «en el abrazo de Dios la vida venza a la muerte», porque no es un simple recuerdo o un punto final; es la certeza de que están con el Señor en la vida que no termina. Por eso, mostraba el anhelo de los familiares que «con fe esperaremos a que llegue ese momento en el que Dios nos abrace y así volvamos a vernos». En el funeral, el pueblo se suma a ese abrazo de consuelo y esperanza junto a la cruz que desnuda al poderoso y ensalza al humilde. Y así lo sintieron Liliana y los familiares de las víctimas mortales. No, un funeral no es un homenaje.