Levadura o pan del día anterior: el deseo de Dios - Alfa y Omega

Walter Benjamin ya advertía que la religión era un asunto solo para «espíritus libres», un oxímoron para quien aduce que está destinada a débiles. El paradigma del espíritu libre es el anciano que no tiene que demostrar nada, pero también el joven sin miedo a perder y al que el futuro depara caminos abiertos. Los jóvenes viven en la coordenada de la libertad y en la maravillosa cuerda del tiempo infinito. Las estadísticas arrojan datos: menos jóvenes creyentes, pero más convencidos.

La juventud es el ejemplo de la búsqueda y del desapego a los prejuicios. Es desde ahí, entre el interés por descubrir, la necesidad de echar anclas y no zozobrar, donde aparece como posibilidad la fe y su mundo de espiritualidad, acción y esperanza. Lo católico emerge como una opción libre, no impuesta. Es una oportunidad. Una exploración. Una aventura posible.

El cardenal Tolentino de Mendonça, en Esperar contra toda esperanza, argumenta que «somos todos experiencia de lo inacabado, y la esperanza no lo niega o contradice, sino que la esperanza es una gestación espiritual precisamente en estas circunstancias». Esperar es inherente a la propuesta cristiana. Lo católico no aparece para ellos como un corpus dogmático, sino como una opción vital vibrante, una herramienta que a muchos acompaña y ayuda. Y ofrece esperanza.

Luis Argüello, en su discurso en la Asamblea Plenaria de la CEE, señalaba esta sed de Dios que se cataliza de manera explícita en los jóvenes, y citaba ejemplos como la elección de León XIV; el Jubileo de los Jóvenes; las posiciones de la Iglesia ante las guerras y los movimientos migratorios así como la película Los domingos o el Premio Princesa de Asturias al filósofo Byung Chul Han.

Lejos quedan los cristianos con la D, definidos por Joaquín L. Ortega en 1993: los «domésticos», cristianos solo en su casa; o los «discipulares», que no quieren ser apostólicos ni jerárquicos; ni los «domingueros», que se conforman con el cumplimento. Tampoco los «detergentes», que creen que el nombre de cristianos los lava ya de cualquier suciedad, o los «disidentes», que se van de la Iglesia pero sin marcharse. Ni los «dolorosos», quejumbrosos crónicos. Hoy los jóvenes manifiestan una sed sin detonantes, un interés genuino y sin tintes anticlericales. Quieren saber qué es esto tan grande y atractivo. Y para ello necesitan ver ejemplos, referentes. Los influencers no son más que esto: orientadores creíbles en esta penumbra.

La credibilidad, dirá Guido Gili, es aquella condición latente e intrínseca de cualquier relación comunicativa. Pero ya Aristóteles lo anticipó: la credibilidad es la de ser creído, y creeremos antes a las personas honestas. Es ahí donde radica el interés de Rosalía, por ejemplo. Los jóvenes quieren saber si lo que canta en su disco Lux, lo que cuenta en las entrevistas, es «verdad», porque si fuera una operación de marketing no les valdría. Este anhelo de correspondencia es fundamental para canalizar bien esta sed de sentido, este deseo de creer. La socióloga Grace Davie distingue entre creer y pertenecer y habla del creer sin pertenecer. Sería el típico «soy creyente pero no practicante». Esto ya empieza a decaer, porque el joven que busca ya no es culturalmente católico, y si entra en esta órbita no distingue entre creencia y praxis. Es. En concordancia, sin separaciones. Cree y pertenecerá, si es el caso. La comunidad aquí reviste una importancia crucial, y de ahí la conexión también espiritual y colectiva que se encuentra en adoraciones o conciertos, pero también en espacios formativos o de implicación social y acción. 

La figura de Simone Weil (1909-1943) emerge en este contexto con mucha fuerza porque fascina su binomio místico y de compromiso. Pasó de ser obrera en la Renault a participar en la Brigadas Internacionales en España. Se marcha de su Francia natal y se va a Nueva York y a Londres implicándose, escribiendo, rezando. Ella habló del amor, del prójimo, de la luz, y aunque se acercó a la Iglesia, se mantuvo en el umbral. Estamos en un momento fascinante, acechados por desequilibrios ideológicos ante los cuales los jóvenes quieren escapar, para no salir salpicados por discusiones inmanentes que no les convencen. Ante ello, los creyentes tienen de nuevo, como en cada época bajo el sol, la opción de ser creíbles o atrincherarse. De ser levadura o pan del día anterior.