Leopoldo López: «En la cárcel recé desde el agradecimiento» - Alfa y Omega

Leopoldo López: «En la cárcel recé desde el agradecimiento»

ENTREVISTA / El líder opositor venezolano y expreso político narra a Alfa y Omega cómo los ejercicios de san Ignacio de Loyola le ayudaron a sobrellevar tres años de dura detención

José María Ballester Esquivias
Lepoldo López en un momento del encuentro con ‘Alfa y Omega’ en Madrid. Foto: Ignacio Arregui

Este jueves hace exactamente siete años que Leopoldo López, uno de los líderes de le oposición venezolana, se entregaba a la Policía de Nicolás Maduro. «Fue un día de mucha incertidumbre», explica. «Pero tenía una certeza: dormiría esa noche en la cárcel». «Aquella madrugada amanecí en un lugar donde estaba en clandestinidad, a unos 45 minutos de Caracas. A las cuatro y media de la madrugada, me meto en el cajón de un coche y llego a un sitio cercano a donde iba a ser la entrega. Fue una entrega voluntaria, no me agarraron en una redada. Lo hice por convicción: quería quedarme en Venezuela y enfrentar una justicia injusta», prosigue. A las doce del mediodía llegó al sitio, como estaba previsto.

En los días previos, se habían producido amenazas directas a su mujer, Lilian Tintori, por parte de Diosdado Cabello, uno de los dirigentes chavistas, que le aseguró que le iban a matar. «De hecho, –prosigue– lo decían en la televisión». «Por supuesto, yo tenía la certeza de lo que estaba haciendo, que tampoco iba a hacerles a ellos el juego de, simplemente, no ir, por temor, a un evento que yo había convocado. Al final, si me querían matar, lo iban a hacer en una calle oscura. Es lo que dije a mi mujer. En la cárcel o en una manifestación». López, sin embargo, ya había tomado una decisión. Insiste en la mezcla de incertidumbre y certeza de aquellas horas. Así fue. «Ese día, 18 de febrero, dormí en una celda, en Ramo Verde, y escuché por primera vez el sonido y el eco del candado, de los candados, cuando se cierran. Primero el de la celda, y luego los nueve candados que estaban desde allí hasta el final de la secuencia de celdas que había. Fue el inicio de una etapa muy dura».

Durísima, pero que pudo sobre llevar gracias a su fe católica en general y a los ejercicios de san Ignacio en particular. «Soy católico», explica, «como la mayoría de los católicos: nacemos católicos, asumimos nuestra condición de pecadores y participamos en la liturgia, y lo celebramos con mayor o menor intensidad, pero de forma muy mecánica. Somos creyentes y practicantes mecánicos. Al menos esa era mi experiencia. Cuando hay un momento de necesidad o de temor, se reza con mayor intensidad, pero para mí la cárcel fue el inicio de una etapa espiritualmente distinta».

¿De conversión?
No diría de conversión. Lo planteo de forma más humilde, en el sentido de mayor profundidad e introspección, y, sobre todo, de mayor búsqueda de sentido de la oración, de la que se habla mucho, pero creo que se conoce poco: no es lo mismo ir a la Iglesia, comulgar, rezar unos padrenuestros, pedir por las necesidades o arrepentirse de las cosas que hemos hecho mal durante los últimos días, meses o años que buscar en la oración un proceso de comunicación. Es un proceso en el que al final conversas contigo mismo, pero en el que planteas la intermediación de Dios. En la medida en que uno se adentra en la oración, encuentra más sentido a ese proceso. Eso es lo que encontré en ese periodo que me tocó en la cárcel.

El líder opositor antes de su ingreso en prisión el 18 de febrero de 2014. Foto: Reuters / Jorge Silva

Y gracias a san Ignacio y sus ejercicios. ¿Por qué el santo de Loyola?
Primero, había leído mucho sobre la experiencia en la cárcel de muchas personas: de Mandela, del cardenal François-Xavier Nguyen Van Thuan, de Luther King y de otros. Por eso sabía que el tema de la oración esta siempre allí presente.

Volvamos a san Ignacio.
A lo largo de mi formación como creyente estudié con sacerdotes jesuitas en la universidad. De hecho, comencé un doctorado en Teología en Harvard, que después no continué. Y tenía siempre el tema de la curiosidad por los ejercicios espirituales. Y también había un dato histórico. Me llamaban mucho la atención tres cosas de la figura de san Ignacio. La primera es su condición de fundador de los jesuitas, por cuya labor y trabajo social siento mucha admiración. La segunda, su vida inicial de guerrero, la de un soldado que fue herido, lo que le llevó a un momento de introspección en las cuevas y el proceso que tuvo en Pamplona. Y lo tercero, que fue el referente de la Contrarreforma; un cambio de paradigma en el que el protestantismo estaba desafiando con una visión muy atractiva: la intermediación directa con Dios, sin necesidad de Iglesia ni sacerdote para interpretar la Biblia o tener una conversación directa. En ese contexto, san Ignacio se convierte en la figura dentro de la Iglesia católica que plantea un esquema de introspección y de oración que, de alguna manera, propone un itinerario de comunicación directa sin por ello cuestionar la estructura de la Iglesia. Eso es lo que me llamó la atención de san Ignacio.

Al principio de mi estancia en la cárcel tuve que luchar para que me dejaran ir a Misa

Sus ejercicios espirituales están previstos para un mes. En su caso fueron años.
Fueron años. Yo no los pude hacer estrictamente como están planteados. Al principio de mi estancia en la cárcel tuve que luchar para que me dejaran ir a Misa porque no me permitían salir de la celda. Al final logré que me dejaran ir, con custodia –nunca podía ir solo– a un banco reservado, con dos funcionarios de inteligencia a cada lado. Pero pude tener contacto con un sacerdote y le pedí ayuda.

¿Cómo le ayudó?
Tuve con él tres o cuatro sesiones, me consiguió un libro. Los ejercicios requieren la mediación de un sacerdote porque tienen mucha conversación. Eso lo hice parcialmente, pero aquel libro me sirvió de guía. Creo que son ejercicios muy interesantes porque comienzan haciendo una retrospectiva de lo que ha sido tu vida espiritual. Recuerdo el primer ejercicio, que indicaba hacer un diagrama donde en el eje de la y se pone la intensidad espiritual y en el de la x, el tiempo. De ahí sale el momento de mayor intensidad espiritual desde que se tiene uso de razón.

¿Cuál fue el suyo?
Por supuesto, para mí fue el de mi Primera Comunión. Te das cuenta cómo la relación espiritual tiene sus picos y sus valles. Haces como la película de tu vida. Como tenía mucho tiempo, fue un proceso profundo y de mucha ayuda. Luego hay una serie de ejercicios que se hacen. Imagina que estás rezando y que te proyectas hacia arriba. Ves como un mapa, te ven, está la gente que quieres. Empiezas a tener una relación con el entorno y con los lugares, que te va focalizando. Una ayuda para saber plantear la oración.

Y recordó lo que le digo un sacerdote amigo suyo…
Sí, Carlos Torra, un párroco de Chacao, municipio del que yo fui alcalde. Me dijo que la gente rezaba por tres razones: por el temor, por la necesidad o por el agradecimiento. Y la más profunda es el agradecimiento. Por eso tomé la decisión de rezar y plantear los ejercicios desde el agradecimiento.

Foto: Ignacio Arregui

Hasta la detención, tuvo una vida más o menos estable.
Soy una persona que ha tenido mucha suerte en el sentido de que crecí con mis dos padres, que siguen vivos; tengo a mis hermanas, recibí educación y oportunidades; decidí entrar en política por vocación, lo cual es una bendición… Por eso la adversidad de la cárcel se puede vivir desde el agradecimiento. Por el momento y la prueba que me había tocado pasar.

Así las cosas, ¿cómo le ayudaron los ejercicios a mantener la moral alta? El machaque psicológico que padeció fue constante. ¿Con la fe?
La fe puede ser un abstracto en el sentido de propósito. Pero hay varias oraciones en los ejercicios en la que pides a Dios que te guíe con los propósitos que tiene para ti. Si uno asume eso con humildad…

El hecho de humillarse ante Dios.
Ayuda mucho. No lo entendí hasta que pasé por este trance. No es fácil.

Otro de los propósitos de los ejercicios, según una web especializada, es «romper las ataduras que nos impiden ser verdaderamente libres». ¿Para usted suena a sarcasmo?
Es que al final del día se pone en contexto lo que significa la palabra libertad. Yo no sabía qué era la libertad hasta que estuve preso. La entendí estando preso en una celda de dos metros por tres, con candado, durante una semana, dos, tres, dos meses, tres meses, un año, dos años, tres años… Ahí entendí lo que era la libertad por no tenerla. Pero de igual manera se entiende que la libertad tiene otra dimensión y no solo la del desplazamiento físico.

Yo no sabía qué era la libertad hasta que estuve preso

Se refiere a la libertad de espíritu.
En la cárcel, y lo digo con sinceridad, siempre me sentí libre. Por eso titulé mi libro Preso, pero libre. No es lo mismo estar preso por cometer un delito que implica arrepentimiento –esa es la idea de la cárcel– que por unas ideas políticas. Y cuando se está preso por unas ideas en las que crees profundamente, se convierte en un proceso de reivindicación de esas ideas. Estar tranquilo con la idea de sacrificarse –no sin esperar nada a cambio–, eso es otra cosa de la que aprendí mucho.

Entonces, ¿a cambio de qué lo hace?
¿De los aplausos de las gradas? ¿De la gratitud de terceros? Todo eso está, sí, y lo agradezco. Pero al final uno está allí para estar en paz con su conciencia y con sus propósitos. El nuestro es liberar a nuestro país, contribuyendo de la manera más sincera y efectiva. Todo eso me dio tranquilidad de conciencia y serenidad.

El político venezolano en la cárcel de Ramo Verde. Foto: ABC

Otro propósito de los ejercicios consiste en descubrir el rostro de Dios. ¿Lo descubrió?
Sí. Tuve momentos de intensidad espiritual, siendo el más importante mi huelga de hambre de 28 días: solicitaba la convocatoria de unas elecciones parlamentarias que luego ganamos. No en vano, todas las religiones plantean el ayuno como una condición propicia para la oración. Evidentemente el ayuno también debe de tener algún tipo de impacto fisiológico en el cuerpo. Pero para mí fueron momentos de muy intensa espiritualidad que intenté mantener después de salir de la cárcel. No es lo mismo. La vida es larga y tiene distintas etapas. Lo importante es que uno esté preparado…

… ¿para entregar su alma a Dios?
Sí, sí. Y con humildad.

San Ignacio también citaba entre los propósitos de los ejercicios los de «examinar la conciencia y disponer el alma para quitar las afecciones desordenadas como los apegos y los egoísmos». ¿Se pueden erradicar los apegos y los egoísmos en la oposición venezolana? En Europa, de modo especial en ámbitos políticos, produce algo de hartazgo e irritación la división que impera en los grupos opositores a los regímenes como el venezolano o el cubano.
Sin duda. Primero, el tema unitario no es un tema sencillo. Por supuesto que para poder construirlo hay que estar dispuesto a los desapegos en todos los sentidos. Es decir, la posición que uno tiene no es necesariamente la que pueda salir. Y muchas veces la mejor posición no es la que tenga la mejor argumentación, sino la que tenga mayor consenso. Uno tiene que entender eso en algunos momentos. Y creo que ayuda. Pero usted usa la palabra hartazgo…

Sí.
Es una palabra un poco fuerte. La entiendo. No la está inventando ni es suya, sino que es el reflejo de lo que yo también percibo. Precisamente, mi punto es el siguiente: quienes no nos podemos hartar somos nosotros. Y tenemos el desafío de mantener la atención de quienes no están involucrados en esto. Pero no nos podemos hartar: para nosotros es vital. Que todos hagan una reflexión humilde.

¿Qué quiere decir?
Por ejemplo, en España antes y durante la Transición había más de 200 partidos. Y les costó alcanzar la unidad. También en Chile o en África. Son procesos que se repiten porque las dictaduras y los sistemas autoritarios tienen la división como principal estrategia. Ya lo decía Maquiavelo. Pero si se revisa lo que hacen las dictaduras, lo que sucedió después de la Segunda Guerra Mundial, en el Bloque del Este, en la mayoría de los sistemas autoritarios, es una línea permanente.

¿Y en Venezuela?
Estamos luchando contra una dictadura muy poderosa, subestimada durante mucho tiempo. Y durante mucho tiempo, cuando lo denunciábamos, nos decían que exagerábamos, que era una democracia.

Estamos luchando contra una dictadura muy poderosa, subestimada durante mucho tiempo

¿Una democracia?
Sí y le buscaban adjetivos: disfuncional, agotada, en renovación, o las teorías políticas que se quieran. Pero al final era y es una dictadura. Y no está sola. Cuenta con poderosos aliados como China, Rusia, Turquía, Irán o Cuba. Aliados que le dan mucho más apoyo del que nosotros recibimos.

¿Qué reciben ustedes de sus aliados?
Les estamos agradecidos, pero recibimos un apoyo meramente declarativo, diplomático. Nicolás Maduro, en cambio, recibe un apoyo económico, con lavado de capitales, economía negra, y por supuesto apoyo militar y de inteligencia, de diplomacia activa y proactiva, de medios de comunicación, en penetración de redes sociales en Venezuela.

Una batalla desigual.
Estamos enfrentados a una dictadura que dispone de un soporte que ni de cerca tiene que ver con el nuestro. No tenemos armas ni controlamos instituciones más allá de la legítima Asamblea Nacional de Juan Guaidó. Y a nivel internacional, como digo, solo con apoyo declarativo y, a veces, dubitativo.

Es decir…
Para las democracias es más difícil defender la democracia que para las dictaduras defender el mantenimiento de sus regímenes. Es una reflexión que tiene que hacerse en las democracias. E invito, a quienes sienten lo que usted define como el hartazgo, a que reflexionen hasta dónde estamos dispuestos a defender la democracia.

¿Está dispuesto a abrirse a otros opositores como Antonio Ledezma, también residente en España, o María Corina Machado
Claro.

¿Sin rencores?
Si no tengo rencor por mis captores, ¿cómo lo voy a tener por mis compañeros de lucha? Ayer [por el domingo] hablé con Antonio Ledezma. Estamos hablando entre nosotros y organizando reuniones. He aprendido a no albergar el odio, por pragmatismo entre otras razones: si a uno le motiva el odio, quita tiempo para todo lo demás.

Foto: Ignacio Arregui

¿Será Juan Guaidó presidente de Venezuela antes de final de año?
Juan Guaidó es presidente encargado.

Presidente efectivo.
Ahora tenemos la ruta para llegar a unas elecciones libres y proponer una candidatura. Aún no estamos allí. Cuando llegue ese momento, se tendrá que definir quién llevará la candidatura unitaria del sector democrático. Lo lógico sería que se hiciese como se hizo en el pasado: a través de unas primarias.

¿Y Guaidó?
En este momento le corresponde ser el líder de esta transición hacia las elecciones libres. Y él lo tiene claro.

De la oposición al clero. ¿Cómo valora papel de la Conferencia Episcopal durante estos años?
La Conferencia Episcopal, y la Iglesia en general, ha asumido un desafío gigantesco de mantenerse como un vínculo con la gente más necesitada. Las circunstancias los han llevado a multiplicar su capacidad de ayuda en las parroquias. Ha habido casos extraordinarios de trabajos sociales, con parroquias que entregan miles de almuerzos diarios.

¿Y en relación con la dictadura?
Una posición de denuncia respecto de lo que significa la dictadura en todas sus dimensiones, pero centrada en lo que son las violaciones a los derechos humanos con una actitud muy firme. La Iglesia ha sido una luz de guía. La situación requiere referentes morales que hablen claro y que puedan traducir la complejidad de la política y lo puedan valientemente presentar ante todos los creyentes durante las Misas y los eventos, como se ha venido haciendo.

La Iglesia ha sido una luz de guía. La situación requiere referentes morales

¿Hay contactos con Roma?
Sí, claro. La crisis venezolana merece expresiones frecuentes y contundentes sobre lo que ocurre. Y no solo en el terreno de los político, también y sobre todo en el humanitario. Espero que el Vaticano tenga presente a Venezuela en su recuerdo de las tragedias que ocurren en el mundo. Hoy es la primera crisis migratoria mundial

¿Más que la del África subsahariana o la de Siria?
En términos de número, ninguna ha pasado a Venezuela. Revise. La ONU reconoce que Venezuela pasará a ser la primera crisis migratoria en 2021. Y con características muy similares a las que se viven en África: por ejemplo, la migración que llega aquí a España no es la que está saliendo en masa de Venezuela. Para llegar aquí hay que tener pasaporte, visado y dinero para comprar un vuelo que cruce el Atlántico. Y hoy están saliendo venezolanos por miles, muy necesitados, en búsqueda de otro destino, con la incertidumbre de lo que pueda suceder, pero con la certeza de que, si se quedan en Venezuela, lo que tienen como promesa es el sufrimiento.

¿Ha aprendido de los errores tácticos cometidos el 30 de abril de 2019, día en que se intentó derrocar a Maduro?
Ese día lo que estábamos planteando era que se diera una manifestación popular con apoyo militar. Así fue durante las primeras horas. Pudo haber tenido éxito como lo tuvo en Bolivia, en noviembre de 2019, donde no se produjo un golpe de Estado: a la protesta popular se le sumó la de militares y policías. Fue un punto de quiebre. Y por supuesto que he aprendido de ese proceso y de la palabra no cumplida de quienes en un principio se comprometieron.

Leopoldo López abraza a su esposa, Lilian Tintori, en 2019 en Caracas. Foto: Efe / Miguel Gutiérrez

¿Qué pasó con la talla de la Virgen de Coromoto, patrona de Caracas, que su mujer le llevó a la cárcel?
La tenemos en la casa de Caracas. En Madrid tenemos otra talla, la de una virgen de mucha devoción en Venezuela: la Divina Pastora. Es la que más devoción suscita después de la de Guadalupe.