Las raíces

Alfonso Simón

«¿Sabe por qué nos gusta Alfa Omega? ¡Porque no huele ni a incienso ni a Coca-Cola!». Así escribía al director del semanario, allá por los inicios de su andadura, la superiora de una comunidad de carmelitas descalzas. Difícilmente se pueden describir mejor las páginas que hoy llegan al número mil.

En el mundo de los medios no era nada fácil hallar respuesta a las preguntas sobre lo que más importa en la vida: su sentido. Aquí el vacío era clamoroso. Alfa y Omega surgió, justamente, con el deseo de llenar este vacío, y «sin duda lo está llenando», atestiguaba el cardenal Rouco, en estas mismas páginas, al festejar en 2014 el 20 aniversario de aquel inicio. Un periódico católico –decía don Ángel Herrera– no tiene «sección de religión»: todo él habla de todas las cosas con la luz precisamente de la religión que a todo ilumina: ¡Cristo!, el Alfa y Omega, el Principio y el Fin. La religión auténtica, en efecto, no es una parcela de la vida, relativa sólo a lo espiritual, sino que Dios, Dios hecho hombre, Jesucristo, tiene que ver con todo: con el cine y la música, la familia y la educación, la política y la economía…

La fe abraza la vida

La fe abraza la vida. Portada del nº 17 (30-III-1996)
La fe abraza la vida. Portada del nº 17 (30-III-1996)

La fe abraza la vida. Portada del nº 17 (30-III-1996)

El 9 de diciembre de 1995, ya como semanario independiente, aparecía el primer número de Alfa y Omega, que hoy llega al millar. Coincidía con el centenario del cine. Pocos meses después, el 30 de marzo de 1996, llegaba el número 17, y coincidía esta vez con el centenario del comic. Salía entonces a la luz los sábados, ¡pero aquél era la antesala del Domingo de Ramos! Un periódico católico, ¿cómo iba a poner ese día en su portada a Batman o Superman? ¡No era posible! En páginas interiores, desde luego, aparecía la Semana Santa, ¡pero el tema de apertura era el centenario del comic! ¿Qué hacer? Enseguida apareció el precioso dibujo de un niño abrazado a Jesús en la cruz, perfecta portada para tal número, con este mensaje: «¿Qué leen nuestros hijos?» ¡Nada más expresivo de la fe que abraza la vida!

En el Testimonio de aquel número, se publicó esta carta llegada a la redacción: «Muchas gracias por publicar sin miedo nuestra fe común. Tengo 14 años, y desde que salió Alfa y Omega, en casa me lo apropio para hacer oración. Me ha ayudado mucho, sobre todo los artículos sobre Santos de ayer y hoy, que me ayudan a pensar que ser santo no está pasado de moda». Firmaba Isabel Rossignoli. El mes de julio siguiente, ¡sin pedírselo!, desde Roma, José Ignacio Tellechea, el más reconocido biógrafo de san Ignacio de Loyola, para su fiesta, el día 31, envió ¡dedicado a Isabel! su artículo El guerrero que no iba para santo.

«Venid y veréis»

Al año siguiente llegó a Alfa y Omega la carta de un lector, Pedro José Aguilar, que decía tener «la desgracia de no creer en Dios». Y otro lector, Ángel Misut, que pasó por la misma situación, «repitiendo las mismas falsas preguntas que tú repites y tratando de que alguien –como en tu caso– me acercara una ayuda que estaba seguro de no necesitar», le respondía en el número siguiente bajo un título bien expresivo: Cuando Dios no se ponía al teléfono. «En un momento de mi vida –tras escuchar a un sacerdote, en una Misa del gallo–, dejé de torturarme con preguntas sobre la existencia de Dios, y comencé a flagelarme con preguntas sobre mi propia existencia. Poco a poco, la luz comenzó a brillar».

Sí, este semanario, con el mismo Venid y veréis de Jesús a los primeros discípulos, no ha dejado de esparcir la Luz a los cuatro vientos, y el número 748, el 25 de agosto de 2011, podía mostrar en su portada esa Luz, el Corazón mismo de la JMJ de Madrid 2011. Benedicto XVI, ante dos millones de jóvenes precisamente en el aeródromo de Cuatro Vientos, no dudó en calificarla de «verdadera cascada de luz», y creo que la historia de Alfa y Omega puede igualmente calificarse así.

Tales raíces de la Belleza, el Bien y la Verdad auténticos, ¡cómo no iban a tener una fecundidad incluso milenaria! Vale la pena seguirlas cuidando con el mayor esmero.

Alfonso Simón
Ex delegado episcopal para Alfa y Omega