Las monjas que cambiaron la vida religiosa en el siglo XIX
«Las religiosas no salían a la calle», pero las hermanas de la Compañía de la Cruz iban a cuidar enfermos. El cardenal Cobo ha cerrado el jubileo por sus 150 años
Las religiosas de la Compañía de la Cruz llevan la humildad en su ADN. Tanto es así que la hermana que atiende a Alfa y Omega —que por supuesto no revela su nombre— no logra entender que «todo un cardenal» de la Iglesia católica, «con todo lo que tendrá que hacer», haya sacado «tiempo para estar un rato con nosotras», que «no somos nada». El encuentro se produjo el pasado viernes, 30 de enero, coincidiendo con el nacimiento de la fundadora de la orden: santa Ángela de la Cruz. Aquel día el arzobispo de Madrid, José Cobo, celebró una Eucaristía con la que se clausuró el año jubilar que la congregación ha celebrado por los 150 años de su fundación.

Se trata de la misma humildad en la que nació María de los Ángeles Guerrero —su nombre secular— el 30 de enero de 1846. Era hija de un cardador de lana y de una costurera, aunque cuando la niña llegó a este mundo, ambos trabajaban en un convento de frailes trinitarios. «Su infancia se desarrolló en un contexto de pobreza». De hecho, no pudo estudiar más que lo básico y pronto se puso a trabajar. Lo hizo en una zapatería, lo que, sumado a lo que aprendió sobre costura de su propia madre, le valió para diseñar ella misma —años después— el hábito de la congregación de religiosas que fundó el 2 de agosto de 1875.
La humildad de sus hijas espirituales, sin embargo, a diferencia de la que experimentó María de los Ángeles de forma innata, está íntimamente ligada a una autoimpuesta confianza absoluta en el Señor. «Nosotras no cobramos nada por nuestro ministerio, vivimos de la providencia», asegura la religiosa. Pero aun así, al igual que los pájaros del Evangelio, que ni siembran ni siegan, ni almacenan pero el Padre celestial los alimenta, las hermanas reciben su sustento a través de la limosna. «La madre dispuso que fuéramos pidiendo de puerta en puerta, también como una forma de que se grabara a fuego en nosotras un espíritu de humillación constante».
Atención domiciliaria
Pero las hermanas no solo van de puerta en puerta en busca de un donativo, sino a la expectativa de encontrarse «al mismo Cristo presente en los enfermos». Las religiosas «nos dedicamos a atender a los dolientes a domicilio y también nos quedamos a velar por la noche si hace falta». En ocasiones, «nos han pedido ayuda con algo de la casa y se la hemos dado; pero lo normal es cuidar al que está desvalido».
A esta labor, las monjas de la Compañía de la Cruz añaden el reparto de bocadillos. «Entregamos ciento y pico de forma diaria». Los 365 días del año. «No hay un solo día que dejemos de hacer esta labor, porque no hay un solo día en que no haya gente que venga a nuestra puerta», explica la religiosa.
El pasado lunes, 2 de febrero, la catedral de la Almudena acogió una Misa con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Asistieron centenares de religiosos y religiosas, a los que el cardenal Cobo definió como «candelas que iluminan, de modo sencillo y pequeño, el día a día de mucha gente».
Durante su homilía, el arzobispo de Madrid propuso seguir por este camino e invitó a la vida consagrada a «ponerse en salida, a ser compañeros y compañeras de camino». Instó «a ser ofrenda generosa al Señor» ante «nuestro mundo sufriente, esperanza que camina con todas las periferias existenciales».
Asimismo, pidió crear «estructuras de diálogo, de conocimiento recíproco, de respeto por las diferencias» ante la «sociedad polarizada» y «enfrentada» en la que vivimos. Así «nos convertiremos en constructores de puentes y difusores de la cultura del encuentro y la fraternidad».
La propia María de los Ángeles llamó a las puertas de varios conventos, pero para profesar como religiosa. Lo intentó en las carmelitas, que la vieron con poca salud y la rechazaron. Con las hijas de la Caridad llegó a hacer el noviciado, pero a los dos años tuvo que dejarlo porque cayó enferma. Finalmente, tras una moción interior, fundó las religiosas de la Compañía de la Cruz, cuya forma de vida está marcada de alguna forma por esas entradas y salidas de los conventos. «Tenemos una vida mixta de oración y atención domiciliaria a enfermos». Para la época «fue toda una novedad, porque antes las monjas no salían a la calle. Nosotras, sin embargo, íbamos a donde hacía falta», concluye la religiosa. Esta forma de vida ha sido antídoto contra «la mirada un tanto obsesiva sobre nosotros mismos» contra la que ha advertido la CEE en su mensaje para la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que se celebró el pasado 2 de febrero.