Ellas, el pulmón de caridad de Roma

Las hermanas de la Cruz caminan de dos en dos por las calles de Roma. Como siempre. La única diferencia es que ahora llevan mascarillas y guantes de látex. «Tenemos un certificado del Ministerio del Interior italiano que justifica que vayamos a asistir a los ancianitos abandonados que no tienen para comer, que no se pueden asear solos, que no tienen a nadie… Si no vamos nosotras, ¿qué sería de ellos?»

Victoria Isabel Cardiel C.
Dos hermanas de la Cruz en una calle de Roma, de camino a casa de un anciano. Foto: Eva Fernández

Las hermanas de la Cruz caminan de dos en dos por las calles de Roma. Como siempre. La única diferencia es que ahora llevan mascarillas y guantes de látex. «Tenemos un certificado del Ministerio del Interior italiano que justifica que vayamos a asistir a los ancianitos abandonados que no tienen para comer, que no se pueden asear solos, que no tienen a nadie… Si no vamos nosotras, ¿qué sería de ellos?»

Caminan como siempre, sin hacer mucho ruido, para no llamar la atención por las calles de Roma. Pero este no es un día cualquiera. Los comercios, los bares y los restaurantes tienen echada la persiana y las vías tapizadas de sanpietrini están rigurosamente desiertas. Al eco de sus pasos apresurados solo se suman las sirenas de las ambulancias. Es el tiempo de la distancia entre las personas. No para ellas, las hermanas de la Cruz, que cumplen sin rechistar con su tarea de entrega sin límites a los más necesitados a pesar del coronavirus. La única diferencia es que ahora llevan mascarilla y sus manos, agrietadas por el servicio a los más pobres, están cubiertas por guantes de látex. El destino de su travesía son los desamparados a los que la red asistencial visible nunca llega: los vagabundos, los ilegalizados, los ancianos abandonados y, en definitiva, los enfermos a los que nadie recuerda.

«Lo que no queremos es publicidad de lo que hacemos. Es contrario a nuestro espíritu», señala con claridad la hermana María del Redentor nada más descolgar el teléfono. Ella es una de las siete monjas españolas, herederas de sor Ángela, que viven en Roma, donde están presentes desde hace 56 años. Actualmente son solo cinco. Las otras dos viajaron a Sevilla para realizar unos ejercicios espirituales y no han podido volver por las normas que impone el confinamiento.

El carisma de su instituto está muy bien trazado. Se vuelca en los más desfavorecidos, los enfermos y los pobres. «Sor Ángela señalaba que el verdadero testimonio es el del ejemplo y no el de la palabra. Porque los testimonios silenciosos son los que hacen recapacitar a las personas y que caigan en la cuenta de que Cristo es más grande que nosotros», detalla.

Comenzó en una corrala

La fundadora del Instituto de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, que fue canonizada por san Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003, dejó claro en sus Escritos íntimos que las monjas que la siguieran deberían procurar «la imitación de Cristo Crucificado en pobreza, humillación y mortificación», teniendo como base la fe y la caridad. Una elección radical y silenciosa con la que las hermanas, distinguidas con los hábitos de parda estameña, remiendan la sociedad incluso cuando el virus invisible está haciendo estragos. «Tenemos un certificado del Ministerio del Interior italiano que justifica que vayamos a asistir a los ancianitos abandonados que no tienen para comer, que no se pueden asear solos, que no tienen a nadie… Si no vamos nosotras, ¿qué sería de ellos? Ahora hay mucha vigilancia, pero nosotras podemos ir a sus casas», relata la monja. Su labor callada, que comenzó en 1875 en un corral de vecinos de una calle de Sevilla, está hecha de humildad, de abnegación y de renuncias, pero, sobre todo, de mucho amor.

«Hay que pisotear el yo»

Sor Ángela no tuvo una vida fácil. Nació en una familia pobre el 30 de enero de 1846 en Sevilla. Perdió a su padre cuando apenas era una niña. Y de sus 13 hermanos, solo cinco sobrevivieron a la tuberculosis. Las horas que pasó en un taller de calzado a duras penas le dejaban tiempo para aprender a leer y escribir. Pero era una mujer piadosa y de fe inquebrantable. Con tan solo 29 años fundó la Compañía de la Cruz después de más de una década bajo la dirección espiritual del padre José Torres Padilla, el cofundador. Cuando su obra celebró medio siglo de vida, sor Ángela dejó marcado en su Carta de año el camino para sus sucesoras: «Y después de los 100 años, la [persona] que vea una hermana de la Cruz pueda decir: “Se ve a las primeras el mismo hábito exterior y el mismo interior; el mismo espíritu de abnegación, el mismo de sacrificio… Son las mismas, la providencia para los pobres; dan de comer al hambriento, visten al desnudo, buscan casa a los peregrinos, visitan a los enfermos, los limpian, los asean, los velan sacrificando su reposo”».

Más de un siglo después, la jornada de estas religiosas desde que se despiertan hasta que se acuestan viene jalonada por estas dos actividades: muchos tiempos de oración, al menos tres, al día;, y las visitas asiduas a los enfermos y más necesitados a los que preparan la comida, asean y curan. Las hermanas de la Cruz son ante todo una isla de discreción en un mundo narcisista que autopromociona su ego en las pantallas. El antónimo perfecto para el exhibicionismo estridente del selfi. «Sor Ángela decía que hay pisotear el yo», concluye la monja sevillana. De hecho, el lema de las religiosas sintetiza su carisma: «Haciéndose pobre con el pobre para llevarlo a Cristo».

Victoria Isabel Cardiel C.
Roma