El orden internacional, el conformado por el balance de poderes entre naciones, está cambiando su equilibrio. No obstante, es muy difícil medir el poder de un Estado y, más aún, compararlo. Un indicador claro es el económico, aunque hay diferentes formas de medirlo. En paridad de precios y en 2023, según el Banco Mundial, China tenía 34,643 billones de dólares (18,76 % del PIB mundial); Estados Unidos, 27,36 (14,8 %); la UE, 27,125 (14,68 %) y Rusia, 6,452 (3,49 %). El mundo suma 184,653. La suma de los actores citados apenas excede el 50 % del PIB mundial, mientras la de Estados Unidos y la UE es del 29,48 %. Por el contrario, la suma de los países africanos y asiáticos recién independizados que, en 1955, se reunieron en Bandung (Indonesia) ha pasado del 8 % del PIB mundial a más del 40 %. Solo los BRICS o emergentes suponen el 37 %.
La coevolución chino-norteamericana (donde Estados Unidos aportaba mercados y tecnología, y China mano de obra barata) explica tal transformación, sobre todo, a partir de 2001 con la entrada de China en la OMC. Este proceso ha beneficiado proporcionalmente mucho más a este país. Su PIB en 1994 era inferior al español.
Así, la Pax Americana ha hecho posible el ascenso de los demás países al crear y redistribuir la riqueza del planeta. Podrán discutirse las cifras de esta convergencia, pero la pérdida de poder relativo de Occidente es evidente.
No obstante, hay más aspectos. Está el armamentístico, en el que la ventaja de Occidente es clara —y eso cuando el maquiavelismo de la estrategia confunde fuerza con poder—. O su poder cultural. O que las instituciones internacionales estén a su hechura diplomática.
En cuanto a tecnología e innovación, que determinan el futuro, China rivaliza con Estados Unidos mientras Europa se encuentra desplazada. Las diferentes tecnologías se encuentran entrelazadas y sus efectos se potencian entre sí. En consecuencia, una puede provocar un cambio de paradigma. Estamos en una cuarta revolución industrial en clave de inteligencia artificial.
La guerra de Ucrania puso abruptamente de manifiesto la pérdida de poder de Occidente. Así, en la Asamblea General de la ONU, aunque hubo una condena mayoritaria de la agresión rusa, 35 países se abstuvieron y doce no participaron, la mayoría de ellos africanos o asiáticos. Y el seguimiento de las sanciones a Rusia fue muy insuficiente. Esta guerra, junto con las de Gaza, Azerbaiyán o Irán, señala el cambio de orden. No en vano, la guerra es una reordenación abrupta y sangrienta de las relaciones geopolíticas, no como causa sino como síntoma de la consolidación de un proceso en marcha.
Paradójicamente, las alianzas que sirven a la vertebración de Occidente —como la OTAN— se debilitan. Estados Unidos parece replegarse sobre su hemisferio. Esta primacía de las políticas regionales es el resultado de su pérdida de poder global. Antes el poder que ostentaba sobre el resto del mundo dejaba a Latinoamérica a su socaire. Pero ahora ya no, como acredita la presencia china en el continente, y le obliga a detraer recursos de otras áreas para volver a su patio trasero, que se amplía para incluir al Ártico. Con todo, China no se confronta con Estados Unidos sino que ocupa los espacios que este abandona, por ejemplo, en Oriente Medio.
De hecho, la alteración del status quo se nota en espacios como el Ártico, donde lo han alterado el cambio climático, la aparición de nuevas rutas marítimas y una mayor accesibilidad a los recursos, pero también la creación de nuevas fronteras. Se han trasladado a este espacio, hasta ahora marginal, las incertidumbres del cambio de orden mundial. Así China puede escapar de la ruta del estrecho de Malaca —Taiwán sigue siendo la clave del control de su acceso al Pacífico— y lograr una entrada directa a Europa.
En fin, la Primera Guerra Mundial nos recuerda los peligros de la multipolaridad. Dicha guerra fue, a la vez, una profecía autocumplida y un sinsentido. El debilitamiento del multilateralismo y el retorno a políticas de poder no modifica un proceso en marcha. Las reglas no pueden contener la alteración del equilibrio geopolítico, aunque si modularla. Prescindir de ellas acelera tal alteración con el riesgo de que, además, esta descarrile en mayor violencia.