Las clarisas plantan cara al «ciclo de violencia-hambre-violencia» en Sierra Leona

Las clarisas plantan cara al «ciclo de violencia-hambre-violencia» en Sierra Leona

En un país donde un sueldo no da ni para llenar un depósito del coche, las Clarisas del Santísimo Sacramento como Sandra Ramos ven en la educación la llave para prevenir futuros conflictos

María Martínez López
Sandra Ramos en el taller de costura de las misioneras. Foto: Manos Unidas.
Sandra Ramos en el taller de costura de las misioneras. Foto: Manos Unidas.

25 años después de la firma de un acuerdo de paz tras la guerra civil en Sierra Leona, el país sigue en una situación de «posconflicto», asegura la misionera Sandra Ramos, misionera de las Clarisas del Santísimo Sacramento. «El pueblo realmente se intentó levantar» y durante algo más de una década «aumentó la productividad», narra religiosa, que el miércoles participó en la presentación de la campaña anual de Manos Unidas.

Sin embargo, «no se logró consolidar ese pequeño progreso», lamenta. «En 2013 vino el ébola, que devastó totalmente el país y diezmó a la población» hasta 2015. Un lustro después, sufrieron el impacto de la COVID-19. No fue «tanto a nivel sanitario, porque los casos fueron mínimos. El problema es que Sierra Leona no tiene tejido industrial propio, todo viene de fuera y los precios eran desorbitados». Casi seis años después, «ya se quedaron instalados».

Pero, ¿por qué habla de «posconflicto»? «Ahora mismo no hay propiamente una violencia abierta», pero sí «una tensión social alta debido a las desigualdades tan impactantes que hay». Esta se sigue manifestando en brotes cada cierto tiempo. Por ejemplo, en agosto de 2022 se produjeron en las ciudades más importantes del país protestas «reprimidas de una manera muy violenta» por la inflación durante la pandemia.

Ramos ha viajado desde Sierra Leona para presentar la campaña de Manos Unidas en España. Foto: Manos Unidas.
Ramos ha presentado la campaña de Manos Unidas en España. Foto: Manos Unidas.

Luego, «en noviembre de 2023 hubo un intento de atacar la residencia presidencial» después de «unas elecciones bastante dudosas en junio». Como consecuencia, «se decretó un toque de queda nocturno durante tres semanas». El último brote se produjo el año pasado.

40 euros de salario, gasolina a uno el litro

Es aquí donde el testimonio de esta misionera encaja con la campaña anual de Manos Unidas. Con el lema Declara la guerra al hambre, la ONGD católica quiere subrayar la vinculación entre pobreza y conflicto.

La misionera ha sido testigo de ello, pues la situación en Sierra Leona responde a «una violencia estructural: la pobreza y el hambre», asegura. Recuerda que su PIB per cápita es de unos 450 euros (el español es 61 veces mayor).

A su vez, todo repercute en que «el país se desarrolle muy lentamente, la productividad está muy condicionada». Por ejemplo, «cuando el Gobierno vio que en los países de alrededor había levantamientos militares», para intentar evitarlos «estabilizaron el precio del petróleo por decreto en un euro el litro», en una nación donde el salario mínimo está en torno a los 40. Con esos precios, «el país se mueve menos y produce menos». Así, se perpetúa «un ciclo de violencia-hambre-violencia».

¿Qué ofrecen estas misioneras a Sierra Leona?

En este contexto, el trabajo central de las Clarisas del Santísimo Sacramento «es la educación», entendida no solo como «transmisión de conocimientos» sino como «una manera de transformación social». En primer lugar, «podemos fomentar valores como el diálogo o la escucha que pueden ayudar a resolver conflictos», explica Ramos. Por otro, «si logramos que las personas tengan una calidad de trabajo se puede romper ese círculo» al permitirles acceder a una mejor calidad de vida.

La educación es la gran apuesta de las Clarisas del Santísimo Sacramento en Sierra Leona. Foto: Manos Unidas.
La educación es la gran apuesta de las Clarisas del Santísimo Sacramento. Foto: Manos Unidas.

Sin embargo, no basta con saber ganarse la vida en un país como Sierra Leona que, si bien es rico en recursos, adolece de «un alto grado de corrupción en todas o una mayoría de las instituciones». La misionera recuerda, por ejemplo, cómo al anunciarse una partida de becas para mujeres vulnerables como las que van a su escuela profesional, «luego me  enteré de que tenían que pagar para acceder a ellas».

Por eso, otra función de la educación es «hacerlas conscientes de que tienen derechos». Esto empieza por, por ejemplo, enseñarles a avisar a Ramos, como directora del centro, de si un profesor no acude a clase.

El poder de una máquina de coser

Asimismo, como en el país tener formación no garantiza encontrar trabajo (lo cual es una de las causas de frustración para los jóvenes), «en la misma escuela hemos creado una línea de emprendimiento para que se autoempleen». Así, si al principio «nos conformábamos con que aprendieran costura», luego «abrí un taller de uniformes y de todo un poco donde doy a la mayoría de alumnas que terminan la oportunidad de trabajar dos años».

Cuando estos concluyen, «les consigo una máquina de coser y un pequeño kit e intento hacerles seguimiento para que no se vengan abajo» ante las dificultades. Ha establecido este itinerario porque comprobó que «si se lo daba nada más terminar, ante el primer problema, como una enfermedad de un hijo, la vendían y se quedaban en la misma situación» de antes: una pobreza que a veces las llevaba a tomar malas decisiones, como prostituirse, y caer en un ciclo en el que sus hijos iban a repetir el patrón.

«En el trabajo con ellas les digo que durante los dos años que trabajen en el taller van a ganar un salario, lo que les resolverá algunos problemas», afirma. «Luego, la máquina de coser les resolverá otros. Pero sobre todo, las habilidades que aprendan no van a desaparecer».