Seis meses apenas son nada en la historia de una persona, menos en la historia del mundo. Pero los seis meses transcurridos desde que se declarara «oficialmente» la pandemia de la COVID-19 han tenido una densidad inusitada. Hemos visto pasar ante nuestros ojos la vida y la muerte entrelazadas. La muerte de tantos conciudadanos, los más vulnerables, muchas veces sin compañía ni despedida; y aun así, la vida también resurgía saliendo de las UCI, y brillaba en el don sin medida de médicos, enfermeros, capellanes, voluntarios… No solo cuando su esfuerzo obtenía el fruto de la curación, sino cada segundo en que mostraban que la vida siempre es un bien. Hemos visto la muerte en nuestros egoísmos y divisiones, y la vida en el servicio gratuito al desconocido, en la amistad tejida en un barrio donde dominaba el anonimato, en la compañía ofrecida para combatir la soledad y el miedo.

«Hemos visto la muerte en nuestros egoísmos y divisiones, y la vida en el servicio gratuito al desconocido»

Hemos valorado como nunca el trabajo escondido de nuestros científicos y nos hemos impacientado porque no daban con la solución en el tiempo deseado. Nos han irritado sobremanera nuestros políticos, pero quizás los hemos compadecido en algún momento viendo la magnitud del empeño. Nos han atenazado el miedo y la angustia, pero nos hemos descubierto libres viendo la libertad que otros mostraban, y hemos comprendido lo absurdo que es pensar que la felicidad consiste en no depender de nadie, y pretender satisfacer nuestros deseos más profundos con el consumo o con el éxito. En casa nos hemos acompañado y hartado, y al final sólo el perdón ha podido desatar el nudo.

Por último hemos intentado reemprender la marcha y descubrimos que no bastan la voluntad ni las frases hechas. Es tiempo de hacer memoria, de cuidar la vida, de tejer una amistad cívica que venza el veneno de la división. De construir juntos lo que el Papa acaba de denominar la roca del bien común.