La realidad, sin edulcorantes, pero sin cinismo - Alfa y Omega

La realidad, sin edulcorantes, pero sin cinismo

Se estrenan dos interesantes películas. Stockholm, del español Rodrigo Sorogoyen, que denuncia la cultura del «usar y tirar» en quienes sólo buscan relaciones sexuales esporádicas para disimular su propio vacío, y Un cerdo en Gaza, segunda película del francés Sylvain Estibal que, en la estela del neorrealismo italiano, consigue aproximarse a una realidad humana muy dura, con la óptica de la ternura e incluso del humor

Juan Orellana
Fotograma de la película Stockholm

Stockholm

Son muchas las películas que rastrean las relaciones esporádicas de tantos jóvenes que sólo buscan en el otro una noche de placer que disimule el propio vacío. Algunas tienen la mirada más crítica, otras son más complacientes. La novedad que aporta esta película española de Rodrigo Sorogoyen, que tantos Premios acaparó en el pasado Festival de Málaga -incluido el católico Premio Signis-, es la radicalidad con la que pone el dedo en la llaga, y la autenticidad de su guión y puesta en escena.

Javier Pereira (que también triunfó hace años en Málaga con Heroína) encarna a un joven que, en una noche de fiesta, se encapricha de una chica a la que acaba de conocer (Aura Garrido). Ella muestra claramente su indiferencia desde el principio, pero las artes de seducción de él, simpático y espontáneo, van a ir minando las defensas de la joven, que finalmente decidirá darle una oportunidad.

Lo que comienza como una típica historia de jóvenes en busca de sexo, se va convirtiendo en una versión juvenil de Secretos de un matrimonio, de Bergman: sólo dos actores, en un espacio reducido, con largos diálogos que profundizan en sus vidas, en sus heridas y esperanzas, con el tempo naturalista de quien poco a poco va conociendo al que era un desconocido. Pero Sorogoyen no se conforma con una descripción nada superficial de la relación, sino que da un paso más, y mira de frente lo que ocurre cuando las personas son un mero medio para conquistar una sensación furtiva de placer, cuando son únicamente parte de nuestro plan, cuando son, en definitiva, de usar y tirar. Esta mentalidad de consumir relaciones, tan extendida, tan propia de zombis, ha dado a luz una generación minusválida en lo que al amor adulto se refiere, y por ello es muy interesante que un director como Sorogoyen se atreva a ir hasta el final en su mirada crítica, sin concesiones. El cinismo habitual en el que caen este tipo de películas, deja paso en esta cinta a una bofetada a la hipocresía o al escepticismo cómplice. Una película necesaria.

Un cerdo en Gaza

El neorrealismo italiano fundó un estilo cinematográfico, casi un método, al que frecuentemente vuelven cineastas de lo más variopintos. Ese método consistía en aproximarse a una realidad humana dura y sangrante con la óptica de la ternura, y en ocasiones con el filtro del humor. De este modo, lejos de traicionar la hondura del drama que se cuenta, el cineasta se coloca en una perspectiva más verdadera, la que da siempre la última palabra a la grandeza del ser humano y a su dignidad. Además, la historia se hace mucho más universal, y pueden acceder a ella muchos más espectadores, incluso aquellos que no quieren ir al cine a sufrir.

Este método se puede percibir perfectamente en Un cerdo en Gaza, segunda película del francés Sylvain Estibal, coproducción entre Francia, Bélgica y Alemania. El tema es de la vida cotidiana de los palestinos de Gaza, bajo el control férreo del ejército israelí. Jafaar (Sasson Gabay) es un pobre pescador. Malvive con su esposa Fátima (Baya Belal) en la parte baja de una torre de vigilancia de soldados israelíes. Un día encuentra en sus redes un cerdo, seguramente caído de un barco carguero. Como buen musulmán, decide deshacerse rápidamente del animal impuro, pero su situación económica le aconseja venderlo. Sin embargo, no va a ser nada fácil, ya que ni judíos ni palestinos quieren saber nada de cerdos.

Como es fácil imaginar, la surrealista peripecia del cerdo es el catalizador para hablar de lo que realmente quiere proponer el director, la ansiada convivencia pacífica entre judíos y palestinos. Pero esta tesis final, muy explícita en el último tramo, no edulcora una realidad nada fácil, y una cuestión decisiva como el terrorismo tiene su papel importante dentro de la trama. También la sencilla religiosidad de Jafaar aparece reflejada con una ternura casi infantil. El difícil equilibrio entre lo cómico, a menudo berlanguiano, y lo dramático está muy bien resuelto, y confirma las dotes de Estibal también como guionista. Una propuesta fresca, luminosa, divertida, y profundamente humana.