La punta del iceberg: Elocuente radiografía sobre la explotación laboral en la empresa

A partir de un espléndido libreto del desconocido dramaturgo canario Antonio Tabares, de la lúcida dirección del también dramaturgo catalán Sergi Belbel -Premio Nacional de Literatura Dramática…

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A partir de un espléndido libreto del desconocido dramaturgo canario Antonio Tabares, de la lúcida dirección del también dramaturgo catalán Sergi Belbel -Premio Nacional de Literatura Dramática en 1996 por su obra Morir o no, y responsable desde 2005 del Teatro Nacional de Cataluña- y de un equipo artístico y técnico de alto nivel, triunfa en el Teatro de La Abadía, en Madrid, La punta del iceberg, thriller empresarial que pone sobre el tapete el modo de funcionar en las grandes empresas, tanto a través de las relaciones de convivencia profesional como personal de sus trabajadores. Crítica de José Luis Panero en Hoyenlacity.com

La punta del iceberg cuenta las andanzas de una gran empresa multinacional que se ve sacudida por el suicidio de tres de sus empleados. Desde la sede central en Londres, la compañía envía a una directiva, Sofía Cuevas (Nieve de Medina), para llevar a cabo una investigación interna que trate de aclarar lo sucedido. En sus encuentros con los trabajadores va descubriendo un ambiente laboral enfermizo: una forma patógena de gestión donde el individuo queda relegado a un papel insignificante y la única prioridad es la cuenta de resultados. Pero, ¿hay algo más? ¿Cuáles son las verdaderas razones que llevan a un hombre a quitarse la vida en su puesto de trabajo? Se trata de una obra sobre el deterioro de las relaciones humanas en un entorno laboral competitivo y hostil.

La cartelera teatral madrileña acoge el más puro teatro social contemporáneo, de total actualidad, que en este caso afronta los conflictos laborales de una gran empresa. La historia está inspirada en un suceso real a raíz del suicidio de tres empleados de una fábrica de Renault en París en menos de cuatro meses.

La enjundia de este drama no consiste tanto en minimizar el impacto de los suicidios que acontecen en España, es decir, unos 3.000 al día, casi un 26% de ellos perpetrados por individuos entre 30 y 60 años como la denuncia abierta sobre todo lo que se circunscribe en torno al trabajo, que se traduce en el estrés laboral que se sufre en los tiempos modernos, las relaciones de poder, las insatisfacciones que genera la esclavitud del sistema, porque al final se dedica más tiempo al trabajo que a la familia, y todo ello provoca que saquemos lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros. De los sueños que se tuvieron y no se han cumplido, de la ausencia de relaciones humanas, del miedo que se tiene a reclamar las horas de más en la oficina por no perder el puesto de trabajo, de no poder parar a comer, y cuando se come se hace deprisa, o de los ERES injustificados… pasando por otras críticas veladas en torno al periodismo, el machismo, el aborto o el habitual consumo de droga, que, inteligentemente, Belbel no ha mostrado, dando así mucho más valor, poder y determinación a la palabra.

Todo ello lo arma Belbel como la obra de un perfecto artesano. Primero, desde su puesta en escena. Todo el escenario está lleno de grandes y abundantes armarios, ficheros, mesas de despacho, etcétera, de color blanco, con sólo un par de sillas de oficina, algún flexo y una papelera de tono gris, un perfecto conjunto escenográfico funcional que preludia la ambivalencia de esos personajes que no saben muy bien dónde se encuentran. O lo saben muy bien, pero no se han detenido a fijar su mirada sobre algo más allá del trabajo. Algo que les convierta en seres humanos, no en máquinas de trabajar que entran y salen con prisas del escenario. Y en esas pequeñas intrahistorias es donde fluye lo mejor de La punta del iceberg. A ello hay que añadir la ambientación, adornada sólo por el humo que desprenden los cigarrillos que se consumen con pasión, a pesar de las prohibiciones de no fumar que predica la empresa.

En segundo lugar, apoyado por la sabrosa dramaturgia de Tabares a la que, no obstante, le sobra alguna escena que no aporta mucho al tema y que apenas destapa elementos de interés, como las innecesarias expresiones vulgares de algunos de sus personajes, que lejos de ayudar a darles consistencia, rebajan sus roles. Eso no quita que La punta del iceberg alcance momentos de extraordinaria fuerza dramática, de tensión creciente, que no excluye el humor, risa unas veces, sonrisas otras. Con un tiempo muy medido y un ajuste impecable, Belbel estructura el espectáculo de modo hitchcockiano, donde tras una única verdad se camuflan bastantes mentiras; un perfecto falso culpable que se escenifica con nunca más de dos actores en la escena entre los seis que componen la trama. Por otro lado, resulta muy práctica la utilización de métodos de enlace cuando se pasa de una acción a otra. Y, para ello, los personajes, como si se tratara de un puzzle, aprovechan los imperceptibles oscuros para deshacer y rehacer el escenario y crear así atmósferas nuevas a golpes de sonido. Todo ello contribuye a dar unidad al conjunto o dotarle de sorpresas y contrastes que enriquecen la representación.

En tercer lugar, la pieza La punta del iceberg, salvo las objeciones antedichas, está muy bien dirigida y cuidada, tanto en los procesos dramáticos y escénicos, como en el trabajo de campo que Belbel ha desarrollado sobre cada uno de los intérpretes. La actriz Nieve de Medina está impecable. Es el alma de la historia sobre la que pivota todo. Da vida a Sofía Cuevas, está separada recientemente y no tiene hijos. En su juventud fue novia de Alejandro García, el sindicalista de la empresa, que continúa defendiendo las ideas revolucionarias de hace 30 años. Igual de vibrante resulta la actuación de Luis Moreno que interpreta al programador de la empresa, Jaime Salas. Un trío de lujo para no perder de vista. Más episódicas son las apariciones de Montse Díez, que da vida a Gabriela Benassar, una de las empleadas de la empresa y que tiene mucho que ver con uno de los suicidados; la de Eleazar Ortiz, que encarna con convicción al jefe, Carlos Fresno, y la de Chema de Miguel, un perfecto barman de toda la vida, Carmelo Luis, que trabaja desde joven en la empresa. Una suerte de reparto, que en ningún momento queda descompensado, donde cada actor muestra al máximo su talento y queda bien definida su personalidad.

Podemos concluir, pues, que La punta del iceberg es una muy buena obra de teatro, que supone un buen acercamiento a la vida de la empresa, que funciona bien en su manera de hacer crítica sobre la imposible conciliación laboral y familiar, aunque se echa en falta una mirada posterior hacia el problema, en no quedarse sólo con las preguntas, con presentar el tema y dejar que el espectador juzgue, sino también de ofrecer respuestas sobre la tragedia. Porque material hay y es muy bueno.

José Luis Panero @PALOMITERO