La monja que se quedó en Cuba a pesar de la persecución - Alfa y Omega

La monja que se quedó en Cuba a pesar de la persecución

Arrecian estos días las protestas contra el régimen cubano. Un acontecimiento más en la vida de la española sor María de Jesús Miranda, una de las 14 siervas de María que permaneció en la isla tras el ascenso de Fidel Castro al poder

José Calderero de Aldecoa
Sor María de Jesús entregando alimentos desde la portería. Foto cedida por las Siervas de María

Fidel Castro se encontró de frente con la Iglesia católica cuando proclamó el carácter marxista-leninista de su Gobierno en 1961. La jerarquía y los sacerdotes se posicionaron en contra y terminaron sufriendo una persecución que provocó un éxodo masivo de sacerdotes y religiosos fuera del país. Muchos consagrados fueron expulsados y otros muchos simplemente se vieron abocados a salir de Cuba.

Aún con todo, algunos permanecieron en la isla. Es el caso de sor María de Jesús Miranda, religiosa navarra nacida el 13 de enero de 1928 que, junto a otras 13 hermanas de las Siervas de María, permaneció en La Habana durante la revolución castrista. El resto de religiosas de la congregación –que contaba con casi 200 monjas repartidas en siete comunidades antes del ascenso de Castro al poder– tuvieron que irse.

«Fueron tiempos difíciles, marcados por la incertidumbre, la soledad, la intemperie… María Jesús, junto a sus 13 compañeras, decidieron continuar siendo esa luz pequeña que cada noche alumbraba las calles de la ciudad, devolviendo la esperanza al rostro de sus pobres y enfermos», cuenta sor Indira González Shoda, secretaria provincial de las Siervas de María, Ministras de los Enfermos.

«Dicen los testigos de entonces que cuando escaseaban los signos religiosos y abundaba la confusión por las calles de La Habana, el andar de las hermanas hacia los hospitales o las casas de los enfermos y sus lucecitas encendidas en medio de la noche, se convirtieron en anuncio convincente de que Dios no había muerto».

75 años de esperanza

La historia de María de Jesús se sitúa hoy en la primera línea de actualidad, al iluminar la difícil situación que se vive estos días en Cuba y al cumplirse 75 años de su vida religiosa. «Nuestra hermana emitió su profesión religiosa el 4 de julio de 1946, en Burlada [Navarra]. Unos meses más tarde, el 10 de febrero de 1947, cuando los viajes eran de ida pero no de vuelta, zarpó hacia La Habana, llegando para quedarse», detalla la secretaria provincial. Y añade: «74 años han sido testigos del amor cubano que María Jesús ha ido gestando en su corazón, traduciéndolo en gestos concretos de acogida, cercanía, apertura para integrar la diversidad cultural, el clima distinto, los vaivenes de la historia».

Sor Indira destaca dos etapas del servicio de María Jesús, que pertenece a una familia numerosa de diez hermanos, de los cuales cuatro son Siervas de María. Desde 1985 hasta el año 200 fue maestra de novicias, «enseñando a las jóvenes cubanas cómo ser mujeres consagradas felices, siguiendo las huellas de Jesús de Nazaret y ensanchando el corazón para acoger y transformar la sociedad, desde el servicio pequeño, puntual, efectivo y eficaz».

Pero la etapa que más nos ha marcado, según la secretaria provincial, es la que ha desempeñado a partir del año 2000 en la portería de la casa en la que vive. «Allí llegan numerosas personas, pobres, deambulantes; todos necesitados del pan material, de un medicamento o de unas puertas abiertas que sean capaces de hacer sentir un abrazo de humanidad. Y ese abrazo –asegura la superiora–, lo reciben en el gesto misericordioso de «la madre de todos», como suelen decirle. «Cuántos bocadillos preparados, cuántos vasos de agua, cuánta paciencia conjugada con bondad, cuántas horas de trabajo a sus 93 años…».

Por todo este trabajo, «me atrevo a asegurar que La Habana sin María Jesús perdería algo de su ser real y maravillosa, porque sin personas como ella se nos va el encanto, la ternura, la esperanza», concluye la secretaria provincial de las religiosas. «Quizás su grandeza es precisamente cultivar la sencillez, servir como lo más natural del mundo, dejar que el cariño salga por esos gestos suyos tan navarros y que todos, una vez conocidos, anhelamos».