La guerra de los altavoces - Alfa y Omega

La India es un país maravilloso, pero no silencioso. Para esta misión el problema se complicó cuando el año pasado un pequeño templo hindú surgió de la nada en las cercanías del internado. Instalaron dos grandes altavoces estratégicamente dirigidos hacia la misión, y una mañana comenzó un galimatías de voces disonantes que intentaban cantar slokas, versos del Ramayana. Los cantores parecían ser personas de avanzada edad. El sonido llagaba nítido y fuerte hasta donde 300 niños intentaban estudiar. 

El recital continuó todo el día, siguió machaconamente toda la noche y prosiguió implacable al día siguiente…hasta que yo monté, no en cólera, sino en mi moto y me dirigí hacia allí con intención de aclarar este asunto con prudencia y el debido respeto.

Aparqué a cierta distancia y me dirigí sigiloso hacia el porche de entrada donde me senté respetuosamente después de haberme descalzado. Enseguida ví a los dos viejos cantores disputándose el micrófono.

Al poco se me acercó un hombre de mediana edad que supuse era el pujari del templo y me preguntó de manera afable si había venido a rezar. Le dije que yo también era un hombre religioso –sacerdote católico– y que me gustaba estar en un sitio sagrado donde se siente la presencia de Dios. Continuó sonriendo, así que me animé a añadir: 

—El problema es que a poca distancia tenemos un internado en el que  300 niños encuentran difícil estudiar y dormir debido a sus altavoces.

—Ah –dijo el pujari–, nosotros pensábamos que disfrutaríais de los cantos sagrados. Eso tiene fácil solución.

Se acercó al amplificador que estaba a la entrada y apretó un interruptor.  Solo quedó conectado el altavoz de dentro del templo. Le dí las gracias al buen pujari, me quedé sentado un rato más y me marché luego haciéndole reverencias a tan amable persona.

Llegaron las fiestas del festival de Diwali. A nuestros críos les gusta bailar para celebrarlas. Habíamos alquilado un sistema de potentísimos altavoces y ellos bailaban y celebraban. Era ya bastante tarde cuando veo que se acerca el pujari del templo vecino. Pensé: «Seguro que viene a quejarse…». Pero no me dio tiempo ni a excusarme. Con una gran sonrisa me gritó por encima de la música: «¡Solo he venido a desearle felices fiestas de Diwali!».

¡Qué bien viviríamos todos si fuéramos tan amables como el buen pujari!