«Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12, 10). Esta paradoja de san Pablo encierra una de las claves más hondas del Evangelio: la fragilidad no constituye un escollo para la evangelización, sino uno de sus atajos principales. «Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad». Frente a la tentación de la autosuficiencia, estas palabras reconcilian al ser humano con su vulnerabilidad y revelan una fortaleza distinta: la de quien, sabiéndose sostenido desde lo alto, aprende a levantarse, a pedir ayuda y a tender la mano.
Como señala el Papa León en Magnifica humanitas, la fragilidad forma parte de nuestra condición y, lejos de ser una condena, puede convertirse en lugar de encuentro con Dios. Jesucristo, al asumir nuestra vulnerabilidad en todo lo que no nos deshumaniza, se hizo cercano a quienes sufren, son excluidos o viven al margen. En Él descubrimos a un Dios que no contempla el dolor desde lejos, sino que penetra en él y lo comparte. Por eso, la evangelización auténtica comienza con la escucha, la cercanía y el reconocimiento de la dignidad irreductible de cada persona.
La Escritura está poblada de hombres y mujeres vulnerables. Pedro, que niega a su Maestro, representa una fragilidad que no tiene la última palabra. Dios no construye su Reino con personas perfectas, sino con personas reales, a las que llama, acompaña y transforma. «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso» (1 Cor 1, 27). La buena noticia es que Dios no espera a que desaparezcan las cicatrices para salir a nuestro encuentro. Así lo entendió Amoris laetitia que tituló un capítulo «Acompañar, discernir e integrar la fragilidad», proponiendo como acercamiento a las situaciones de vulnerabilidad «la lógica de la misericordia pastoral».
Anunciamos a Cristo no porque seamos mejores que los demás, sino porque su amor nos ha alcanzado y queremos compartirlo. La comunidad cristiana no es un cónclave de impecables, sino una familia de personas necesitadas de misericordia, que aprenden a caminar juntas, reconocer sus errores y a emprender el vuelo de nuevo. Acoger la propia fragilidad, incluso la herida del pecado, puede abrirnos a la humildad, a la compasión y a una fecundidad misionera más verdadera.
Esta toma de conciencia cambia radicalmente nuestra manera de evangelizar. No nos acercamos a nadie desde la superioridad, como si lleváramos a Dios a territorios donde Él nunca hubiera estado antes. Él nos precede: habita ya las búsquedas, los desgarros y las esperanzas de cada persona. Nuestra tarea consiste en reconocer su presencia y acompañarla. Sin cercanía humana no hay anuncio creíble de Dios. A veces el Evangelio se proclama con palabras; siempre, con obras; y, en ocasiones, con ese silencio fecundo que permanece al lado de quien sufre.
Incluso la fragilidad del propio evangelizador es una gracia. «Llevamos un tesoro en vasijas de barro» (2 Cor 4, 7) y necesitamos de los demás tanto como ellos pueden necesitar de nosotros. No temamos, por tanto, nuestras limitaciones. El Evangelio no nos pide aparentar fortaleza ni anunciarnos a nosotros mismos. Nos invita a mostrar que Cristo camina con nosotros, especialmente cuando las fuerzas flaquean y el cansancio nos hace pensar en abandonar. Reconocernos vulnerables nos libra de la prepotencia y nos recuerda que nadie se basta a sí mismo.
Una pastoral que quiera acoger la fragilidad debe cultivar la escucha, descubrir a quienes permanecen invisibles y revisar un lenguaje que, a veces sin pretenderlo, excluye. Necesita crear espacios seguros, evitar la revictimización y extender la cultura del cuidado también a quienes cuidan. Exige, además, colaborar con otras entidades y examinar con honestidad nuestras formas de acogida, para que nadie quede fuera sin el abrazo de la Iglesia.
Quizá este sea el atajo imprevisto del Evangelio: descubrir que Dios nos espera allí donde dejamos de fingir que somos perfectos y que podemos con todo. Y comprender que, cuando la vulnerabilidad encuentra acogida, la debilidad puede abrir veredas inéditas que lleven más a Dios y menos a nosotros mismos.
El autor imparte este jueves la sesión inaugural del XI Ciclo de Conferencias para Evangelizadores que, con el tema Acoger la fragilidad en la evangelización, se desarrollará en 13 sesiones hasta el 11 de marzo de 2027, en la parroquia de San Juan de la Cruz (plaza de San Juan de la Cruz, 2).