La dignidad humana y las fronteras - Alfa y Omega

El pasado domingo el partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) lograba una rotundo éxito electoral que podría permitirle gobernar el estado federal de Sajonia-Anhalt. La lógica de AfD con respecto a las migraciones —una de las claves de su victoria— puede ser considerada radical, cruel e insensata, cuando no contraria a la legislación alemana. Por lo que no se caracteriza es por su originalidad. Miren si no la reacción a la crisis de Ceuta. En respuesta a lo que cada vez se parece más a un ataque híbrido organizado o permitido por las autoridades marroquíes, en donde inmigrantes niños y adultos son utilizados como carne de cañón contra la población inerme de la ciudad autónoma española, los voceros de la Comisión Europea y de la mayoría de los Estados miembros han apostado por una respuesta concebida en los laboratorios de la franquicia antimigración: desinformación, histeria colectiva y dos vueltas de tuerca en el mismo modelo de control fronterizo que nos ha traído hasta aquí.

Durante más de tres décadas, España y el resto de Europa han comprado una narrativa antimigratoria obsesionada con el control de los flujos, no con su gestión. En el camino, hemos armado a Marruecos y a otros países de nuestro entorno con la munición política que estos utilizan hoy contra nosotros. La llamada «externalización» del control migratorio supone poner en manos de regímenes terceros el control de los flujos migratorios hacia nuestros países. Es un juego de intereses en el que todo vale, como han demostrado diferentes investigaciones de organizaciones y medios internacionales: detenciones arbitrarias, secuestros, ejecuciones o abandonos en el desierto. Prácticas que se llevan a cabo con equipamiento y entrenamiento suministrado y generosamente financiado por la Unión Europea y sus Estados miembros.

Cuando resulta necesario, los migrantes se convierten contra su voluntad en munición humana, peones de un juego geopolítico que acaba en la muerte o en expulsiones que les devuelven a la casilla cero.

Si atendemos a los resultados de esta política europea en lugares como Ceuta, esto es lo primero que debe cambiar. La apertura de vías legales, seguras y ordenadas de movilidad laboral a las que Europa se niega con tozudez respondería a las necesidades demográficas del continente y permitiría aliviar la presión de la migración irregular y el abuso de los sistemas de asilo como única alternativa legal de entrada. Nada de todo esto elimina la posibilidad de nuevos intentos de cruce: es imprescindible reforzar las barreras físicas, agilizar las devoluciones legales y dotarse de instrumentos de respuesta humanitaria rápida que protejan a las víctimas y a la sociedad ceutí por igual. El conjunto de estas medidas reduciría nuestra vulnerabilidad territorial, legal y moral, y arrebataría a las mafias informales e institucionales buena parte del poder que ahora ejercen.

Porque conviene dejar un asunto claro: la magnitud política y el alcance humano de las crisis no depende de quienes las buscan, sino de que quienes las gestionan. España es un Estado perfectamente operativo con capacidad para hacer frente —con recursos legales y materiales— a una crisis humanitaria grave como la que se ha producido en Ceuta. Esta es la mejor protección de los ceutíes, de las víctimas migrantes y de nuestro modelo de sociedad. Sugerir la expulsión inmediata de todos los que cruzaron la frontera —como hizo el portavoz comunitario de Interior y piden algunos políticos españoles— no solo incita a la prevaricación, sino que confirma uno de los objetivos principales de quienes han promovido o jaleado esta crisis: igualar la catadura moral de nuestros modelos convirtiendo a los migrantes en una excepción en los regímenes europeos de derecho. 

Para un país que se paralizó durante una semana en la visita del Papa, la rapidez con la que se han olvidado sus palabras es llamativa. León XIV llamó a la solidaridad y la compasión, pero tal vez su mensaje migratorio más radical era el de la serenidad y la fortaleza de los Estados de derecho frente a la barbarie: «La dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera». Esa es la lección que conviene tener presente cuando pensemos en la crisis de Ceuta.