Casi todo el mundo que se ha enganchado a La casa de papel, la serie de Netflix no inglesa más vista en la historia de la plataforma, coincide en el mismo elogio: no parece española. Entiendo el enfado de la industria patria. No es solo que en España se hagan buenos productos, es que la serie es eminentemente española, quizá no tanto en el elevado presupuesto, pero sí en su semántica. Al final, el español es desde Quevedo, Cervantes y Lope un hombre ingenioso que pelea contra gigantes, un tipo lleno de fracasos que aspira al gran triunfo, que espera ser recordado. Todas esas características están presentes en la serie. Incluso más: la necesidad de encontrar sentido al dolor.

En La casa de papel los personajes están mordidos por diferentes heridas, producidas casi todas por sus malas decisiones: adicciones a las drogas, divorcios traumáticos, relaciones rotas con los padres, un pasado entre rejas, etc. Para todos ellos, su decisión de robar un banco es la oportunidad de salir de ese mundo de miseria en el que malviven. Pero, en el fondo, todos saben que esa salida será en falso –una nueva huida–, que la casa que se construirán después, por muy grande y lujosa que sea, seguirá teniendo el techo de papel. Es el maldito dinero, que, por un lado les remueve el instinto y, por otro, los ciega. Así, con los ojos tapados, dominados por la ira, la venganza y el miedo, echan a correr hacia su nueva morada, que imaginan segura pero que solo traerá más miedo y nuevas soledades. Intuyen que seguirán teniendo frío, pero les da igual. Nadie les ha enseñado a mirar hacia arriba en vez de hacia delante. Salvo al más humilde de los personajes, Denver (interpretado magistralmente por Jaime Lorente), con un pasado lleno de excesos pero con la huella de la inocencia y del amor en su corazón. Él, que no sabe nada, convence a una ejecutiva de no abortar; más aún, logra que se enamore de él; más aún, cuando su padre muere, en medio de un funeral improvisado, se arranca a rezar un padrenuestro que casi ni se sabe. Sale de su corazón la pregunta necesaria, la que le obliga a mirar hacia arriba para entender qué pasa. Surge de su aparente idiocia una sabiduría profunda que le lleva a aceptar el misterio de aquello que no entiende. Hay una casa más sólida y duradera, donde todas las heridas son sanadas. Denver lo intuye, el resto no: siguen corriendo hacia ninguna parte, deambulando sin sentido de una casa de papel a otra.

Guillermo Vila
Universidad Francisco de Vitoria