La alegría de vivir - Alfa y Omega

La alegría de vivir

Alfa y Omega

El epitafio sobre la tumba de Groucho Marx es de un humor sublime: Disculpe que no me levante. Pero no menos humor –del bueno, se entiende– encierran estas palabras de un anciano sacerdote tras recibir el Viático, poco antes de morir: Con tan buen Capitán a bordo puedo decir tranquilo: ¡Mar adentro! Este modo de afrontar la realidad, hasta la más dura, no sería posible sin la certeza de que la muerte no tiene la última palabra sobre la vida. En esta certeza, precisamente, radica la esencia misma del humor.

Existen muchos tipos de humor, como muchos son los humores o temperamentos humanos y muchos los aspectos de la vida, pero sólo una clase de humor es digna del hombre: la que nace de la profunda convicción del destino bueno de la vida. Sin esperanza, habrá burla, mofa, grosería, desahogo…, pero no humor. El auténtico humor, el que está encerrado en la expresión tener sentido del humor, nace de la alegría de vivir y de la gratitud por el don de la vida, porque se reconoce que ésta es bella, buena y verdadera. Por eso el humor tiene mucho que ver con la fe cristiana y con la alegría que de ella brota.

La vida es muy dura y dolorosa en multitud de ocasiones, pero si la última palabra sobre ella es el amor de Dios que ha vencido al mal y a la muerte definitivamente, es posible sonreir ante cualquier situación, y hacer sonreir a los demás, de un modo que hace a los hombres más hermanos unos de otros. De aquí nace ese sentido del humor que quita tensiones poniendo las cosas en su sitio, es decir, poniendo en evidencia la pobreza de miras de quien, ante la presencia del Bien con mayúscula, se deja abatir por la ausencia de bienes con minúscula.

Si no existiera ese Bien con mayúscula, ninguna realidad de este mundo podría considerarse un bien, y en un mundo así no habría alegría, ni humor, sino malhumor y desesperación. Es la situación de quienes se ven obligados a huir de la realidad, olvidarse, divertirse para no pensar, y entonces la risa se convierte en risotada, y la sonrisa en una mueca sin alma.

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Las vacaciones son ocasión propicia para encontrar ese sentido del humor que humaniza la vida, y por eso mismo permite vivirla a tope, usando una expresión hoy tan común como, desgraciadamente, vacía en su significado, ya que la experiencia suele ser más bien vivir con tope, con ese tope infranqueable de los propios límites, de los límites de los demás y de los límites de un mundo encerrado en sí mismo, donde no es posible el buen humor.

Para vivir frente al terror en el Ulster y en el País Vasco, en Kosovo y en Israel, frente al paro o la enfermedad en la propia familia, o frente a la ausencia de familia, o incluso frente a situaciones de paz, de trabajo y de salud, pero cuyos cimientos no son más que arena, no bastan las vacaciones, por atractivas que puedan presentarse. Hace falta haber encontrado la Vida. Y con Ella, el humor de verdad.

¿Por qué limitar la mirada y el deseo a lo que podemos lograr con las propias fuerzas, en lugar de abrirlos a la posibilidad del milagro? La sorpresa del mayordomo de las bodas de Caná, ante el buen humor de quien ha dejado para el final el vino mejor, está al alcance de todos.