Decía el padre Arrupe que eran las 8:10 horas cuando se paró el reloj en Hiroshima. Y, con el péndulo, se detuvieron miles de vidas. El estallido de la bomba atómica dejó de pertenecer a la Historia y pasó a ser parte de la eternidad.

El Sábado Santo un pequeño fuego pascual iluminó nuestra noche. Celebrando, dos sacerdotes; cinco hermanas de la Sagrada Familia de Burdeos; cuatro misioneras combonianas; Kingsley, el seminarista; Lucía, la sacristana; el cocinero, y el jardinero de los padres. Todos prudentemente distanciados, con las manos limpias y el corazón pesado. Las hormigas voladoras que aparecen después de la lluvia, buscando la luz y el calor del fuego, se achicharraban mientras el padre Mathew pronunciaba: «Cristo ayer y hoy, Principio y Fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la eternidad». Entramos en procesión a un templo monumentalmente oscuro y vacío. La única luz era la llama vacilante del cirio pascual. Al terminar la vigilia nos embargó una alegría profunda, serena, contenida, sin abrazos ni besos. Nuestras familias, la comunidad parroquial y todo el pueblo esrilanqués, en la mente y el corazón. De regreso a casa, la noche, la luna y algunas lucecillas dispersas por las plantaciones.

El domingo por la mañana, amigos, alumnos y compañeros cruzamos mensajes de felicitación. Los más madrugadores fueron los hindúes. La esperanza del Domingo de Pascua es patrimonio de la humanidad, especialmente de la más sufriente y, este año, quizá más que ningún otro, necesitábamos recordarnos y celebrar que la muerte no tiene la última palabra.

En la Misa de la tele, el cardenal Malcolm Ranjith nos recordaba, un año después de los atentados, que ante la destrucción y la persecución, la respuesta del cristiano es el amor. Sin odio, sin venganza, con perdón y compasión hacia los que perpetraron la matanza, tal y como hizo Jesucristo. En el ámbito civil, su eminencia ha pedido al presidente Rajapaksa que la justicia clarifique de una vez los hechos. He de reconocer que, en esta Pascua, las palabras del cardenal han sido bálsamo suave que cura heridas.

Hay oscuridades que parecen eternas. Solo la vacilante luz del cirio pascual puede vencerlas.

Beatriz Galán Domingo, SMC
Misionera comboniana en Talawakelle, Sri Lanka