Keleto Lemo: «Por la COVID-19, hace dos años que no veo a otro sacerdote» - Alfa y Omega

Keleto Lemo: «Por la COVID-19, hace dos años que no veo a otro sacerdote»

ENTREVISTA / Keleto Lemo es el único sacerdote en el país de Nauru, una isla poco más grande que Ceuta donde toda la población es cristiana

María Martínez López
El padre Keleto Lemo con mujeres del grupo Estrellas de la Mañana tras celebrar Misa el día de la Natividad de María. Foto cedida por Keleto Lemo

¿Cómo llegó el Evangelio a Nauru?
La primera que trajo el cristianismo aquí, a finales del siglo XIX, fue la Iglesia congregacional, [una iglesia de origen calvinista en la que cada comunidad se gestiona de forma autónoma, N. d. R.]. La Iglesia católica alcanzó las costas de Nauru el 8 de diciembre de 1902, de la mano del padre Kayser Alois, un sacerdote misionero del Sagrado Corazón. La fusión de la fe y la cultura local se ha desarrollado muy bien a lo largo de los años. Nauru es un país 100 % cristiano, y su lema nacional es La voluntad de Dios primero. La mayoría de la gente va a la iglesia el domingo.

En realidad, usted no es de Nauru sino de Wallis y Futuna, otra nación insular. ¿Son parecidas sus culturas?
Para ser exactos soy de la isla de Futuna. Somos parte de la raza polinesia, y al mismo tiempo una colectividad de ultramar francesa. Hay muchas diferencias entre nosotros y los nauruanos en cuanto a la cultura y la forma de actuar. Los nauruanos, en general, son una gente reservada. Son de naturaleza muy generosa y siempre se preocupan y ayudan a los demás. Una similitud entre nosotros es el fuerte sentido de familia. También que el tiempo no es muy importante en lo que al trabajo se refiere, somos relajados. Usamos la expresión «tiempo del Pacífico», que significa a tu ritmo.

Están a 290 kilómetros de la isla habitada más cercana. Es la pesadilla de los que detestarían vivir en un pueblo pequeño.
Claro que puede ser aburrido a veces estando en una única islita tan aislada. Pero la gente viaja mucho, sobre todo a Australia y Fiji de vacaciones, y también para comprar. Con todo, son muy leales a su nación.

¿Cómo es el día a día?
Las familias son grandes, entre el núcleo y la familia extendida. Suelen vivir juntos bajo el mismo techo. Mucha gente trabaja en distintos departamentos y oficinas del Gobierno; algunos en los campos de refugiados, las minas de fosfato o el sector privado. Y otros viven de la pesca.

La economía del país se ha basado durante mucho tiempo en dos elementos fuertemente criticados por el Papa Francisco: la minería descontrolada, en este caso de fosfato, que ha causado importantes daños ambientales en todo el interior de la isla; y luego, para compensar su agotamiento, el convertirse en un paraíso fiscal.
Ser una nación insular pequeña y aislada, con recursos naturales limitados hace que encontrar formas de satisfacer las necesidades de la gente sea un desafío diario para cualquier Gobierno. Hoy en día la economía del país es más estable y la minería está más regulada.

En cuatro pinceladas

Una comida: Barbacoa de tiñosa (un ave) con plátanos verdes asados y zumo de coco para beber.

Un dicho: «Ang wawen tuwan ngawor», «vamos a pescar», cuando buscas algo. «Reko mweiyeyi», «ven a comer». Cuando ves a alguien cerca de tu casa, en el momento que sea, le invitas a tomar algo.

Una costumbre: Los nauruanos forman doce tribus, cada una con su animal totémico. Al nacer un niño, pasa a formar parte de la tribu de la madre. Antiguamente, para distinguirse se vestían de forma diferente.

Un santo venerado: El patrono de Oceanía es san Pedro Chanel, martirizado en Futuna, mi isla, el 28 de abril de 1841.

El país sufrió con fuerza el impacto de la Segunda Guerra Mundial. ¿Sigue este trauma presente en la memoria colectiva?
La ocupación japonesa [antes y después era territorio australiano, N. d. R.] duró tres años, de 1942 a 1945. Fue un periodo muy difícil para los nauruanos y ha dejado muchas cicatrices hasta hoy. No solo por el mal trato que recibieron de los japoneses, sino sobre todo por cómo 1.200 personas fueron llevadas al exilio a las islas Truk. Muchas murieron allí. Solo 737 sobrevivieron y regresaron en 1946. Los japoneses también subieron a 39 nauruanos leprosos a una barca y les dispararon en el mar.

¿Conmemoran a los fallecidos de alguna manera?
El 11 de julio el presidente Lionel Rouwen Aingimea inauguró un nuevo memorial de la Segunda Guerra Mundial en memoria de todos los nauruanos que sufrieron sus consecuencias. Cada año en esa fecha es fiesta para recordar a los seres queridos de cada persona.

La población disminuyó tanto en ese tiempo que su supervivencia estuvo amenazada.
Un desplome similar de la población aquí ha ocurrido dos veces en la historia. La primera en 1920, cuando les golpeó la pandemia de gripe, y la segunda vez durante la guerra. Esos dos hechos redujeron la población a unos pocos cientos de habitantes. En ambas ocasiones los jefes y los ancianos se reunieron y declararon que para que la raza nauruana sobreviviera la población tenía que ser al menos de 1.500 personas. Y se consiguió recuperarla. Ahora, el 26 de octubre de cada año celebran el Día de Angam, una palabra que significa jubileo, celebración, triunfar sobre las adversidades, alcanzar la meta o volver a casa.

Háblenos de la comunidad católica.
Solo hay una parroquia, Cristo Rey, y los católicos son algo más de 3.000 personas. Desde hace cuatro años soy el único sacerdote aquí, y me acompañan tres hermanas de las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. La parroquia tiene una escuela de Primaria. Los domingos tenemos catequesis, y cada mes hago un día de oración con niños de 5 a 14 años. También tenemos un programa para los jóvenes.

¿Hay movimientos laicales?
La Legión de María tiene mucha fuerza. Además, hay tres coros. Los domingos celebro tres misas en tres lugares diferentes; y a diario solo en la parroquia. Además de Navidad y Pascua, aquí celebramos mucho la fiesta de Cristo Rey, patrón de la parroquia, las de los Sagrados Corazones (por nuestras congregaciones), y la Inmaculada por la llegada de los misioneros.

Pertenecen a la diócesis de Tarawa y Nauru, que cubre dos países enteros, el suyo y Kiribati. Están a 700 kilómetros por mar de la sede episcopal. ¿Es fácil coordinarse así?
El obispo viene solo para celebrar confirmaciones. Tampoco hemos participado nunca en eventos como las JMJ. Por la COVID-19, hace más de dos años que no veo a otro sacerdote.

¿Cuáles son los principales desafíos a los que se enfrenta como pastor?
Uno de los principales es el de reevangelizar a nuestros católicos. Hacemos visitas a las casas con la Legión de María y los jóvenes. Hemos renovado el templo parroquial y hemos construido un dique de más de 200 metros. Ahora estamos terminando una iglesia en la parte sur de la isla, y vamos a construir pronto otra en la zona este.

En la última década, Nauru ha salido en las noticias por ser una de las islas donde Australia envió a cientos de solicitantes de asilo. Hace un año aún quedaban 900. ¿Cómo es la situación ahora?
Es una cuestión que el Gobierno gestiona con cuidado. Al principio, el sacerdote que estaba aquí celebraba Misa en los campos donde vivían y una de las religiosas con la Legión de María los visitaba. Ahora la mayoría se han ido. El resto, unos 140, se pueden mover libremente por la isla y algunos tienen trabajos. Muchos viven en la comunidad y se han cerrado algunos campos. Los católicos vienen a Misa. En general están bien cuidados. Su principal frustración es la larga espera para llegar a un nuevo país de adopción.

Nauru
Población:

9.780 habitantes

Religión:

60,4 % protestantes y 33 % católicos

Renta ‘per cápita’:

 10.000 euros