Justificar nuestra ausencia de comportamientos éticos en función de determinadas situaciones es algo que pone en tela de juicio nuestro ser personas. Kant, uno de los grandes pensadores de la historia de la humanidad, reflexionó sobre eso a partir del concepto de imperativo categórico.
El imperativo categórico
Un concepto que llevó a superar el de imperativo hipotético, que decía que había máximas morales que no eran de obligado cumplimiento, más allá de la situación en que se daban. Justificar lo que hacemos en función de determinadas circunstancias nos distancia del principio fundamental kantiano, nos hace autosuficientes, nos lleva a ponernos por encima del bien y del mal.
La tentación en la que no pocas veces se cae es la de poner como norma de comportamiento moral nuestras propias acciones. La vinculación ética a determinadas acciones o situaciones depende de mis propios principios. En ese sentido, podemos decir que la ideología condiciona y justifica determinados modos de actuar, aunque estos no respondan a principios universales.
Cuando hago uso de algo que ha sido conseguido con engaño debería asumir las consecuencias de ese uso indebido. Si sé que alguien ha robado unas manzanas y me las como con él, no es justificable decir que yo no las he robado y que no soy culpable de nada. En ese caso tenemos que decir que «tanto peca el que mata como el que tira de la pata».
Fieles a la palabra dada
Ser fieles a la palabra dada es una necesidad cuando nos relacionamos con los otros. Cuando no soy fiel a ese principio, o me aprovecho de quien no ha sido fiel a ese principio en beneficio propio, expreso claramente en ambos casos mi falta de integridad personal.
Pero también podemos decir que cualquier reflexión y tentativa de razonamiento pierde perspectiva si tenemos en cuenta las palabras de José Saramago: «La forma más peligrosa de ceguera es creer que tu propio punto de vista es la única realidad». Desde ahí deducimos que quien se siente dueño de la verdad nunca se sentirá vinculado éticamente a nada que no le convenga. Él mismo se convierte en garante ético de sus propias acciones, aunque desde el imperativo categórico sean erradas.
Siempre es necesario conocer todas las circunstancias antes de condenar a alguien y someterle a escarnio público. Cuando no estamos al tanto de todo lo que rodea una situación, cuando no conocemos en su totalidad los términos de un diálogo o negociación emitimos juicios de valor que son falsos. Juicios que no responden a principios éticos, algo que se vuelve más grave cuando queremos justificar nuestra falta de vinculación ética.