Jesús Higueras: «Lo más bonito siempre ha sido acompañar el dolor, el sufrimiento» - Alfa y Omega

Jesús Higueras: «Lo más bonito siempre ha sido acompañar el dolor, el sufrimiento»

Cuando llevaba cinco años ordenado, le encargaron poner en marcha Santa María de Caná, en Pozuelo. O, como dice él, «construir una familia». Para ello, la escucha es clave

Luis Miguel Modino
Jesús Higueras
Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Ser cura es «una aventura de Dios en la que Él te va poniendo cada día nuevas personas, nuevos retos. Y ahí nuestra tarea es que Cristo suceda y esté en cada acontecimiento y en cada momento de la historia de cada ser humano», afirma Jesús Higueras, párroco de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón.

Tras casi 37 años como presbítero, «lo más bonito siempre ha sido acompañar el dolor, el sufrimiento». Siendo seminarista, «estuve con una enfermedad importante, ingresado y conocí ese mundo». Eso ha hecho de su ministerio un acompañar a las personas, «no solamente sus enfermedades físicas, por supuesto, sino sobre todo las enfermedades emocionales, del alma, de la mente, las heridas, las fracturas familiares, los fracasos; es donde más sentido tiene Cristo». Ahí, «los sacerdotes, los ungidos, podemos ungir ese misterio del dolor». 

31 años

Llegó a Pozuelo para crear una parroquia y la gente le preguntó qué era lo que iba a aportar el obispado. Jesús Higueras respondió: «El cura». En 31 años ha construido un templo, pero sobre todo una familia, un espacio con vínculos cordiales y cercanos, una parroquia que forma parte de la vida de la gente.

Además de vivir la Eucaristía con cariño, dice dar prioridad «al encuentro de los crucificados que hay en el mundo». De ahí la importancia de la fundación parroquial para personas con discapacidad, «un tesoro en la Iglesia y en la sociedad. No las quiere nadie. Sin embargo, nos dan enseñanzas». En Santa María de Caná también hay un grupo de madres que han perdido a sus hijos y «hace años empezamos uno de mujeres separadas cuando eso era como la maldición y las pobres se veían desplazadas, incluso dentro de la Iglesia». No duda en afirmar que «esa es la parte más bonita» del ejercicio del sacerdocio.

Ve el dolor como algo que «nos hace volver a las raíces de la fe», a Jesucristo crucificado, que «está crucificado en cada persona». De ahí que «no se puede estar con Cristo en la oración si después no estás en el necesitado». En una localidad con abundancia material como es Pozuelo, ve otras pobrezas: humanas, del alma, de carencias, «que toca acompañar también; por supuesto sin descuidar las pobrezas materiales a las cuales nos sentimos profundamente vinculados y solidarios».

Construir una familia

Tras dos años en Canillejas y tres en Colmenarejo, en 1995 le encomendaron construir una nueva parroquia. Pero el reto era «construir una familia». Insiste en que «una parroquia crea unos vínculos tan cordiales, tan cercanos, como lo puede ser la familia de sangre»; y en que esta «forma parte de mí, y yo formo parte de ella, encuentro de diferentes sensibilidades, realidades eclesiales». El desafío es ser casa común de todos, comunidad de comunidades, «saber respetarnos, caminar juntos».

En la comunidad ve dos dimensiones: todo lo que tiene que ver con la organización y una disponibilidad para atender a la gente cuerpo a cuerpo. «Si te viene una persona con un problema, que puedas sentarte y decir: “Cuéntamelo”», ayudar a la gente a desahogarse, a compartir su vida, sus preocupaciones. El ministerio es un ejercicio de mucha escucha. «A veces estamos tan perdidos en reuniones y en cosas que no nos da tiempo para hacerlo». 

En un mundo con tantos medios para ello, considera un fracaso que la gente no pueda compartir su intimidad con nadie. Por eso, «es bonito que pueda encontrar en la Iglesia a alguien que no la juzga, que no la condena y que no castiga su debilidad, sino todo lo contrario». Es fundamental el «tiempo para escuchar», dado que «es el comienzo de todo», lo que da pie a todas las actividades, a la Eucaristía, al Consejo Pastoral.

Dios cuida de cada persona

Lo que marca la vida de la gente y de los sacerdotes es «ver que Dios cuida de cada persona», asegura Higueras. «No somos clones, no somos todos iguales», pues «cada uno tiene una historia, una familia, una procedencia, unos éxitos, unos fracasos, y es amado en su individualidad y en su singularidad», afirma. Ve el individualismo como «una de las ideologías más tóxicas», lo que demanda «enseñar a hacer comunidad, a poder compartir tu tiempo, tu vida, tus afanes». 

No duda en resaltar que «la vocación sacerdotal es una de las cosas más bonitas que hay en la Iglesia». Eso porque «lo importante es ser hijos de Dios, todos somos hijos de Dios. Pero el modo de realizar la filiación en el sacerdocio ministerial es un camino de felicidad; de sacrificio, pero de felicidad».