Jesucristo está con nosotros - Alfa y Omega

Jesucristo está con nosotros

Los 1.523 mártires de la persecución religiosa en España ya reconocidos por la Iglesia, así como las decenas de miles que aún quedan por beatificar, son la viva imagen de una Iglesia viva y fuerte, espejo en el que mirarnos los católicos españoles de hoy. El amor a la Eucaristía, la necesidad de pedir y de ofrecer el perdón, el amor al enemigo, la veneración a la Virgen, la fidelidad a la vocación en lo pequeño, la alegría de gastar la vida, la confianza en la vida eterna…, son las huellas que nos han dejado

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

Confesión

Los mártires no fueron a la muerte de cualquier manera. Afortunadamente, la mayoría tuvo ocasión de confesarse antes de partir. Son muchos los testimonios en los que se cuenta que muchos recibieron la absolución sacramental al pie de la fosa; como, por ejemplo, el testimonio del padre agustino Avelino Rodríguez Alonso, quien en el mismo lugar de su asesinato pidió autorización a sus verdugos para abrazar a cada uno de su hermanos de martirio y darles la absolución.

Confesaban también en prisión, como el dominico padre Castaño, quien llevó su apostolado a la cárcel y allí confesó a muchos que, después de hablar con él, lloraban como niños. El redentorista padre Romero fue obligado a llevar una vida de mendigo por las calles de Cuenca, y aprovechaba su vida mendicante para confesar a muchas personas que lo conocían y se lo encontraban por las calles.

Perdón al enemigo

Si hay algo que destaque en el legado de los mártires españoles, es el amor al enemigo, el perdón ofrecido a los perseguidores y asesinos. Algunos, incluso, probaron la hiel de la traición, como el sacerdote Jocundo Bonet, que al ser detenido reconoció entre sus captores a uno a quien había enseñado el catecismo. –«¡Tú también, hijo mío!», le dijo dulcemente. –«Los tiempos cambian, señor cura», contestó el joven. Lo mismo le sucedió a don Isidro Fábregas, quien fue detenido por los mismos milicianos que él logró liberar de la cárcel cuando fueron apresados durante la Revolución de 1934. Otros curas fueron detenidos por los padres de los mismos niños a quienes habían enseñado a leer. Pero todos, llegado el momento, perdonaron a sus ejecutores.

Este perdón lo ofrecieron, incluso en medio de terribles padecimientos. El padre paúl Pelayo Granado confesaba a sus íntimos: «Yo no temo ser mártir. Lo que temo es que me hagan sufrir mucho, porque en esos momentos tan terribles no sé lo que puede pasar…». A las pocas semanas, le mutilaron salvajemente, privándole de sus genitales y cortando con cuchillo trozos de carne, que luego cosían con agujas colchoneras; murió desangrado por una navaja que le surcó la espalda, pero no renegó de su fe, sino que murió repitiendo: «¡Señor, perdónalos!».

«Vosotros me mataréis, pero yo rogaré por vosotros», dijo también el hermano de San Juan de Dios Gumersindo Sanz a los milicianos que, poco antes, le habían detenido mientras servía la cena a los enfermos. Otros, agonizando, incluso fueron enterrados con el gesto de bendecir, como el obispo auxiliar de Tarragona, Manuel Borrás, o el Beato Florentino Asensio, obispo de Barbastro.

Esta sensibilidad hacia el perdón la llevó hasta el extremo la hermana Martina Vázquez, Hija de la Caridad, que no solo perdonó, sino que pidió perdón a sus asesinos, a los que había alimentado en el comedor de caridad. «Si os he ofendido en alguna cosa os pido perdón, y si me matáis, yo os perdono… ¡Cuando queráis, podéis disparar!», les dijo.

Amor a la Virgen

Sólo Dios y la Virgen saben cuántos rosarios se rezaron durante la persecución religiosa, cuántas Avemarías se desgranaron en las cárceles y chekas de toda España. El padre Mauro Palazuelos obtuvo de sus captores, antes de morir, permiso para despedirse de su madre, por lo que entonces empezó a entonar la Salve a la Virgen, lo que les enfureció y les hizo ejecutarle a tiros.

El padre Jaime Puig, de la Congregación de los Hijos de la Sagrada Familia, junto al joven laico Sebastián Llorens, trató de esconder la milenaria imagen de la Virgen del Vilar, Patrona de Blanes. Ambos fueron detenidos y asesinados después en medio de una carretera. Y, en Madrid, una monja vestida de seglar fue detenida y ejecutada en plena calle al ser descubierta cuando se le cayó el rosario al suelo.

Fidelidad

El poeta francés Paul Claudel, al escribir sobre nuestra persecución religiosa, llegó a exclamar: «Tantos muertos, y ni una sola apostasía». Hoy nos pueden flaquear las piernas por los respetos humanos, pero entonces muchos prefirieron morir antes de aprovechar la oportunidad de salvarse que les ofrecían con sólo renunciar al hábito, o pisar un crucifijo, o pronunciar una blasfemia, algo a lo que todos se negaron. A no pocos se les tentó con las artes de mujeres públicas, pero se mantuvieron firmes.

Un testimonio de especial fidelidad a la vocación lo dieron los seminaristas Pedro Roca, Pedro Ruiz y Pablo Ruiz, que lograron esconderse al comenzar la persecución, pero tenían el deseo de llegar a Roma para completar sus estudios y ser ordenados. Abandonaron su escondite e intentaron cruzar los Pirineos, pero fueron sorprendidos y asesinados antes de llegar a su destino.

El hermano capuchino Lorenzo Ilarregui se encontraba detenido junto a sus Hermanos en el convento del Pardo. Después de asaltar el monasterio, los milicianos lo tuvieron trabajando en la huerta; se burlaban de él y lo amenazaban con casarlo con una miliciana: «Mátenme antes, pero yo no consiento eso», lo que hicieron más tarde.

El Operario diocesano Juan Vallés pidió a un miliciano que iba blasfemando: «A mí hacedme lo que queráis; pero no blasfeméis del santo nombre de mi Maestro y mi Dios». Sin mediar más palabras, le dispararon tres veces; tenía en la mano fuertemente agarrado un crucifijo.

Amor a los hermanos

Cuando los milicianos asaltaron el colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en Griñón, detuvieron a los religiosos y los sacaron al parque. De lejos, los vio el hermano Ángel Gregorio, que se acercó a los milicianos y les dijo: «Yo también soy como ellos»; así que lo detienen a él también, para fusilarlo más tarde y rematarlo poniéndole un petardo dentro de la boca.

Clemente Rodríguez Tejerina, de 18 años, Oblato de María Inmaculada, confesaba a su hermana, pocas semanas antes de ser llevado al martirio: «Estamos en peligro y tememos que nos separen; juntos, nos damos ánimo unos a otros. Con todo, si hay que morir, estoy dispuesto, seguro de que Dios nos dará la fuerza que necesitamos para ser fieles». El padre Paúl Ireneo Rodríguez llegó a ofrecer su vida a quienes le habían detenido para salvar al resto de presos, sobre todo padres de familia, con los que compartía su celda.

«Me quedo junto a los enfermos, pase lo que pase; quiero correr la misma suerte que el resto de los Hermanos», se sabe que dijeron varios de los mártires Hermanos de San Juan de Dios.

Foto: María Pazos Carretero.

Alegría sobrenatural

Numerosos mártires fueron a la muerte cantando, alegres y contentos de saber el destino que les esperaba, algo que no puede venir de las solas fuerzas humanas, o de una autosugestión piadosa. No murieron con resignación, sino con alegría; no se perdían nada, porque lo ganaban todo. Es conocido el caso del obispo de Barbastro, monseñor Florentino Asensio, quien al ser llevado al martirio, después de haber sufrido horribles vejaciones y mutilaciones, en la noche de su sacrificio todavía exclamaba: «¡Qué noche más hermosa para mí! ¡Me lleváis a la casa de mi Dios y Señor, me lleváis al cielo!». Allí mismo, en Barbastro, los mártires claretianos y benedictinos salieron hacia el lugar donde los iban a fusilar alegres y cantando, hasta el punto de que uno de los verdugos llegó a exclamar, cuando volvió a la ciudad: ¡Iban a la muerte como a una juerga!

José Nadal, uno de los llamados curetas de Monzón, escribió en su diario antes de morir: «La persecución es implacable y la consigna parece clara: no dejar vivo a ningún sacerdote. Renovamos la oblación de nuestras vidas. Contentos, nos preparamos para el sacrificio». Y su compañero de martirio, José Jordán, escribía a su padre: «Nos hemos de conformar con la voluntad de Dios. Estoy muy contento de sufrir este martirio por causa de Cristo».

El chófer que condujo al martirio a las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento contó después a su mujer: «Vengo impresionadísimo de lo que he visto hoy. Hemos llevado a fusilar a esas mujeres y las he visto morir a todas, y la mayoría eran jóvenes, con la sonrisa en los labios y bendiciendo a Dios. ¡Qué mujeres!».

Amor a la Eucaristía

En los relatos de martirio abundan las muestras de amor al Cuerpo sacramentado del Señor. No se conoce ni una sola profanación en todos los años que duró la persecución religiosa, y son conocidos multitud de episodios en los que los mártires arriesgaron su vida para poner a salvo la Eucaristía. El párroco de Rubí, don José Guardiet, ante una turba de gente que quería quemar la iglesia, pidió permiso para retirar antes el Santísimo Sacramento y llevarlo a su casa. Pasó toda la noche rezando ante Jesús Sacramentado, preparándose para su martirio.

Los curetas de Monzón escribieron un diario en el que contaron sus vivencias de los últimas días de vida aquí en la tierra: «Nuestro martirio se alarga. Lo más triste es no poder celebrar la Santa Misa. Tantos años con ansias de ser sacerdote, de ofrecer a la Víctima divina para la salvación del mundo y hoy, cuando más lo necesitamos, nos vemos privados. Éste es nuestros martirio…».

Hay historias sorprendentes y edificantes: cuando el colegio de los Hijos de la Sagrada Familia estaba rodeado por los milicianos, el padre Ramón Cabanach bajó a la sacristía, se revistió de roquete y estola, retiró la reserva del Santísimo, salió a la calle y pasó por en medio de los milicianos, que lo dejaron pasar hasta que pudo ponerlo a salvo. Y la Hermana Rosa López, de las Adoratrices, arriesgaba su vida en Madrid cada vez que sonaba la sirena de los bombardeos, escondiendo el Santísimo en una cajita junto a su pecho.

Vida eterna

El padre pasionista Nicéforo de Jesús y María repartió la Eucaristía a sus Hermanos antes de morir: «Hijos míos, éste es nuestro Getsemaní. Nuestra naturaleza desfallece y se acobarda. Pero Jesucristo está con nosotros. A Jesús lo confortó un ángel. A nosotros, es el mismo Jesucristo el que nos conforta y sostiene. Dentro de pocos momentos, estaremos con Cristo».

Los mártires se despedían de los suyos así: ¡Hasta el cielo! y se animaban unos a otros exclamando: ¡Nos vamos al cielo! Allí nos esperan; de esta fe vivimos.